Hablemos de la actual Puerta del Sol de Madrid; es decir, hablemos de Sevilla, o de casi cualquier ciudad del mundo.
Resulta bastante normal para millones de españoles, y es hermoso que así sea, el que haga siempre una cierta ilusión el volver a hollar este enclave único, patrimonio de todos (bueno, cada vez más es patrimonio principalmente de los turistas, pero en fin, con eso ya contamos). La peatonalización generalizada había cambiado en los últimos años su fisonomía, ya alterada hace decenios con las bocas de metro, mucho se podría comentar, pero en fin… ¡vamos a la Puerta del Sol!
Y llegando desde la calle Mayor, el asombro… ¿Qué hace aquí esta fuente, este estanque, apropiado para un parque pero aquí totalmente fuera de lugar, banalizando, casi diríamos que entonteciendo, la espléndida estatua ecuestre de Carlos III, con esa larga leyenda en su pedestal, tan característica, tan única…?
¡Se tarda en reaccionar! ¿Pero cómo, por qué? Esto no estaba así antes. Sí, bueno, muchas cosas habían ya cambiado en lo que va de milenio: las mencionadas bocas de metro algo chocantes (pero en fin, se podían excusar, si eran para algo funcional, para responder a la creciente masificación de este medio de transporte). En la misma línea, había irrumpido una especie de cabina: el ascensor para bajar a una nueva parada de un tren de Cercanías; no muy bello, pero respondía a una función. Eran cambios indicativos de que el lugar seguía vivo y trepidante. Iba cambiando de estilo: cada vez menos ciudadanos y más turistas, como en todas partes, pero se mantenía el pulso de ese corazón urbano infatigable y pintoresco. Hasta ahora.
Ahora, ¿qué vemos, una vez terminado de rodear, con horror, ese estanquito de parque de barriada (y ¡ole las barriadas, último reducto de la verdadera vida ciudadana! Pero su urbanismo no le va a la Puerta del Sol)? Pues vemos… una explanada.
Una inmensa explanada lisa. Podríamos estar ante la del Palacio de San Telmo en Sevilla; sí, esa explanada enorme que sustituyó a los gigantescos árboles que antes se alzaban en ese lugar (y que fueron arrancados de cuajo sin que nadie dijera ni una sílaba, como ha sucedido, más recientemente, con el enorme árbol de la plaza de la Encarnación, sin que tampoco nadie lo lamente. El único árbol que cuenta, por lo visto, es el que pertenecía a un convento dominico). Una explanada lisa cual campo de patinaje (de hecho, utilizado como tal en ocasiones). Pues qué bonito.
Alguien dirá que todo es cuestión de gustos, y que a muchos les deleita el estanque de agua a los pies de Carlos III, y que otros tantos disfrutan a placer patinando ante el palacio de San Telmo. Todo va en gustos, sí. Pero algunas realidades objetivas quedan aquí plasmadas: se está dando, no una evolución espontánea, sino una destrucción deliberada del paisaje urbano como tal, del que refleja el tejido urbano, el pulso de la vida.
“Todo es cuestión de gustos”. Pues sí: se ve que a muchos les encanta el desolado urbanismo estilo soviético, el de las explanadas, las moles, todo impuesto desde arriba.
La Puerta del Sol, aun con los cambios de los últimos años, pues reflejaba esa vida ciudadana trepidante. En el singularísimo semicírculo lleno de personas de todo pelaje, al avanzar hacia las calles señeras que se abren en abanico (¡Carmen! ¡Preciados!), pues había que pasar junto a la piedra del pedestal de Carlos III a caballo y entretenerse en ir leyendo todos aquellos elogios “al mejor alcalde de Madrid”. Si el lugar, con la peatonalización, había perdido un poco de gracia, al menos, entre esta estatua, al otro lado la del Oso y el Madroño, y luego los elementos más funcionales de las bocas de los trenes, pues conservaba un poco el ritmo, la variedad, el encanto. Ahora es una explanada inmensa como tantas otras.
Malo es haber visto esto; acaba con otro trocito de nuestra historia, nuestra identidad. Pero lo peor es… el recuerdo de lo del Palacio de San Telmo y de tantos otros lugares. Es decir: si en nuestra ciudad o en cualquier otra vemos que se ha hecho un destrozo, pues pensamos o decimos: “¡Se ha lucido el alcalde! ¡Vaya mal gusto que ha tenido! Ha querido hacer algo pretencioso y le ha quedado peor”, o algo por el estilo, y ahí queda. Es decir: constatamos una vez más, lo alegremente que los gobernantes, como el que juega a las casitas, se dedican a remodelar espacios públicos por pura diversión. Triste e indignante, pero no pasa de ahí. El responsable de esto, pues no ha tenido buen gusto. Esto sería nuestra reacción habitual.
Ahora bien: cuando vamos de una ciudad a otra, de un país occidental a otro (y seguramente no occidental también), y vemos… exacta y literalmente el mismo tipo de destrozo, en este caso la sustitución de espacios urbanos llenos de vida y armonía por áridas explanadas lisas… cuando vemos esto, un escalofrío nos recorre. Ya no es una cuestión de “qué mal gusto ha tenido este alcalde o aquel arquitecto”. Ya no es el disgusto que se experimenta por pura sensibilidad visual. Es algo más: es como el terror de ver algo que nos sobrepasa. Esta uniformidad no puede ser casual. ¿Quién da las consignas… a qué fuerzas obedece esto…?
En fin, terminemos con una nota de alivio. La Plaza Mayor sigue como estaba; con su Felipe III ecuestre en el centro, en magnífica pose, hoy por hoy es un rey de España más afortunado. No le han colocado un estanquito. ¿Seguirá así cuando lo volvamos a ver…?





