Siguiendo el esquema de las “Vidas paralelas” de Plutarco, cabe afirmar que Donald Trump y Vladimir Putin son hermanos gemelos, aunque no sean univitelinos y, sobre todo, hayan sido educados en familias bien distintas. En muchos aspectos son como dos gotas de agua, si bien en otros sean bastante diferentes. Comparten el ansia de poder, la ausencia de principios y de escrúpulos, el desprecio de enemigos y amigos, el irrefrenable espíritu de venganza. y el inconmensurable narcisismo. Con Trump en la Casa Blanca, la guerra de Troya/Ucrania -conforme a la terminología de Jean Giraudoux- no habría tenido lugar, el presidente la habría solucionado en 24 horas y su inaudita capacidad para acabar con las guerras lo convertían en el incontestable acreedor al Premio Nobel de la Paz. Mantienen que el poder proviene de la fuerza -por lo que menosprecian a los que carecen de ella, como la Unión Europea-, son impermeables al Derecho y quieren cambiar el orden internacional basado en normas. Tienen, sin embargo, notables diferencias, la principal de las cuales es que Putin sabe bien lo que quiere y no se mueve ni un ápice de su posición, mientras que a Trump le ocurre lo contrario, pues no sabe lo que quiere y cambia de opinión de un minuto para otro como una tornadiza veleta. A Putin se le ve venir y no miente ni engaña más de lo necesario, mientras que Trump sorprende a diario a propios y a extraños con sus extravagancias y trolas, que ni él mismo se las cree.
Discontinuidad y cambios en las posiciones de Trump
Ya en su primera presidencia, Trump se distanció de la posición de la OTAN sobre Ucrania y criticó la política del Gobierno su predecesor, Barack Obama+, de ayuda militar y política ante la agresión rusa. Nada más iniciarse su segundo mandato, Trump tomó partido al 100% a favor de Putin y en detrimento de Volodimir Zelenski, al que humilló en el despacho oval, y lo ha acusado de haber iniciado la guerra, de ser la causa de la muerte de miles de ciudadanos, y de poner en riesgo el comienzo de la III Guerra Mundial. Le retiró la ayuda militar y el suministro de información de inteligencia, lo llamó dictador, y lo está forzando a aceptar unas negociaciones de paz con Rusia a través de él y de las que los dirigentes europeos han quedado excluidos. Ha dado por bueno que Rusia conserve Crimea y los demás territorios ocupados y algunos más, porque Ucrania ya ha perdido la guerra y, cuanto antes se rinda -aunque sea sin condiciones-, será mejor para ella.
Al mismo tiempo, Trump se está aprovechando de la débil situación de Ucrania para apoderarse de buena parte de sus recursos, sin ofrecerle ninguna garantía fiable ante una reanudación previsible de la agresión rusa. Ha impuesto a Zelenski la firma de un Acuerdo por el que Ucrania ha cedido a EEUU el 50% de sus tierras raras y el 51% de los beneficios de la explotación de sus recursos minerales, con derecho de veto sobre la concesión de licencias de explotación a empresas de terceros Estados.
En la negociación en la que EEUU se ha erigido en mediador y, a la vez, en parte implicada -al haber asumido por su cuenta la representación de Ucrania-, Trump está siendo debidamente toreado por Putin con la muleta del halago a su vanidoso ego y el capote de la técnica negociadora soviética de decir una cosa y hacer lo contrario o minimizar o alargar el supuesto compromiso. Trump no quiere romper los lazos restablecidos con su admirado Putin y descarga su ira contra Zelenski. Putin no quiere la paz, sino ganar tiempo para rearmarse y aumentar sus efectivos, cuando el Dios de los ortodoxos vino en su ayuda a través de su arcángel Donald, que además castiga al réprobo Volodimir por no rendirse sin condiciones. Como ha editorializado “El País”, Trump valora su amistad con el autócrata ruso por encima de cualquier uso diplomático, cualquier interés estratégico o cualquier sentido histórico del papel de EEUU en el mundo. Con su talante contradictorio, da una de cal y otra de arena, pero la cal parece estar destinada a Rusia, mientras que cubre de arena hasta el cuello a Ucrania y a sus supuestos aliados de la OTAN, como se pudo apreciar en la cumbre de los dos líderes celebrada en Anchorage, el pasado 15 de agosto. No solo rompió el aislamiento en que se ha visto envuelta Rusia y el boicot económico impuesto por los países occidentales, sino que lo ha hecho por la puerta grande, extendiendo la alfombra roja ante un criminal de guerra cuya detención ha sido acordada por la Corte Penal Internacional, en una ceremonia que excedía sobremanera el protocolo de la visita de un jefe de Estado normal. “Trump llegó a la reunión exigiendo un alto el fuego y amenazando con sanciones, y salió de ella, junto a un Putin sonriente, hablando de entregar territorios y de dejar a Ucrania inerme ante futuras agresiones”.
