Pues no, la salud NO es lo primero ni nunca lo ha sido.
Creo que la frase se repite por pura inercia sin detenernos a pensar si es verdad. Como una magnífica salud es algo obviamente deseable, y lo sentimos así mientras más advertimos, con el paso de los años, lo frágil que es ese bien, pues la frase tal vez no suena mal… pero es falsa.
Si la salud es “lo primero”, ¿qué hacemos con nuestra anciana madre, o tía impedida, o familiar o amigo con minusvalía o con fuertes dolores de esto o lo otro? ¿Lo ponemos ya en la lista de la eutanasia? Si la salud es “lo primero”, si va antes incluso que las convicciones religiosas de que la vida humana es sagrada, entonces eso es lo que coherentemente habría que hacer.
En todo caso, las ocasiones en que advertimos la enorme importancia de la salud asemejan las veces en que advertimos la enorme importancia del dinero. Causa irritación que tan “viles” y materiales cosas tengan tanto poder. Imaginemos una grata reunión, largamente esperada, de personas muy queridas con las que deseamos hablar; y que justo en ese momento un dolor de estómago, o de muelas, o de hombro acapare nuestra atención y nos impida disfrutar del momento. Eso nos fastidia; es como humillante que algo físico, algo que compartimos con los animales, tenga el poder de influir en algo tan bello y humano y noble como la amistad, el afecto, la conversación, o el campo o la playa… o la pintura, la música, todo arte, y hasta lo espiritual, todo deleite puede quedar anulado por un “simple” dolor.
Entonces, el hecho de que la salud resulte tan decisiva es algo como triste, humillante, de reconocimiento de la bajeza humana.
Por eso me resulta sorprendente que esa afirmación (“Lo primero es la Salud, la Salud es lo más importante”) se haga con un aire moralizante, como enunciando una verdad ética, como declarando un alto ideal…
Es como decir, con aire dogmático y moralizante, que para la buena relación de una pareja es importante que no falte el dinero, o, yendo más lejos, que no le desagrade a uno el aliento del otro. Pues será verdad, pero en todo caso refleja lo más animal de la condición humana, no hay por qué enunciarlo como si fuera un axioma de alta moral…
Iba diciendo: todo deleite puede quedar anulado por un simple dolor. “Puede”, sí, pero, ¿lo consigue? Las personas más excelsas son las que menos se dejan afectar por el dolor y la enfermedad. La historia de las grandes hazañas humanas (expresión, no por casualidad, pasada de moda) es una historia de desdén por la salud. Los grandes descubrimientos geográficos se hicieron olvidándose cada uno del propio bienestar corporal. Santa Teresa de Jesús realizó todas sus andanzas no encontrándose sana ni un día. Y no hay que recurrir a figuras egregias para ilustrar esto; el hecho de que el espíritu humano debía depender lo menos posible de las ataduras corpóreas ha sido una constante en la historia.
Una recién viuda en su peor momento de desánimo, y además con el brazo roto en cabestrillo, se obligó a sí misma a acudir a un concierto en la catedral al que iba todos los años. Justo cuando más falta le hacía no encontró acompañante; en fin, fue sola. Y antes de empezar, el director de orquesta pronunció unas palabras en homenaje a un organista fallecido y al terminar, aprovechando que las bóvedas catedralicias sobre el público expectante le conferían casi una episcopal autoridad de predicador, pues enunció solemne y pomposamente, como si fuera Moisés dictando los Mandamientos:
- Miren: En esta vida lo que tenemos es la salud y los amigos.
¡La salud y los amigos! La viuda de la que hablo, que era viuda desconsolada de verdad (y por ende en la frecuente situación en la que se ven muchas, que de repente amigos y contactos se volatilizan), pues… pensaba que había otras cosas. Por ejemplo, la fe, por ejemplo la belleza de una catedral y de una orquesta, por ejemplo la fortaleza, la esperanza; por ejemplo la idea de servirle de algo a alguien, siquiera fuera por el ejemplo de saber sufrir dignamente… Y ahora le dicen tajantemente que NO, que esta vida si no hay salud ni amigos (que de momento una y otros habían huido) pues no hay nada que hacer. Qué bonito mensaje para dar en la casa de Dios, ¿no?
Una no quiere predicar, pero ya que le predican mentiras, pues tendrá que responder: La vida está llena de proyectos e ilusiones; en el peor de los casos, importan sobre todo la esperanza, y el aprovechar la ocasión de ayudar al que le haga falta. Eso es lo importante.
La salud, como el dinero, no es sino un instrumento. No tiene nada que ver con la moral.





