Me enteré por mi hijo Alejandro de la existencia de Charlie Kirk hace varios meses y fue él quien me informó de su asesinato el 10 de septiembre de 2025. Supe entonces que había sido una figura influyente para nuestro hijo y para otros muchos miles de jóvenes. Al principio no me gustó que fuera una de las deslumbrantes promesas de Trump, pues trato de evitar en mis hijos el radicalismo ideológico que hoy todo lo impregna y que tanto nos separa a los hombres. Así que busqué en las redes mas información de este ‘influencer’ del que tan bien me hablaba Alejandro, sabiendo que mi hijo tiene criterio y no es fácil de convencer por los vendedores de utopías. Y confieso que – tras profundizar en su vida – me alegré de que alguien como Kirk captase el corazón de Alejandro, pues lejos de ser el «fascista exaltado» que repiten los de siempre era más bien un hombre ilustrado, brillante y sobre todo dialogante.
He llegado a un punto en que antepongo el método y las formas al fondo. Podría convivir con mi opuesto más distante, si mantuviera la formas de Charlie Kirk. No podría hacerlo con mi gemelo ideológico si su actitud fuera la de un tertuliano chillón. Los años ponen cada cosa en su lugar y ya no quiero tener razón, sino saber dónde está la razón y entender el por qué.
Charlie Kirk era cristiano y no se avergonzaba de serlo, aunque creo que tampoco presumía de ello. Sus argumentos no eran los propios de un fundamentalista, sino que estaban bien elaborados y se sustentaban en la enorme riqueza intelectual que ha producido Occidente en los últimos milenios. En sus famosas y multitudinarias polémicas en los campus universitarios de los EEUU («Demuéstrame que estoy equivocado»), no lo he visto nunca exaltado, ni ofensivo. No recurría a argumentos ad hominen, ni a falacias, ni a la mentira descarnada, y más bien trataba de desarmar a su oponente evidenciando sus contradicciones, dejándole hablar y replicando con educación, sin aceptar acríticamente sus apriorismos y dogmas (pues nadie tiene más dogmas que la izquierda actual). Es justo decir que muchos de sus antagonistas también mantenían el mismo buen tono y entre ambos transmitian un magnífico ejemplo de ese civismo que tanto se añora en el debate público.
Esta es quizás la faceta de Charlie Kirk que me parece más valiosa y probablemente su gran legado: la recuperación del debate sereno sobre los temas que más han dividido a la sociedad las últimas décadas: el aborto, Israel, la religión, la familia, la educación, la sexualidad, etc. Sus posiciones eran, obviamente, conservadoras pero su abordaje era ilustrado. Jamás hubiera Kirk aplaudido el asesinato de alguno de sus oponentes, ni habría bromeado sobre ello, ni habría tratado de equiparar palabras y balas como si ha hecho esa escoria moral que sigue creyéndose la brújula moral del universo. No debía ser fácil debatir con Charlie Kirk, pues a su serenidad y gesto amable, unía la ausencia de complejos para defender sus ideas y, sobre todo, un enorme bagaje cultural que le facilitaba réplicas contundentes. No hablaba un fanático, sino un hombre joven, leído y reflexivo. No exageraba sus victorias, pues mi sensación es que solamente buscaba la verdad mediante el diálogo. ¿Habrá algo más socrático?
La siguiente frase, extraída de uno de sus discursos, creo que resume perfectamente su idea de diálogo: «Cuando la gente deja de hablar, empiezan a ocurrir cosas realmente malas. Cuando los matrimonios dejan de hablar, sucede el divorcio. Cuando las civilizaciones dejan de hablar, sobreviene la guerra civil. Cuando dejas de tener una conexión humana con alguien con quien no estás de acuerdo, se vuelve mucho más fácil querer cometer violencia contra ese grupo… Lo que como cultura tenemos que recuperar es la capacidad de tener un desacuerdo razonable en el que la violencia no sea una opción”.
No es necesario que escriba que no compartía muchas de sus ideas, pero habría estado encantado de tenerlo entre mis amigos, pues es con personas así con las que he aprendido casi todo lo que sé. Y por eso – y a pesar de la tragedia – me llena de orgullo que mi hijo llore su asesinato, pues la pena que hoy le embarga probablemente será el cemento que le ayude a construir su carácter, su buen carácter. Y espero que el ejemplo de Charlie Kirk sea la brújula que oriente su inteligencia, su capacidad dialéctica y su afán por aprender por el camino de la razón y también de aceptar las diferencias con la idea cristiana del Amor (caritas) y de la compasión (un término que a Kirk le gustaba más que el de empatía).
Tras su asesinato, y durante las últimas noches, Alejandro ha vuelto a la Biblia de su Primera Comunión. No se quita de la cabeza a esa familia abruptamente rota, me contaba entristecido que esos hijos sin padre ya no podrán aprender, ni preguntarle, ni debatir con él como él hacía conmigo en aquellas noches que ya son antiguas. No busca en la Biblia un consuelo irracional, sino esa sabiduría y consejo acumulado tras miles de años que intuye inspiró a Kirk y por eso yo – desde mi agnosticismo que lucha por creer – he sentido una velada felicidad que me ha devuelto a épocas en las que todo era sencillo y misterioso y los años apenas transcurrían y aún no había llorado tantas ausencias.