En la víspera de la reunión, Trump había afirmado que, si no se producía un alto el fuego inmediato, habría “graves consecuencias”, incluida la aplicación de sanciones a Rusia por parte de EEUU. A su vez, el secretario de Estado, Marco Rubio, manifestó que, si las negociaciones sobre un plan de paz fracasaran, su país podría imponer a Rusia nuevas sanciones –“las que hay y otras nuevas”-. Pese a estas declaraciones, Trump asumió sin la menor resistencia durante la reunión las tesis de Putin. Como ha observado Antonio Herraiz en COPE, a Putin le bastó masajear el ego de Trump para lograr su objetivo de salir del aislamiento internacional al que Rusia estaba sometida, sin cambiar un milímetro su posición. Lo convenció de que la tregua exigida era innecesaria, porque podría ser violada, y era preciso entrar directamente en conversaciones de paz para resolver el conflicto, lo que se lograría cuando se resolvieran sus “raíces profundas”. Los dos líderes afirmaron que la reunión había tenido resultados muy positivos, especialmente para Putin, que ha visto como Trump aceptaba todos sus planteamientos y le ha facilitado una victoria total en todos los aspectos: a) Rehabilitación política del presidente ruso y puesta en evidencia de sus colegas de la OTAN y de sus sanciones a Rusia; b) cambio de opinión sobre la urgente necesidad de un alto al fuego, pese a sus reiteradas afirmaciones de que había que acabar cuanto antes con tantas muertes; c) abandono de la amenaza de aplicar sanciones a Rusia por el mantenimiento de la guerra; d) aceptación de las exigencias rusas de la anexión de Crimea y de la cesión a Rusia de otros territorios ucranianos, y del rechazo del ingreso de Ucrania en la OTAN; e) posibilidad de un acuerdo si Zelenski estaba dispuesto a lograr la paz. La posición de Trump no puede ser más deleznable, al culpar de la agresión al agredido e instarle a que ceda partes de su territorio para poder obtener una paz, que EEUU no se muestra dispuesto a garantizar con medios efectivos.
Trump afirmó que la pelota estaba en el campo ucraniano y dependía de Zelenski lograr un acuerdo de paz. “Puede acabar la guerra con Rusia casi inmediatamente si quiere, o puede seguir peleando”, y añadió que Ucrania tendría que resignarse a no recuperar Crimea y a no ingresar en la OTAN. El siguiente paso sería una reunión entre Zelenski y Putin, y otra reunión trilateral en la que él participaría de mediador, condición que difícilmente podrá asumir cuando ya ha aceptado la mayor parte de las tesis rusas. Para seguir con el “iter” por él marcado de acuerdo con Putin, Trump convocó a Zelenski en Washington el 18 de agosto. Cundió el pánico entre las huestes de la UE y se dispararon las alarmas ante el temor de que Trump le tendiera otra trampa y le propinara una bronca similar a la que le brindó en su primera visita en marzo, por lo que decidieron escoltarlo y asistir a la reunión prevista. Zelenski pasó antes por Bruselas para concertar su actuación con la “Coalición de Voluntarios”, de la que, por cierto, ha sido excluida España. Como ha observado “La Razón”, mientras los líderes de Europa discutían con Trump el futuro de Ucrania, Sánchez se mantenía ausente en su retiro vacacional, dando con ello muestra de que España está fuera de los focos principales de la diplomacia mundial.
