Lo que os vengo a contar hoy… Es que la Primavera ha vuelto, como ese amor que se fue sin decir adiós y vuelve más pasional que nunca.
En estos días pasados de tantos litros por metro cuadrado, tiempos desagradables y más propios del invierno norteño que de una dulce primavera por nuestros lares, se han hecho querer esos días donde el cielo azul no tiene fin y el sol no quiere despedirse de la tarde. Estos últimos días de la Cuaresma han sido ‘afeitados’ por estos días de lluvia, y parece que la primavera se ha resistido en aflorar de las raíces de Sevilla.
Y es que, ha llovido tanto… Que ni el desapacible tiempo impide concienciarnos de que volvemos a tener unos días de vísperas como los de antaño. ¿Quién iba a imaginar que cuando el capiller cerró el portón de la Iglesia de Santa Marina aquel Domingo de Resurrección, la semana más grande de Híspalis no volvería a verse en 3 años? ¿Quién iba a pensar que todo se pararía a escasos días de aquel Domingo de Ramos del año 2020? ¿Quién iba a imaginar lo inimaginable? ¿Quién iba a entender lo que se escapaba a la razón? Tantas preguntas con la respuesta en una sola dirección, nadie era consciente de la que se nos venía.
Pero nuestra implacable ignorancia que nos ahogaba en aquellos días dónde pedíamos explicaciones y nos encontrábamos contra el muro de la realidad, se acabó. Hemos vuelto a ser lo que fuimos, hemos saltado y superado aquellos turbios pasajes, y hoy la realidad es la única valedora de que Sevilla está a punto de cruzar el dintel de su Semana Santa.
Salió el Sol, la primavera ha dado un golpe sobre la mesa para que nos olvidemos de los nubarrones del pasado. Por fin rompió la flor del azahar del naranjo que lleva Sevilla en su interior. La Semana Santa vuelve a dar a luz más de mil días después, vuelve a brotar como los rayos de sol que atraviesan los huecos de la canastilla de un paso en plena tarde. Vuelve la luz después de la abrupta oscuridad y el recogimiento desmedido de los últimos años.
Ha llovido tanto desde aquella Primavera que se marchó sin despedirse, que no somos conscientes de que la espera ya ha terminado.





