La bolsa de una tienda llevaba impresa la dirección postal del establecimiento. “Calle Las Mujeres nº tal”. ¡Calle “Las Mujeres”!
¿Somos mayoría, o minoría o medianía a quien ese simple letrero le hiere? Pues no se sabe; tal vez sea este un sentimiento peregrino. Lo cierto es que a algunos, muchos o pocos, nos resulta ingrato. Como lo es el ver en los aseos, antaño de Señoras o Caballeros, el apelativo Hombres o Mujeres…
En la maravillosa novela de Dickens “David Copperfield”, el capítulo 24 (o el cuarto de la segunda parte, según versiones) describe la primera francachela del hasta entonces tímido, irreprochable y bondadosísimo jovencito protagonista. “Mi primera disipación”, titula lo que no era más que una cena, bien, regada, con amigos en su casa. Narra que uno de los comensales, cuando estaban ya algo bebidos, quiso brindar por “las mujeres”. Y el anfitrión, aun siendo el más joven y tímido, se atrevió a alzar la voz diciendo que prohibía que bajo su techo se formulara un brindis de ese modo; debía decirse “por las damas”. (“I would never permit that toast to be drunk in my house otherwise than Ladies”).
Resulta curioso añorar intensamente esa frase, casi doscientos años después, en un mundo completamente distinto (entonces estaban en plena Revolución Industrial, e intentando asimilarla…). Creo que esta cita merece algo más que una simple sonrisa benévola; algo más que un “fíjate qué cursis eran en aquellos tiempos”…
Incluso en los nuestros, después de los años que llevamos ya con “planta de hombres, chaleco de mujer” en el Corte Inglés, con “Hombres” y “Mujeres” en aeropuertos y estaciones (¡y menos mal que aún persiste esa división!)… pues esto no ha calado, afortunadamente, en el lenguaje popular. Sigue resultando ordinario, despectivo, el decir, en una notaría, en un despacho, en una tienda: “Ha venido una mujer”. El pueblo llano sigue diciendo “Ha venido una señora preguntando por el abogado”. Y los que quieren ser menos pueblo llano y estar más al día, los que saben que la palabra “señora” ya queda anticuado, pues vacilan un poco y dicen, “Ha venido una muchacha… o una vecina… o una clienta”. No se atreven a decir “una señora” pero tampoco les sale el decir “una mujer”.
Alguien dirá: ¿qué tiene de malo llamar “mujeres” a las mujeres? Pues que en determinadas circunstancias, tiene de malo… ¿cómo decir en pocas palabras lo que necesitaría varios libros?… que eso es acabar con nuestra civilización.
Y con la palabra “hombre”, lo mismo. Como observó finamente José María Pemán, “en el mundo de los hombres, cuando se quiere hablar con desprecio de alguien, se le denomina un hombre”. Y esto es válido aún hoy, aun cuando la palabra señor haya caído muy en desuso. Suena algo feo oír en una notaría: “Hay un hombre esperando”. Por no decir “un señor” (que sería lo lógico) pues dirán “una persona” o “un cliente”. Si se les escapa “un hombre” y lo oye el aludido, se sentirá vagamente ofendido…
En el plano filosófico o religioso, cuando se habla en abstracto, sí se dice “el hombre”, “la creación del hombre” “la influencia de la mujer” “la acción del hombre”. O bien al expresarse en sentido profundo: “Pepita es una gran mujer”. En cambio, para referencias casuales y prácticas, suena despectivo (Consulta de dentista. Oimos decir, sabiendo que hablan de nosostros: “Hay esperando una mujer”. ¿No resulta algo… poco halagador?)
La desaparición de “señoras y caballeros” no ha sido fruto de la evolución espontánea del lenguaje; la prueba es que en los establecimientos verdaderamente populares (las peluquerías económicas, por ejemplo) se mantienen estas palabras en los rótulos. Y en el resto de ellos, aun cuando el rótulo haya cambiado, el lenguaje hablado no. La planta correspondiente del Corte Inglés se habrá retitulado como de “Mujeres”; pero la dependienta le dirá a su colega:“¿Puedes cobrarle a la señora?”.
El acabar con esos términos tradicionales (Señoras, Caballeros) es una imposición progre y desde arriba. Creo que se basa en una visión rancia y distorsionada de lo que significan estas palabras. ¿Pensaban acaso que si en la puerta de un aseo pone “Señoras” esto significa que, cual en comedia costumbrista de señoras y criadas – o serie británica de “Arriba y abajo”-, la sociedad actual está dividida en clases y estamentos y entonces hay que dejar claro que estas instalaciones son para todos sin distinción…?
Algo de eso habrá en el fondo, (no hay ranciedumbre mayor que en el pensamiento progre, obsesionado con cosas que ya no existen). Y hay que ser zafio para pensar así.
Las palabras señora, dama, señor, caballero, no se refieren, burdamente, a unas clases sociales que ahora debemos eliminar (esas divisiones hace tiempo que están olvidadas; los inmensos problemas de nuestra sociedad actual son otros). No. Estos términos no excluyen a nadie. Pero existen, porque, por pura antropología, un hombre debe ser más que un hombre, una mujer debe ser más que una mujer .
Detrás de ellos hay toda una cuestión de metafísica. De historia, de filología, de ideales, de literatura. Hasta de psicología.
Una cuestión imposible de explicar en pocas palabras, ni aun en muchas para quien no quiera verlo.
Pero ojalá existiera, en vez de la citada, una Calle de las Damas…