Formaron parte de la comitiva europea el presidente francés Emmanuel Macron, los primeros ministros de Alemania -Friedrich Mertz-, Italia -Giorgia Meloni-, Finlandia -Alexander Stubb- y Gran Bretaña -Keir Starmer-, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. ¡Cuánta pólvora para tan poco plomo! Curiosamente no participó en la expedición el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa. Trump aceptó magnánimamente recibirlos, después de su entrevista bilateral con Zelenski, y todos ellos ensalzaron su figura por sus esfuerzos para lograr la paz en Ucrania. El mas servil de todos fue une vez más Rutte, que calificó a Trump de “pacificador pragmático”, sin el cual no se habría podido destrabar el punto muerto en el que estaban las negociaciones para buscar una solución pacífica a la guerra de Ucrania. La reunión fue -según éste- “una conversación entre amigos, entre aliados estrechos, que se respetan, se gustan y se conocen muy bien”. Como ha comentado el ex director ejecutivo de “Human Rights”, Kenneth Roth, “es profundamente inquietante que cuestiones como la guerra y la paz, la democracia y la autocracia, dependan de halagar y adular el frágil ego del voluble y egocéntrico Trump”. Él cree ser el único que puede solucionar el conflicto y le llegó a decir a Macron: “Creo que Putin quiere llegar a un acuerdo por mí ¿entiendes?, por muy descabellado que suene”. Según Alberto Rojo, solo en la cabeza de Trump cabe la idea de que Putin quiere la paz. Lo que Trump ansía es obtener -como Obama- el Premio Nobel de la Paz, para el que le ha nominado su gran amigo Benjamin Netanyahu, y por eso tiene mucha prisa en solucionar el conflicto ruso-ucraniano, para añadirlo como botón de oro a las seis guerras a las que dice que ha puesto fin gracias a su mediación. La propaganda rusa ha difundido un video amañado gracias a la inteligencia artificial, en la que se ve a los líderes europeos sentados anhelantes en fila en un pasillo, a la espera de ser recibidos benévolamente por el sumo pacificador. “!Si non é vero, ben trovato!
Reinó en la reunión un ambiente distendido en el que se habló sobre todo de las garantías que se podían ofrecer a Ucrania para evitar una nueva agresión rusa, en el caso de que se llegara a un acuerdo de paz. Trump se mostró de acuerdo en que había que ofrecer esas garantías, pero se negó a que tropas estadounidenses se instalaran en territorio ucraniano y dejó la labor de la protección “in situ” a tropas europeas. A lo máximo a lo que se comprometió fue a dar una cobertura aérea a tales unidades. Los resultados de la reunión han sido acogidos con excesivo entusiasmo en la UE. Costa ha afirmado que estaban trabajando codo a codo con EEUU, tras su compromiso de participar con los europeos en las garantías de seguridad a Ucrania, lo que era un paso muy importante y bienvenido. “Es el momento de acelerar nuestro trabajo práctico para poner en marcha garantías similares a las del artículo 5 de la OTAN con el compromiso continuo de EEUU […] La Coalición de Voluntarios debería permanecer estrechamente involucrada en el proceso”. Von der Leyen, por su parte, dio las gracias a Trump por su disposición a contribuir con algo como el artículo 5 del Tratado de Washington como garantía de seguridad para Ucrania. Este excesivo optimismo se vio alentado por las declaraciones del representante personal para Rusia, Steve Witkoff, a la CNN de que “tenemos un acuerdo por el que EEUU y otros países europeos pueden ofrecer eficientemente algo similar al artículo 5 para cubrir garantías de seguridad”.
Las palabras de Trump han sido vagas y ambiguas, y no cabe considerarlas como un compromiso vinculante, tanto más cuanto que el presidente norteamericano parece haber aceptado la exigencia de Putin de que se cierre el camino de acceso de Ucrania en la OTAN. Pero incluso si se hubiera asumido ese compromiso y se plasmara en un tratado internacional, no habría garantías suficientes de su cumplimiento. El 5 de diciembre de 1994, Rusia y Ucrania firmaron el Memorándum de Budapest sobre garantía de seguridad a Ucrania, por el que -en contrapartida a la entrega por Ucrania de todo su armamento nuclear a Rusia- ésta se comprometió a respetar la independencia y la integridad territorial de aquélla, y firmaron como garantes EEUU, Gran Bretaña y Francia ¿Qué garantías ofrecieron estos países tras la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014? Obama declaró, que la acción rusa era una clara violación de la soberanía y de la integridad territorial de Ucrania, lo que suponía el incumplimiento de las obligaciones adquiridas en el Memorándum, pero no pasaron de ahí las cosas, salvo la condena moral plasmada en una resolución no vinculante de la Asamblea General de la ONU y la adopción de algunas sanciones económicas cosméticas que apenas afectaron a la economía de guerra rusa. Alentada por esta falta de reacción de la Comunidad internacional que le permitió anexionarse Crimea a coste cero, Rusia dio unos pasos más. Apoyó militarmente la sublevación en el Donbass, reconoció la independencia de Donetsk y de Luhansk -como hizo en su día con las de Abjazia y Osetia del Sur en Georgia- y acabó anexionándolas, y culminó su agresión con la invasión de Ucrania en 2022.
