Si hay algo que teníamos claro cuando estudiábamos las asignaturas de Ciencias, era la importancia de memorizar las fórmulas para resolver un problema. Era la herramienta más importante a la hora de alcanzar la solución correcta, si bien, conforme se fue implantando la informática fueron sustituidas por un término que conocimos después y que nos ha venido acompañando a lo largo de toda nuestra existencia: el algoritmo cuantitativo o matemático, a saber, una serie de instrucciones secuenciales ―es decir, que van una después de otra― que permiten ejecutar acciones o programas, y que son cruciales para conseguir avances tecnológicos y aplicar la inteligencia artificial.
Aún recuerdo al bueno de nuestro recordado profesor don Enrique Llacer, el primer docente de informática que tuvo la ya cincuentenaria Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Sevilla, dibujando diagramas de flujos (polígonos unidos por flechas) en la pizarra, e insistiendo en la necesidad de no errar en ninguno de los pasos si queríamos llegar a un resultado satisfactorio.
Poco a poco, los algoritmos parecen haber invadido todas las facetas de nuestra vida cotidiana. Así, por ejemplo, esa agilidad con la que nos publicitan que pueden concedernos un préstamo de forma inmediata, no es más que un credit scoring, es decir, una secuencia de nuestros datos más relevantes de cara a la concesión o no de un crédito, como pueden ser la edad, la situación laboral, el nivel de renta, la finalidad de la solicitud, las propiedades (en su caso), la posibilidad de tener avalistas o no, que debidamente ponderados y tras pulsar intro en el teclado, hace que la financiera o el banco nos respondan con un sí, un no, o un “necesita aportar más garantías”. Atrás quedaron el conocimiento de la plaza y el olfato de una excelente pituitaria como fundamentos de un buen prestamista.
Y no sólo en las financiaciones, sino también en las inversiones: el asesoramiento y la explicación personal de los criterios para darle un destino a nuestro dinero, queda sustituido por un robo advisor (vaya nombrecito), que es la expresión anglosajona con la que se designa un tipo de asesor financiero que ofrece un servicio de gestión on line para una cartera de inversión, mediante algoritmos automatizados.
Qué es sino un algoritmo, lo que fija el precio de un viaje en avión o la tarifa del alquiler de un piso bnb, cuando nos ponemos a investigar por internet lo que debemos pagar por nuestras vacaciones.
Como si del chamán de una tribu amazónica se tratara, muchos organismos acuden a un algoritmo para tomar una decisión: la Policía Nacional utiliza el algoritmo Viagen para estimar el riesgo de reincidencia por violencia de género y el Veriapol para identificar denuncias fraudulentas; es un algoritmo el que fija los precios de las compras por internet (¡no son los mismos precios para todos!) en función del dispositivo que se use y del nivel de renta del lugar desde donde se haga la consulta (viendo la dirección IP o el geolocalizador del móvil); ¡hasta en la serie “The good fight” de Movistar sobre un bufete de abogados de Chicago, se somete a un algoritmo la decisión de intervenir o no en un pleito!…
Ceder el poder de decisión a las máquinas confiando en su criterio de “neutralidad” implica consolidar los criterios con los que se ha desarrollado su formulación. ¿Somos conscientes de cuándo estamos siendo sometidos a un algoritmo? ¿Se nos informa del uso que hacen las administraciones públicas de nuestros datos? Un ejemplo: la estación madrileña de autobuses de Méndez Álvaro, la mayor de España, tiene cámaras de reconocimiento que comparan automáticamente el rostro de cada visitante con una base de datos de sospechosos de la Policía Nacional.
Además, no todo son ventajas: la confianza ciega en un método lógico para resolver los problemas puede obviar soluciones creativas más innovadoras, pero impredecibles, y, por otro lado, es normal que los algoritmos incorporen sesgos en su elaboración.
