Ahora que el miedo vuelve a llamar a nuestra puerta. Ahora que la incertidumbre insiste en enfrentarnos con nuestros fantasmas, con nuestra naturaleza de animalillos indefensos. Ahora que la variante Xi (me niego a saltarme las letras del abecedario griego) nos visita para robarnos de nuevo los abrazos y los besos y la vida a medias con los otros. Ahora que una legión de ángeles impostores se atreve incluso a prohibirnos llamar a las celebraciones por su nombre… Permitidme que os felicite con la cabeza y el corazón: FELIZ NAVIDAD.
Feliz porque me recuerda el nacimiento de uno de los tres pilares que sustentan este milagro que, milagrosamente, todavía llamamos Europa (los otros dos, el Derecho Romano y la Filosofía Griega, también serían inconcebibles sin ese mito fundacional de una civilización ahora en decadencia).
Feliz porque ahí esa noche, en esa cuna, en ese misterio, retratado por Leonardo y por Murillo, por Kant y Descartes, por Bach y Handel,… nació hace 2000 años la mas revolucionaria sentencia que jamás pronunciaron mitos y civilizaciones: Que por encima de reyes y Cortes, de Sacerdotes, Sanedrines y Cabildos, de Corporaciones y oligarcas : “todos los hombres son iguales…a los ojos de Dios”.
Veinte siglos mas tarde esa sentencia, lo que significa, sigue siendo revolucionaria hasta el punto de haberse convertido en la religión mas perseguida del planeta. Unos la acosan por soberbia y avaricia; otros la deshonran al confundirla con la envidia.
Así pues hoy, como cada año, quiero acercarme al escenario de mi infancia. Sentarme en un banco de la plaza de San Lorenzo, como lo hacia de niño. Escuchar de nuevo mis pasos en un recinto sagrado y solemne en el que, por entonces, en dos pequeñas capillas me esperaban El Poder y La Soledad. La vida y la muerte. Allí, en silencio, como sucede lo único importante, hablé conmigo mismo hasta cansarme; entendí que la vida que bullía en la plaza debía ser compatible con la serenidad de aquellas paredes; conocí, por encima de credos, ideologías y religiones el íntimo secreto de la palabra “sagrado”; allí también despedí a mi padre y a mi madre, y escuché el clamor de una fe que, aún perdida, siguió trazándome el camino.
El tiempo, incluso a tu pesar, enseña muchas cosas: Que el Amor, su Epifanía, es lo único que puede salvar a un ser humano; que no hay religión, siquiera laica, que pueda sobrevivir sin la humildad y la nobleza de espíritu, la única nobleza que conozco; y que la diosa razón genera monstruos, y puede convertirse en la mas déspota de todas las diosas.
Por todo eso, disculpad mi atrevimiento, quiero desearos una vez más FELIZ NAVIDAD. Y de paso felicitaros una fiesta menor: Feliz Nochevieja.
Que el paso de las horas, de los días… no nos haga olvidar nunca las pocas cosas importantes.