EEUU respaldó a la agredida Ucrania concediéndole ayuda militar, económica y política, pero cuando Trump regresó a la Casa Blanca, dio un giro en 180° a la política estadounidense, ha retiró la ayuda a Ucrania, culpó a Zelenski del inicio de la guerra, y aceptó las exigencias rusas del reconocimiento de la anexión, no solo de Crimea, sino también de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia y Jerson, incluidos territorios que Rusia no había podido conquistar tras 3 años de guerra de agresión. Ahora, el voluble Trump ha aceptado que lo que en Rusia no obtuvo en esos 3 años -redondeándolo incluso con territorios cercanos- lo pueda conseguir en unas horas en una conferencia de paz impuesta, mientras aumentan los ataques rusos contra objetivos civiles ucranianos.
Esta continuada actuación rusa parece haber incomodado al gran pacificador, que -según “ABC”- ha calificado por primera vez a Putin de invasor, y hecho un llamamiento a los ucranianos para que no cedan y pasen de la defensa al ataque. EEUU está empezando a suministrar a Ucrania misiles “Patriots”, pero no misiles de largo alcance. Trump dice estar muy decepcionado con Putin, porque -aunque haya podido poner fin a muchas guerras en los últimos tres meses-, no le ha permitido que lo haga con la de Ucrania. Ha añadido que si, en un plazo de 50 días, no se acababa el conflicto, aplicaría a Rusia aranceles del 100%, así como otras sanciones. Se trata de una balandronada más de Trump, que ha perdido toda credibilidad.
Continuidad y firmeza en las posiciones de Putin
A diferencia de Trump, Putin es una persona de ideas fijas en las que no cede un ápice. Es un “Homo sovieticus”, arquetipo del agente de la KGB, que se considera una reencarnación de Pedro el Grande, y aspira a restaurar las viejas grandezas, no ya de la gran potencia comunista de Lenin y Stalin, sino del Imperio de los Zares. Para él, Ucrania no puede ser un Estado soberano e independiente, por muchos tratados en los que se garantice esta situación, porque es una parte integral e inseparable de la madre Rusia. De ahí su insistencia en su indispensable incorporación a la Federación Rusa. Repite como un mantra que el conflicto con Ucrania no se solucionará mientras no se resuelvan sus raíces profundas, que no son otras que la seguridad de Rusia.
Putin estima que Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin traicionaron a la patria, al permitir el primero la caída del muro de Berlín, la reunificación de Alemania, y la disolución de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, y al tolerar el segundo la expansión de la OTAN hacia la frontera rusas, en contra de las promesas hechas por EEUU a Gorvachov. De ahí sus ataques furibundos a Georgia y a Ucrania, y su radical oposición a que éstos y otros países de su esfera de influencia puedan tener acceso a la Alianza. Por iguales motivos, se opone a que los países occidentales ofrezcan garantías de seguridad a Ucrania del tipo de las establecidas en el artículo 5 del Tratado de Washington, o a que tropas euroatlántica se establezcan en su territorio para impedir que se produzca una nueva invasión por parte de su vecino del norte. Pero su pretensión radica no solo en impedir que ingresen en la OTAN Estados que formaron parte de la Unión Soviética, sino que se vuelva al “statu quo ante” y se supriman las bases y se retire buena parte de las tropas estacionadas en el territorio de estos Estados que ingresaron en la OTAN con posterioridad a 1991. Putin también exige la disminución de los efectivos del Ejército ucraniano y el fin del suministro de armas y equipo militar a Ucrania por parte de los países occidentales.
