El otro día me comentaba un amigo, hablando de recuerdos al hilo del fallecimiento de Carlos Pumares, que lo malo, como solía repetir el poeta que en realidad lo que quería es ser poema, Jaime Gil de Biedma, es que ahora de casi todo hace veinte años. Si fueran solo veinte…., le replicaba yo.
Porque son recuerdos de esos primeros años ochenta, aquellos de las innumerables noches en que su «Polvo de Estrellas» en la difunta Antena 3 Radio acompañó mis desvelos, sentado en el salón del piso de mi familia en la madrileña calle Clara del Rey (que se hallaba cerca de la mítica Sala, germen de la movida, Rock- Ola), donde también vivía, cerca del metro de López de Hoyos, el en aquel entonces (las vueltas que da la vida) delfín de Fraga Iribarne, Jorge Verstringe o el casi siempre bebido pero genial actor Daniel Dicenta.
Junto a una cafetera llena y humeante, intentando memorizar las farragosas páginas de un libro de Derecho Romano o de esa Historia del Derecho que siempre se me atragantaba… esa sintonía, «Stardust», cantada con aterciopelada voz que sonaba a celuloide por un inmenso Bing Crosby… el radiocassete del equipo de música y la cinta virgen (aquí es cuando este artículo ya no resulta entendible más que para gentes de cuarenta años para arriba) prestos para grabar las numerosas canciones de películas y, sobre todo, las bandas sonoras completas que de tanto en vez, programaba en su esperada emisión de las madrugadas…
Todo ello habla de mi juventud, como de la de tantos otros en cuyos comentarios apesadumbrados tras la muerte del colérico Pumares me he visto reflejado en estos días pasados.
Habla de mi afición al cine, fomentada desde mi niñez por mis padres, que nos llevaban continuamente a esa fiesta que era en aquellos años ir a una sala oscura, sentarte en tu butaca y que se apagaran las luces, muchas veces a ver una y otra vez los reestrenos de las mismas películas (recuerdo haber visto varias veces Sonrisas y Lagrimas, Oliver, el musical, o Lo que el viento se llevó, por ejemplo) amén de esos programas dobles matinales de domingo en el desaparecido Cine Lux sevillano a los que me llevaba mi padre en mi infancia, dejándome allí sentadito en mi butaca de entresuelo mientras él hacía tiempo (unas cuantas horas) para volver a recogerme…
Habla de ese amor al cine que yo seguí alimentando durante toda mi adolescencia (yo era el que decía continuamente a mis padres ¡esta película hay que grabarla! y preparaba aquellas queridas cintas de video Beta calculando que hubiera espacio para que cupiera completa la película).
Y habla de él, de Carlos Pumares, que acabó de cimentar en mí esa pasión por el cine con su programa, noche tras noche, esperando impaciente a que acabara «el butanito», José María García, de lanzar improperios contra el entonces Presidente de la Federación Española de Futbol, Pablo Porta, y que al fin sonara la ansiada sintonía del programa,
«El amor es ahora el polvo de estrellas del ayer,
la música de los años pasados…»
Y comenzar a disfrutar de la sabiduría, de los conocimientos de aquel “locutor” como les llamaban entonces, que parecía casi siempre un sabio enfadado, de las músicas que sonaban o los datos desconocidos que emergían continuamente en su monólogo o, sí, también de los tremendos cabreos con los oyentes pesados y reincidentes o simplemente ignorantes y con las preguntas bobaliconas o impertinentes, que despachaba colgando directamente la llamada y pasando a otra con su sempiterno «Buenas noches, dígame».
Luego, unos años más tarde, llegó Garci, mi otro gran maestro en esto del Séptimo Arte, con su «Qué Grande es el Cine», y eso ya fueron palabras mayores, porque sus cultísimas tertulias pre y post emisión de la película, cada lunes una obra maestra, eran auténticas joyas, enciclopédicos tratados en palabras del conocimiento cinematográfico, encarnado en ilustres contertulios como Miguel Marías, Oti Rodríguez Marchante, Juan Tebar, Fernando Méndez Leite, Juan Cobos, Antonio Giménez Rico, el actor Fernando Guillén, Juan Miguel Lamet o el incombustible Eduardo Torres Dulce, entre otros.
Pero lo de «Polvo de Estrellas» era otra cosa, era encontrarte cada noche con un amigo al que no conocías personalmente y que, en cada programa, se lo pasaba bomba contándote lo que más le gustaba de las películas que amaba o lo mucho que le irritaban otras que, muy a menudo, eran predilectas de una gran parte del público y de la crítica, cosa que a él le resbalaba (recuerdo especialmente sus diatribas contra la película del en aquel entonces prestigioso y siempre pedante director David Lynch «Twin Peaks, Fire walk with me» o cortando las llamadas de aquellos que, seguramente para provocarle, le preguntaban una y otra vez por Blade Runner).

Sí, Carlos Pumares fue mi inolvidable compañero nocturno (el mañanero y un poco posterior fue otro grande, también desaparecido, aunque este más prematuramente, Antonio Fernández, con su programa en Radio 3 “Área Reservada”, que me dio a conocer el mundo del smooth jazz y músicas que me han acompañado desde entonces, Michael Franks, Gino Vannelli, Spirogyra y tantos otros, pero esa es otra historia) de aquellos madrileños años universitarios y mi primer maestro de esa bella asignatura vital que es el cine, el que tantas y tantas veces me ha salvado la vida, en el que continuamente me refugio en el ocaso de un mal día o cuando, como pasa a menudo en la vida, vienen mal dadas.
Porque yo soy de los que, como suele decir mi segundo maestro en esto (solo en estricto orden cronológico), José Luis Garci, “no cumplo años sino películas”.
Más tarde, después de esos años de mi feliz recuerdo, vino una época olvidable de aquel Pumares que me acompañó y alegró tantas madrugadas. Fue la época en que, seguramente por motivaciones económicas, devino en esperpéntico payaso televisivo, iracundo y lastimosamente ridículo emulo de un Chucky otoñal, todo ello por obra y gracia de ese creador de juguetes rotos televisivos e inventor de la genuina telebasura mainstream que pasa por “prestigioso ideólogo de la moderna televisión” que lleva por nombre Javier Sardá.
Pero ese no era mi Carlos Pumares.
Carlos Pumares siempre será el de John Ford y El Hombre Tranquilo, el de La Fiera de mi niña de Howard Hawks, el de Gary Cooper, Cary Grant o Gloria Grahame, el de Clark Gable y Judy Garland, el del doctor Zhivago de David Lean…
Descansa en paz querido amigo de aquellas madrugadas juveniles, ahora tú también polvo entre esas estrellas que tanto idolatrabas.
Descansen en paz también aquellos mis años de juventud de los que, como de casi todo ahora, hace ya (más de) veinte años…
“Pero eso fue hace mucho tiempo
Ahora mi consuelo
está en el polvo de estrellas de una canción
(…….)
En mi corazón permanecerá
mi melodía de polvo de estrellas
El recuerdo del estribillo del amor”
…





