La pelota al suelo…
…y las cosas a la cara. O la pelota al verde, al césped, como gusten. Pero las cosas siempre, por favor, a la cara, que hablar de alguien por detrás, a sus espaldas, además de estar feo y denotar mala educación, es de cobardes. Como de cobardes era correr, que dijo Rogelio para que el gran Julio Cardeñosa —por eso su zurda hacía que la pelota deshilachara el espacio— repartiera juego en el verde césped del Benito Villamarín. Que hasta los “No me pises que llevo chanclas” del incombustible Pepe Begines, lo dejó escrito en una de sus canciones: “Footing tonight” ¿Me explico?
Creo que sí, que me explico. Pero por si hay algún despistado trato de alargar el muletazo de este sentimiento al que le llevo dando vueltas desde hace demasiado tiempo, me explico: uno puede aguantar que hablen de él —ustedes me entienden— cuando es un personaje público que come, bebe y viste de eso. Va en el sueldo, podríamos decir. Pero hablar de alguien que ni come ni bebe ni viste de lo público, que se hable de ellos es, como mínimo, de cobardes, como dijimos antes.
Ese rajar por detrás se rompe en mil pedazos cuando las palmaditas en la espalda mutan en lenguas de triple filo. Cuando por delante todo muy bien y muy bonito y por detrás que si lleva tal o cual ropa o que si está más o menos gordo. O más o menos calvo.
Uno se ha puesto que no soporta ya a los que están detrás de la tiza o el spray para dejar una pintada, a los que se esconden detrás de un perfil falso en las redes sociales, ni a la que se tapa la boca al hablar o se esconde tras la risita hipócrita y vergonzante, que las apariencias se pueden guardar solo ante quien no te conoce como la madre que te parió.
Seguro que algunos se rasgarán las vestiduras, que muchos irán de sensibles, y estas palabras le servirán de comidilla y entretenimiento sin entender el verdadero sentido de las mismas. Seguramente. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Un olivo solo da aceitunas. Hasta el momento…
Hace ya años que decidí elegir a mis amigos y una de las premisas que me propuse fue la de que no hablaran de nadie por detrás. Y creo que lo he conseguido. Huyo como de las ratas de los que sólo tienen como conversación el hablar de menganito o de fulanita. Prefiero los que hablan con el corazón en la mano y con el alma en los labios. Prefiero una conversación sobre libros, música y cosas bonitas, a la de criticar a menganita porque ha hecho o ha dejado de hacer tal o cual cosa. Con el tiempo me he salvado —Dios lo sabe bien— de esas palabras soeces y de esas miradas despectivas, que solo significan un “¡qué me gustaría ser lo que no soy!”. Si no, que me lo expliquen, porque yo no me entero de una papa frita.
Y, por favor, la pelota al vede, al césped… y las cosas claras y a la cara. No es tan difícil.