Putin es un hábil negociador que le tiene tomada la medida al presuntuoso de Trump, con el que juega como el gato con el ratón. Por eso le sigue la corriente y se presta a participar en el teatrillo de la búsqueda de una solución pacífica, aunque exigiendo condiciones de difícil cumplimiento y consiguiendo concesiones injustificadas. Su pretensión de quedarse con Crimea, el Donbass y otros territorios aledaños que ha sido incapaz de conquistar, como condición para llegar a la paz topa con la justicia, la equidad y la Constitución ucraniana, que prohíbe la cesión o el intercambio de territorios. Siempre cabría modificar la Constitución, pero para ello se requeriría una mayoría cualificada difícil de obtener en la Rada en la actualidad, y que encuentra una dificultad adicional en la prohibición de proceder a su reforma mientras esté en vigor la ley marcial. Trump ha dicho sentirse preocupado por el alegato de Zelenski sobre la necesidad de una reforma constitucional para poder ceder o intercambiar legalmente terrenos, pero ha encontrado la solución a su manera expeditiva: Se modificará la Constitución por las buenas o por las malas. “Tiene aprobación para ir a la guerra a matar a todo el mundo, pero debe tener aprobación para realizar un intercambio de territorio, porque habrá un intercambio de territorios por el bien de Ucrania”.
Putin deja a Trump que siga jugando con su función de mediador y le ha hecho saber que no tiene inconveniente en entrevistarse con Zelenski en Moscú, posibilidad que éste ha rechazado por razones obvias -lo han intentado asesinar hasta en cinco ocasiones-. Inasequible al desaliento, Trump ha afirmado que el siguiente paso será una eventual reunión trilateral entre Putin, Zelenski y él, en la que habrá una posibilidad razonable de terminar la guerra. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, ha echado un jarro de agua fría a las prisas trumpianas, al comentar que un encuentro entre jefes de Estado debe planificarse con sumo cuidado, lo que requiere su tiempo. Desechó la posibilidad de un posible acuerdo de paz a cambio de territorios, porque Rusia nunca tuvo como objetivo apoderarse de Crimea, el Donbass o la nueva Rusia, ya que su principal objetivo era proteger al pueblo ruso (¿?), si bien el intercambio de territorios eran a menudo un componente esencial de la resolución de un conflicto. Para seguirle la corriente a Trump, manifestó que Rusia no rechazaba ningún formato de negociación sobre Ucrania, ni bilateral ni trilateral, pero no se comprometió a que Rusia participara en las reuniones preconizadas por aquél, y da largas cambiadas para seguir ganando tiempo y consolidar su posición militar, incrementando sus ataques no solo en el Donbass sino en toda Ucrania. Sobre la negativa de Zelenski a negociar la cesión de territorios sin modificar la Constitución, Lavrov ha comentado -con un supuesto humor negro- que Ucrania podría aplicar las disposiciones de la misma que garantizan plenamente los derechos de los rusos y de otras minorías nacionales, derogando las leyes que prohíben el empleo del idioma ruso. El ministro miente una vez más porque la Rada no ha prohibido semejante cosa, sino que ha establecido que el ruso ha dejado de ser lengua cooficial en el país, decisión que puede ser desacertada desde un punto de vista político, pero que no infringe ninguna norma jurídica.
Las espadas siguen el alto sin que Putin ceda lo más mínimo en su posición, pese a obtener muchas concesiones por parte de Trump, mientras que la UE -calificada de “comparsa” por José Manuel García Margallo- pone de manifiesto su impotencia para garantizar la seguridad de Ucrania y su incapacidad de sustituir a EEUU como suministrador del equipo militar y del armamento requeridos por Ucrania para poder seguir resistiendo las ofensivas rusas, limitándose a ejercer el papel de “pagano” en la adquisición de material militar estadounidense, para satisfacción de un presidente negociante, que no ofrece nada de forma gratuita e incluso exige el pago de unos suministros o servicios que nunca se prestaron. Por otra parte, aunque Rusia aceptara la presencia en Ucrania de tropas europeas -cosa harto improbable-, la UE por sí sola, sin la participación directa de EEUU, sería incapaz de garantizar la seguridad del país. La situación actual es bastante problemática para Ucrania, tras tres años de guerra que han causado numerosas bajas y destrucción de sus infraestructuras, y no podrá seguir resistiendo con la única ayuda de los países comunitarios y de Gran Bretaña. Su supervivencia como Estado dependerá en buena medida de con qué pie se levante el “maverick” de Trump.





