El 5 de agosto, día de la Virgen de África, hubieran culminado las fiestas de Ceuta – las que por pura fuerza mayor hubieron de ser canceladas.
No se habla demasiado de este aspecto, por considerarse una cuestión menor (no falta quien lo considera incluso frívolo). Si acaso, se mencionan las pérdidas económicas que acarrea esta cancelación, como único perjuicio serio de la misma.
Pero el pensar así, el considerar esto como algo secundario, pues eso es lo frívolo. Indica una ignorancia de la historia de la humanidad, e incluso de lo que es su propia esencia. Tiene la disculpa de que en los tiempos actuales, con el calendario a reventar de multitud de eventos en toda fecha, el sentido de los días concretos y ancestrales de la fiesta de cada localidad puede haberse difuminado bastante; así como que la deriva de dichas fiestas locales (hablamos en general) hacia su reducción a mero decorado de fondo para lucimiento de turistas e influencers, esto les está robando, a pasos agigantados, su sentido.
No obstante, estas amenazas, gravísimas, al sentido de las fiestas, son una cuestión aparte. Y precisamente el pensar que cancelarlas o no, no tiene demasiada importancia (¡total, un evento más o menos, qué más da!), pues eso es la puntilla a su pérdida de sentido.
La humanidad siempre ha tenido sus días de fiesta en cada localidad o aldea, fiestas que marcan el ciclo del año, asociadas a su origen, a su supervivencia misma. Siglo tras siglo, las gentes, totalmente alejadas de nuestra idea del “bienestar”, y continuamente rodeadas de guerras, hambres, epidemias… pues han celebrado sus fiestas anuales. No son un añadido superfluo: son parte de su identidad misma.
(Una obra del novelista británico Cecil Roberts, de los años treinta, describía las fiestas de Nottingham de esta manera: “Sólo dos veces en cuatrocientos años la fiesta había dejado de celebrarse: una, cuando la imposición del calendario gregoriano le robó diez días al pueblo; otra…” ¡La reforma del calendario del Papa Gregorio XIII! Semejante “robo” de diez días se hace particularmente notoria en algunos casos: por ejemplo, en el de la conmemoración de Santa Teresa de Jesús. Si falleció el día siguiente al 4 de octubre de 1582, tal día pasó automáticamente a ser el 15 de dicho mes. Para ese año, los días 5, 6, 7… hasta el 14 de dicho mes no existieron. ¿Y los países anglicanos y protestantes aceptaron semejante descomunal reforma llevada a cabo por un Papa? Pues no inmediatamente – pero por la fuerza del sentido común, se fue imponiendo. En una fecha o en otra, todas las localidades perdieron diez días. Semejante cataclismo hacía falta para cancelar una feria…).
El uso contemporáneo de la palabra “fiesta” para referirse indiscriminadamente a cualquier cosa, cualquier cosa que implique beber y divertirse (o hasta sin beber: “fiesta de cumpleaños infantil”), esto le ha dado unas connotaciones como de cosa frívola y sin importancia – justo lo contrario de lo que son las fiestas de un país, o de una localidad, o de una tribu de la selva, en su significado más profundo. Van asociadas a sus orígenes, marcan su identidad. Se ven como algo necesario. Durante siglos, la idea de “suspender la fiesta” en señal de luto o solidaridad por algo hubiera sido tan inconcebible como decir que se suspenden los nacimientos en señal de duelo por las defunciones. La fiesta anual es comunidad, es memoria. Quien se lea el Antiguo Testamento puede sorprenderse de la cantidad de disposiciones relativas al modo de celebrar las fiestas – disposiciones dictadas como quien habla de la cosa más seria que hay. Las normas relativas a las fiestas van por delante del “No matarás” y “No robarás”. Es decir, lo primero es formar una comunidad, una sociedad con identidad propia, aun antes de dictar normas de conducta.
Ciertamente no vivimos en los tiempos de la Antigüedad. Pero aun en el nuestro, aun en esta sociedad banalizada al máximo, y sobrecargada de pantallas y de eventos, pues aun así, el sentido de los rituales y del calendario es algo tan consustancial al ser humano, que la cancelación de una feria anual constituye algo infinitamente más grave de lo que se piensa. No es por “las repercusiones económicas”. Es por otra cosa.
Se rompe una cadena, que es la memoria de una sociedad. En Sevilla, la supresión de las procesiones de Semana Santa y de la Feria los años 2020 y 2021 fue un hecho cuya verdadera gravedad no se comentó apenas. Lo dice la persona menos folklórica que hay; pero los ritos anuales para serlo tienen que celebrarse todos los años. Y eso va a la par con las penurias, las enfermedades y los sinsabores de la vida.
La frase moderna de “con tanta calamidad, es una frivolidad pensar en fiestas”… por desgracia se seguirá oyendo, pero demuestra una total lejanía de la naturaleza humana y del sentido mismo de la vida.
Así pues, en Ceuta el avasallamiento ha sido tal que ha conseguido, ¡suprimir una feria! Algo que constará en los anales para siempre.
La otra cara del avasallamiento resulta demasiado repugnante para ser nombrada. En lenguaje soez popular, para decir que alguien se ríe de otro y lo humilla, se emplean términos de esa especie, escatológicos, en sentido figurado. Pues eso se ha hecho en la realidad. Vivimos en una sociedad donde damos por hecho que las calles hediondas “ya se limpiarán” (vendrán camiones cisterna, vendrán operarios). Pero eso no es magia, requiere un esfuerzo gigantesco, económico y organizativo, de todo un pueblo. La humillación que ha sufrido la ciudad de Ceuta deja pequeños a infinidad de episodios históricos, de esos que despertaban en los ciudadanos ultrajados un movimiento de justa ira.
Pero el remate, la puntilla (bueno, una de las muchas puntillas que hay, porque cada hora nos sorprende), es el tener que oír la cantinela “Ceuta recupera su normalidad”… así tal cual, sin reaccionar a la afrenta.
Como si el Cid se hubiera dedicado a “recuperar su normalidad” sin vengar la afrenta de Corpes.





