No se acaba de explicar la desazón que produce esa explanada tan lisa, tan impersonal, en semejante lugar. Muchos sentimos de manera inequívoca que el enclave ha perdido vivacidad y alegría. Y aunque esto no se pueda tal vez “demostrar matemáticamente”, pues no pocos grandes escritores sí han plasmado esta misma desazón (no a la vista de este reciente destrozo, claro, sino de otros anteriores en la misma línea). El tan citado como acaso poco leído Ruskin, en su obra “Las piedras de Venecia”, se detiene golosamente en elogiar el amor a la ornamentación del estilo gótico, y explica cómo estos adornos, hechos para embelesar la vista y el alma, son un homenaje a la belleza de la Creación y en cambio critica la soberbia de los edificios modernos, que desdeñan el deleitar la vista (claro que para él, “moderno y frío” eran los edificios renacentistas palladianos…). Y, en el siglo XXI, el teólogo americano George Weigel en su libro “La catedral y el cubo” compara la gélida frialdad de los bloques parisinos de “La Défense” con la generosa variedad de adornos y elementos de la catedral de Nôtre Dame y se pregunta cuál de ambos edificios refleja mejor la complejidad y el dinamismo de la vida humana, cuál es más abierto y acogedor… Es decir: la desolación a la vista de estas explanadas no es una mera impresión personal, es algo que ha sacudido ya la sensibilidad de muchos.
Pero vayamos a la otra incongruencia de nuestro “kilómetro cero”: la fuentecita. Realmente, ¿por qué choca tanto, por qué parece como que se burla del gran rey de España al que supuestamente quiere “honrar”…? Salta a la vista que “no pega”, que algo falla, pero si alguien nos pide explicaciones, ¿qué decimos?
Pues en fin: Vivimos en Europa. Compartimos un tipo de urbanismo, una manera de hacer ciudades. Tenemos las calles, las plazas, las estatuas de los personajes históricos que consideramos importantes… y por otro lado, las fuentes de agua. La tradición de realizar estatuas y monumentos para realzar las fuentes de agua, en los jardines y en puntos destacados de las ciudades, pues obviamente es antiquísima, ya que parece algo como connatural a la civilización. Concretamente, nuestro tipo de fuente monumental urbana deriva del mundo romano, reinventado durante el Renacimiento, y vuelto a reinventar, con gran esplendor, en la época barroca… Pensemos en cualquier gran palacio del siglo XVIII, pensemos en las fuentes de Roma (la Fontana de Trevi, las de la Piazza Navona, las de San Carlino). Pero pensemos en cualquier fuente más o menos trabajada, en cualquier plaza, en Sevilla, en Madrid, en Austria, en cualquier sitio… Las estatuas que la adornan representan siempre a ninfas, a Cupidos; o a personajes mitológicos vistos desde la perspectiva del Cristianismo (es decir, considerados como algo curioso y pintoresco, ya no evidentemente como objeto de culto). Representan algo amable, sinuoso, entretenido; algo para deleitar la vista acompañando el maravilloso regalo del chorro de agua fresca.
Cualquier fuente del parque de María Luisa, o de cualquier plaza o rotonda de la ciudad, todas cumplen esa norma estética (no es que se trate de una “norma” reglamentada en ningún sitio, ¡es que es algo tan obvio, tan natural!). Representan algo amable, y relacionado con el mundo de la fantasía. Tal vez un león al natural no sea amable, ni un dios Marte si existiera; pero desde el punto de vista de la tradición occidental, que los toma simplemente como símbolos, pues sí son temas apropiados para la alegría del chorrito de una fuente. Esto en Sevilla, en Madrid y en toda Europa y Occidente.

Pero, ¡si tenemos la Cibeles y la fuente de Neptuno, como elementos celebérrimos que hablan por sí solos! Los mitológico, lo fantasioso, que invita a soñar. No hubieran sido apropiados en pleno siglo I, cuando los romanos, con toda seriedad, le ofrecían sacrificios a Neptuno antes de emprender un viaje. Pero más tarde, y sobre todo a partir del Renacimiento, ya relegados a categoría de hermoso adorno, sin peligro de confusión politeísta, ¿hay algo más idóneo que poner a Neptuno como ornamento de una gran fuente de agua?
Es un lenguaje que hablamos sin darnos cuenta en todo Occidente. La estatua del personaje histórico real y cierto que admiramos y que queremos honrar, esa se coloca en un pedestal, presidiendo una plaza o un lugar destacado. Y jamás la estatua emite un chorrito de agua – para eso se eligen otros motivos.
El añadirle una fuentecita a la estatua de Carlos III en su pedestal… es reducirlo a la categoría de lo mitológico y ornamental.
Tal vez no es casualidad. Precisamente desde el Renacimiento se atrevieron los cristianos a esculpir de nuevo dioses mitológicos, porque ya entonces era obvio que nadie “creía” en ellos, no había “peligro”, y como adorno urbano y lucimiento del artista pues daban mucho juego.
Hoy que nadie cree en reyes ni instituciones, pues poner a Carlos III de adorno de fuentecita… por desgracia, sí, es “apropiado”. Hoy en la Puerta del Sol no se ventilan cuestiones de gustos, sino el fin de una era.
Quien crea que estas cosas no importan, en estos tiempos tormentosos… está en un error.





