Hace apenas unos años era frecuente la percepción de que ser de izquierdas era la opción más guay, porque halagaba los instintos primarios de la gente y le decía lo que esta quería oír. A saber: que tenía derechos y más derechos de todo tipo, que la culpa de sus males siempre la tenían otros (la Iglesia, los bancos, los yanquis…), que había que transgredir reglas y convencionalismos sociales para avanzar en la eterna senda hacia el “progreso”…
En cambio, la derecha se caracterizaba por recordar esas realidades antipáticas que nos decían nuestros padres cuando éramos pequeños, y que palpamos como evidencias cuando somos adultos, puesto que son parte inescindible de la vida. Como, por ejemplo, que no hay derechos sin responsabilidades, que hay que trabajar duro para conseguir resultados y que no podemos caerle bien a todo el mundo, entre otras muchas realidades poco complacientes.
Ser de izquierdas suponía una verdadera bicoca, porque aparte de proponer ideas simples y engañosas al alcance de cualquier cenutrio (“haz el amor y no la guerra”), encima quedaba uno como una persona moral y solidaria, frente al egoísmo y al “puritanismo” supuestamente defendidos por la derecha aguafiestas.
El apoteósico triunfo de la izquierda en una sociedad plebeya y materialista, como la nuestra, se percibe, entre otros múltiples indicios, en la rendición de gran parte de la derecha “convencional” a los planteamientos propios de sus antagonistas políticos. De este modo, los partidos supuestamente de derechas empezaron poco a poco a llamarse de “centro” y “reformistas”, y a dejar de hablar de los valores que supuestamente defendían: imperio de la ley, orden público, autoridad, defensa del matrimonio y de la familia, disciplina, patriotismo, servicio militar; no digamos ya religión o Dios. Si analizan el discurso de los políticos de esa supuesta “derecha” convencional observarán que asumen el marco mental progre y tratan de diferenciarse de la izquierda presumiendo solo de “buena gestión” (dentro de un orden), sin faltar incluso los que sostienen que son ellos los legítimos representantes del progresismo solidario.
Pero este éxito incuestionado de la izquierda le ha llevado a creerse imbatible y, con una torpeza digna de estudio, se ha puesto a pisar callos sin ton ni son en contra del más elemental sentido común. De modo que ahora los aguafiestas son ellos. Así, la gente que ha aupado a Milei o a Trump al poder no son ultras ni nostálgicos del fascio, como predican estúpidamente los mercenarios de la prensa que sostenemos con nuestros impuestos, sino gente corriente que ha caído en la cuenta de que por “salvar el planeta” no está dispuesta a comer basura a precio de oro, ni a dejar de viajar en su coche baratito, ni a vivir en zulos habitacionales.
De repente, muchas personas han visto -o han percibido en sus carnes- la sinrazón que supone considerar culpable siempre al varón cuando lo denuncia una mujer, aunque se trate del mismísimo Errejón, (y eso que muchos ya sospechábamos que este imberbe sujeto no era precisamente un caballero). Abunda todavía la gente que no ve con buenos ojos que en la clase de sus hijos entren unos desconocidos para hablarles de masturbación o de identidades sexuales imaginativas. A muchos les sigue pareciendo absurdo que un señor hormonado y disfrazado de señora participe en competiciones femeninas o entre en el servicio de las niñas. Y a la mayoría les sigue pareciendo chocante que no haya dinero para la dependencia o para los damnificados en Valencia y sobre pasta para financiar sindicatos, películas neurasténicas y gamberros subvencionados, como el tal Broncano.
Lo curioso es que los nuevos indignados no tienen por qué tener un sistema de valores conservador. Sencillamente se han percatado de que censurar chistes, cuentos infantiles y obras de arte es una forma de pensamiento monolítico mucho más impositiva que la existente en tiempos tradicionales. No hace falta ser un carca para percibir el doble rasero de quienes están todo el día con la matraca del respeto, la inclusión y la diversidad; y a la vez están continuamente metiéndoles el dedo en el ojo a los católicos, incluso en la televisión pública un día de Nochevieja. Tampoco es necesario tener grandes conocimientos de geoestrategia para sospechar que traer a nuestros barrios oleadas de musulmanes procedentes del Magreb puede causarnos a corto plazo algunos problemillas.
Por ello, no pongamos todas nuestras esperanzas en las cualidades morales de la “nueva derecha”, ni en su capacidad de seducción, ni en la solidez de sus políticas. Porque, en gran medida, esas cualidades todavía están por demostrar. Por mucho que nos ilusionen algunos de los nuevos líderes, su capacidad se demuestra con los hechos y, como personas falibles que son, aún nos pueden defraudar. Reconozcamos, más bien, que es la izquierda, con sus delirios irracionales, la que nos está propulsando como un cohete.





