No pueden negarlo ni aun los más acérrimos ateos: la religión no engaña en cuanto a lo que es. No niega que sus preceptos se basan en la fe; al contrario, lo repiten a cada momento. Hablo de las religiones que se afirman como tales. En cualquiera de las mil páginas de una edición normal de la Biblia, raro será que no aparezca la palabra “fe”, y se encomie y se alabe, y “dichosa tú, porque has creído”.
La religión no engaña: se basa en la fe. Hay que creer. No pretende ser científica.
Un católico piadoso reza un rosario porque lo considera algo bueno en sí mismo, por razones puramente religiosas. En cambio, cuando hace otras tareas mundanas (llevar el coche al taller, lavar la ropa, ir al supermercado), se guía por criterios pragmáticos y lógicos. Si el coche no lo reparan bien, tendrá que acudir a otro. Si el contenedor de papel y el de plásticos, con sus propio ojos ve que lo juntan en el mismo saco, ¿para qué molestarse en arrojarlo, él, por separado?
Se habla de “la religión del medio ambiente”, “la Iglesia de la calentología”, como burlándose de ciertas actitudes imperantes; pero todavía, al caricaturizarlas así, les hacen un favor (e insultan a las religiones tradicionales, las que no engañan en cuanto a lo que son). Porque la manera de presentar sus preceptos imita ciertamente a las religiones de todos los tiempos (hay que hacer esto y lo otro, y anatema el que no lo haga), pero en vez de un argumento último religioso (obedecer a un Dios creador – bueno, o al espíritu de los bosques si nos vamos al animismo; pero ponemos ejemplos del cristianismo para no enredarnos), pues dicen que eso es “por la Ciencia”.
Es decir, engañan. En fin, un ateo podrá considerar que todas las religiones “engañan” en el sentido que no cree en ninguna. Pero hasta él podría comprender la diferencia. La fe es una cosa y la ciencia es otra. No incompatibles, ciertamente; pero los argumentos de una no pueden ser los de otra. La “religión” del medio ambiente ni siquiera pretende, como pueden hacer las otras, ganar adeptos, convencer, predicar; sino que se presenta como verdad indiscutible y autoritaria y dice que no es religión sino “ciencia”. Este es el gran Engaño, la estafa suma.
La ciencia es ensayo, error, rectificación, experimento, debate. Se descubre una cosa, diez años después se demuestra que fallaba en algo, se propone otra solución.
Molestarse con esmero en separar las basuras (aquí el papel, aquí la orgánica) habiendo visto con nuestros propios ojos, cómo el contenido de ambos contenedores va al mismo saco, es darle a ese comportamiento un carácter religioso (religioso: lo que es bueno en sí mismo, como para un católico rezar un rosario. No porque tenga una utilidad material inmediata, sino porque algo profundo, inexplicable, arcano, nos llama a ello); pero, en vez de tener la honradez de reconocer que sí, que obra religiosamente, que el ser humano, aun en el siglo XXI, necesita una motivación religiosa última por encima de la razón, pues petulantemente los ciudadanos que así obran… pues se las dan como de superiores y de “científicos”.
Claro que es una religión, pero la más despreciable de todas, por mentirosa. Niega la mayor: que sea una religión y que tenga preceptos a los que hay que obedecer porque sí, porque Dios lo manda. Pero es más brutal, intolerante e inmisericorde que ninguna. Exige que la llamen “ciencia”.
Ciertamente, esto no es totalmente nuevo. Hace ya un siglo que Ortega y Gasset denunciaba “el uso credencial de las ideas”. Las creencias son una cosa, las ideas otras. Y el ser humano, lo admita o no (en el siglo XX no gustaba admitirlo, y en el XXI menos), vive mucho, mucho más de las creencias que de las ideas.
El error supremo es no admitir lo que uno es. Porque entonces, al engañarse a sí mismo, se hace muchísimo más frágil.
Nadie quiere escuchar el menor argumento, que hay miles, que saltan a la vista, que desmonte la actual política supuestamente anti-plástico. Los argumentos se multiplican, no se sabe ni por dónde empezar. La India, China, estos países gigantescos, que además son los mayores fabricantes de todo, no seguirán estas políticas; ¿de qué sirve entonces la molestia de llevar los yogures y las peras agarrados entre las manos, por “no gastar bolsas”? Pero además miren los cumpleaños infantiles, las mochilas nuevas cada año, el macro festival de hiper consumo innecesario de plástico; miren el calzado de la población (¡pobres zapateros remendones, ya sin trabajo!)… no se sabe por dónde empezar.
Nadie quiere oír estas cosas. A la menor insinuación crítica, se hielan las caras, cambia el tema, oímos una frase dogmática: “Pues YO no pido bolsa. YO sí cumplo las normas. YO soy un buen ciudadano”.
Nadie quiere oírla, porque nadie quiere que le desmonten los cimientos religiosos de su vida (ahora que, tras tantos años de vacío, desde que al cristianismo le dio por desmitificarse y volatilizarse, por fin tenían unos nuevos mandamientos, sin los cuales el ser humano apenas puede vivir). Tirar las basuras separadas, no pedir bolsas, esto provoca una satisfacción del deber cumplido – como el “no salir de casa” durante el confinamiento; muchos descubrieron que eso de “cumplir con su deber” les proporcionaba un bienestar mental enorme – muy superior a los placeres del consumismo, ya tan gastados.
No quieren oír argumentos contrarios. En fin, no se lo reprocho. Otros también nos negamos a ver o leer cosas que quieran desmontar nuestra religión (como los continuos bestsellers “descubriendo” la tumba de Jesucristo, y mil sacrilegios varios). Así pues, nuestra actitud es la misma. Pero unos reconocemos que es cuestión de fe.
Ellos lo llaman “ciencia”.





