El otro día el pintor Antonio López dijo: «Si España no es mejor es porque somos tontos. Unos más que otros». López lleva razón, para darse cuenta de ello no hay nada más que echarle la vista encima al ministro Garzón y a sus acciones.
La última de Alberto Carlos – este chico tiene nombre de telenovela venezolana – ha sido lo de la huelga de juguetes contra el sexismo. Se conoce que Albertito de chico jugó poco y ahora se le ocurren estas imbecilidades para jugar con el erario. Alberto Carlos no tiene bastante con su campaña contra el consumo de carne y va a dirigir los juegos infantiles como si fuera el hada de los juguetes del cuento de Calleja, pero un hada pansexual como ordenan los mandamientos del comunismo internacional.
Así, el hada Alberto, quiere que los niños jueguen con muñecas, costureros, cocinitas – perdón, con cocinitas no, que según Garzón la comida hay que comerla cruda – y set de maquillaje y las niñas con pistolas, camiones, tractores, destornilladores, martillos y balones de reglamento. Muy divertido todo pero la idea de Alberto Carlos creo que va a tener muy poca trayectoria ya que no va a ser fácil eliminar el género masculino a golpe de imbecilidades como una huelga de juguetes.
La última gilipollez de este muchacho, nacido antes de ayer y metido a ministro, me ha traído a la memoria el monumental enfado de un niño de tres años al que habían vestido con un trajecito de villela de cuadritos celestes y blancos, con chorrera de encajes, haciendo juego con el de su hermana. Aquel niño cuando se vio en el espejo vestido con puntillitas se daba cabezazos contra el espejo y se quería arrancar el traje a tirones. Otro día a este niño se le ocurrió jugar a los aviadores y ni corto, ni perezoso, marineando se subió a lo más alto de un aparador de dos cuerpos y se lanzó de cabeza contra el suelo. A pesar de que aquel lanzamiento le dejo semicomatoso una semana, cuando el niño se despertó siguió a lo suyo y unos meses después de haber emulado al ¨Baron Rojo¨ quiso comprobar cómo funcionaba la electricidad, cogió una de las horquillas del moño de su tía y con decisión la metió por un enchufe de pared, y vino a caer de culo sobre la pared de enfrente. Pasados unos días, el niño quiso probar a que sabía el vinagre y a escondidas se echó al coleto y sin respirar, un cuarto de litro de vinagre de Jerez. La prueba de vinagre le hizo salir corriendo pasillo arriba echando espumarajos por la boca.
Mientras el niño llevaba a cabo todas estas ¨hazañas¨, su hermana, que ya le había avisado de lo que le iba a pasar, observaba prudentemente sin meterse en esos berenjenales y prefería jugar con sus Mariquitas recortables.
En fin, no quiero cansar con más cuentos, no soy ni Hans Christian Andersen – otro proscrito por Alberto y sus compis – ni Saturnino Calleja, y ahora que falta poco para que lleguen los Reyes Magos, les voy a pedir que le traigan al ministro Alberto, una ¨Mariquita Pérez¨, de las antiguas, de las chachí piruli, con su baúl de ropa y sus sombreros y sus bolsos y un costurero para que el señor ministro le vaya reponiendo el vestuario, mientras su mujer enseña a su hija mayor a jugar con pistolas, martillos y destornilladores y la pequeña disfruta desde su cuna del precioso móvil colgante con hoces y martillos de colores que le han regalado los duendes de Stalin y Lenin y que se mueve al son de la Internacional.
Moraleja: La mujer puede hacer lo mismo que hace el hombre, otra cosa es que le interese hacerlo.

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