
Con este linchamiento al que estoy siendo sometido públicamente por haber sido una de las cuatro personas que han premiado a la bailaora japonesa, La Yunko, en el Festival Internacional de las Minas, estoy comprobando de nuevo lo mala que es la envidia dentro de la crítica flamenca. Les digo una cosa. Si a esos que están machacando al alcalde de La Unión los llamara el edil para que fueran a remojarse el verano en La Manga con cargo al Ayuntamiento, le comerían el culo. Lo digo porque llevo casi medio siglo en este oficio y lo puedo demostrar. Ni uno solo de mis compañeros ha salido a defenderme de los ataques de los lobos rabiosos. Por eso no he pertenecido jamás a ninguna asociación de críticos de flamenco: porque, y nos metemos todos, es un colectivo mediocre, en general, donde cada uno vamos a lo nuestro. Abandoné la crítica de espectáculos hace tiempo asqueado de este mundillo al que he dedicado mi vida. Escribo de flamenco, pero no hago ya crítica en teatros o festivales de los pueblos. Además de que no se paga, desde que existen las redes sociales es imposible publicar una crítica sin que te linchen. Me moriré escribiendo de flamenco, pero jamás volveré a sentarme en la butaca de un teatro para opinar después sobre los que cantan, tocan o bailan. Todos son genios y con los genios no es fácil. Lo mío son los perros y los gatos, las mascotas en general, y son los únicos seres vivos que me entienden. Mis tres perras serían incapaces de apuñalarme por detrás, como me están apuñalando amigos, conocidos y compañeros, por el simple hecho de haber estado de jurado en un concurso donde el premio de baile lo ganó una japonesa. No era la primera vez que ganaba un premio, por cierto. Pero se ve que no es lo mismo ganar en Cádiz, que en Murcia. Por último, otra cosa. Ni uno solo de los premiados en La Unión me ha mandado un mensaje de ánimo. No es necesario: mis perros y mis gatos me dan tanto cariño que no necesito más.





