La tentación de Iglesias, como buen adolescente, es «infringir» (las reglas, los modales, lo establecido, lo aceptado, lo consensuado, lo compartido…), aunque en realidad lo que le sale es «infligir»: daño, dolor, rabia, desprecio… Y todo ello con una falta de empatía absoluta hacia lo que le rodea, cosa que va en el mismo paquete de la adolescencia insuperada, junto al egocentrismo, el narcisismo rabioso, su afán de hablar y ser escuchado….
Amarraría a España y a los españoles a un sillón, como hacían los doctores conductistas con Alex DeLarge (Malcolm McDowell) en «La Naranja Mecánica», de Kubrick, todos con una pinza en los párpados para que no dejásemos de verle en pantalla gigante y ser escuchado en sonido cuadrafónico.
En su cabeza baten de forma permanente los acordes del cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven y se siente como un mesías capaz de caminar sobre un lago de leche enriquecida con velocentina y psicotrópicos.
El Marqués de la Ultraviolencia Imaginaria vive empantanado en su pequeña sociopatía carismática de cabecilla de una banda malencarada y siempre al borde del desborde de sus malos modos, porque siente que la mala educación de los malotes pandilleros le identifica entre sus «drugos». Mi furry Pérez-Reverte tal vez lo expresaría de otra forma más castiza: «No tiene media hostia».
Lo mismo promete medicalizar las residencias de ancianos que diez minutos después ni se acuerda y los ve caer como moscas a su alrededor con los triajes sin que le tiemble un pelo del moño (esa misma falta de empatía de los grandes psicópatas: Adolf Hitler, Stalin, Pol Pot, Castro…, que luego se hacen retratar o apelan a los niños).
Igual promete el cielo que te empuja hacia un abismo. Pero no lo hace por mentir ni por fullero, que lo es en grado excelso, sino porque necesita patológicamente el aplauso que sería incapaz de conseguir de otro modo que no sea deslizarse por su psicopatía hacia ese lado oscuro que le identifica con la crueldad y la travesura impotente, frustrada, nunca consumada, como un Don Juan o un Marqués de Sade que precisara causar daño o ser infiel para sentirse amado.
El CNI, las «cloacas», los asaltantes «de clase más baja que la nuestra», azotar a una mujer hasta que sangre, «las agallas» que nunca tienen los otros, las pistolas, las tarjetas subrepticias y los robos, las financiaciones oscuras, los secretos de Estado o de alcoba (da lo mismo)…, todo en su imaginario apunta a esa clase de herramientas gangsteriles o de bajos fondos que invocan a las alcantarillas y a las ratas.
La tentación de su socio el engreído, el falso reboteador de la NBA, el falso doctor, el falso enviado a la crisis de Kosovo, el falso partidario de que los jueces elijan a los jueces, el falso patriota, el falso moralista que esconde en su mochila los secretos que aún no vemos, no es «infringir» ni «infligir», sino «fingir». Y en ello se le va la vida.
El fingimiento, aparentar lo que no se es y aquello de lo que se carece en busca del reconocimiento que le negó hasta Rubalcaba y también su partido. Coloca mentiras, una sobre la otra, a toda prisa, como el albañil de un rascacielos inmenso urgido por los plazos, que cuando vas por el cuarto piso ni te acuerdas de los que pusiste en la planta baja.
Nunca nadie con tan mínima formación intelectual, tan escasa altura moral o tan corta talla política alcanzó posición tan relevante en el Estado de España, porque todo y lo único que tiene le viene regalado de la posición que ocupa en el escalafón después de que la bola de goma del poder que se rifaba rebotó siete veces en las esquinas, en la pata de una silla y en el quicio de una ventana… y le pegó en la cara.
Todo lo demás consistió en un regodeo constante con cualquier patraña, aceptar cualquier negocio, pelotear oportunidades, incluso las más infames, jugar sin escrúpulos, robar cartas, colocar urnas detrás de una cortina o traicionar sus palabras sin dejar de sonreír a una cámara para sostenerse a bordo del Falcon.
Sánchez tiene detrás suya una ristra interminable de periodistas, que le entrevistaron desde que se hizo candidato a las primarias, a los que dejó patidifusos y los traicionó con sus embustes. Ahora mismo se está descontando el tiempo en el que casi todos ellos desearán cobrarse aquella pieza que un día les dejó, haciéndose él el listo, con cara de tontos.
Engañar a tantos tanto tiempo suele ser un deporte que se termina por pagar muy caro.
He dicho.