YouTube es la segunda red social más grande del planeta con más de 1.500 millones de usuarios activos, solo por detrás de Facebook, otra plataforma que ha sido enormemente criticada por ser dañina para los usuarios y la sociedad, precisamente por promover el caos y el contenido divisivo usando algoritmos que buscan aumentar las ganancias manteniendo a los usuarios pegados a su pantalla para vender publicidad.
De cómo están de moda las Matemáticas y cuán cotizados están los graduados en esta disciplina, da fe el hecho de que los estudios de doble grado de Matemáticas y Física sean los que requieren mayor nota en la universidad de Sevilla para poderse matricular tras la selectividad.
A modo de conclusión, creo que apoyar las decisiones en una máquina alimentada con formulaciones matemáticas puede facilitarnos la vida, pero si lo idolatramos, corremos el riesgo de olvidar que existe un valor por encima de cualquier conocimiento: la sabiduría, ese don que le pedía el rey Salomón a Dios como lo más preciado para tener el discernimiento necesario para gobernar. Me parece bueno recordarlo.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Hola Alberto,
Me parece muy acertada tu reflexión sobre que las matemáticas y los algoritmos no deben regir nuestras vidas ni la toma de decisiones y que es mejor hacerlo en base a la sabiduría.
No obstante creo que esta última tiene su lugar, ya que, un algoritmo está definido en base a unos criterios. ¿Quién define esos criterios? Esperemos que un consejo de sabios, con el objetivo de hacer el bien. No como el caso de Facebook que comentas.
Otra cuestión que hay que tener en cuenta es que los algoritmos permiten normalizar (como fundamento estadístico) las diferentes casuísticas que se dan a la hora de tomar una decisión, por ejemplo, si conceder un préstamo o no.
No obstante, ante cualquier decisión, además de las variables tangibles (las cuales las matemáticas cuantifican perfectamente) hay que tener en cuenta la realidad y el entorno así como otra serie de variables subjetivas, para las cuales nuestra institución es la mejor herramienta y eso ningún algoritmo podrá sustituirlo. En mi opinión a día de hoy estas variables son las que marcan la diferencia entre éxito y fracaso.
Cómo cada semana un placer leerte.
Pedro,
Muy interesante la cuestión que planteas esta semana. Recuerdo en mis tiempos de joven estudiante en el Instituto, el asombro que me producían las clase de matemáticas con la pizarra totalmente ocupada de complicadas ecuaciones, integrales, derivadas, logaritmos, número e elevado a infinito, etc etc. Todo se me antojaba como un arcano indescifrable que no acertaba a comprender ni a vislumbrar siquiera la utilidad. Poco a poco fui comprendiendo que en realidad, el Universo es pura matemática y que incluso en una partitura musical, melodía o armonía pueden obedecer a una secuencia ordenada.
Personalmente opino que la tecnología en general y en este caso los algoritmos y/o inteligencia artificial son como loas tarjetas de crédito. Manejadas con prudencia y sentido común, son muy útiles y pueden ser de ayuda en nuestra economía del día a día. Pero usadas sin sentido y sin mesura, te lleva a consecuencias catastróficas. Un algoritmo te podrá dar predicciones basados en datos ya previamente conocidos, pero nunca podrá sustituir a la intuición humana. A ese sexto sentido que nos impulsa a hacer algo que contradice los cánones de la lógica o de la experiencia. Como bien dices, la subjetividad no se puede explicar en una ecuación.
Un programa para jugar al ajedrez podrá tener almacenas en su memoria decenas o cientos de miles de jugadas previamente conocidas y previstas. Pero nunca podrá decidir sacrificar una pieza sin motivo aparente igual que hace un humano basándose sólo en el «estilo» de juego del oponente, o sea en su intuición. No podemos sustituir el «ojo clínico» del médico, el «olfato» de un policía, ni la relación personal con un cliente a la hora de darle o no un préstamo o una inversión.
Como dices, tecnología, matemática y algoritmo para facilitaros la vida: SÍ. Pero la última decisión, debe ser del homo sapiens, no del robo sapiens.