Durante su intervención en un acto de campaña, Pedro Sánchez ha sido increpado por una espontánea, que le ha gritado “¡Hijo de puta!”, ante lo que el líder socialista ha respondido en tono solemne y a la vez, burlón que “el insulto en política es el recurso de quien no tiene nada que ofrecer”. La persona que se ha dirigido en estos términos hacia él ha resultado ser concejala del PP en un pequeño pueblo valenciano, circunstancia que ha sido aprovechada para sacar rédito político con motivo de las elecciones en Aragón y trasladar el foco sobre Feijóo para que la expulse del partido, pese a que ella misma ya se ha disculpado.
No es el PSOE de Sánchez el más indicado para hablar de insultos, ya que evidencia una repugnante doble moral, teniendo una piel muy fina mientras practica la manga ancha en sus ataques a los demás.
No deja de ser paradójico, como ha señalado Elentir, que Sánchez mantenga como ministros, sin haberles pedido siquiera una rectificación, a Reyes Maroto, que llamó “asesina” a Ayuso, y a la desconocida ministra de Ciencia, Diana Morant, que acusó a Mazón de “causar las muertes” de la DANA.
La etahíla de improperios y descalificaciones personales es muy prolija:
- Sánchez llamó “indecente” a Rajoy en el debate cara a cara de 2015. Días después, fruto de un caldo de cultivo de violencia verbal, Rajoy recibió un puñetazo en un mitin en su ciudad natal, Pontevedra.
No fue la primera vez que Sánchez dirigió ese tipo de calificativos a Rajoy, ya que en 2014 lo tachó de “presidente indigno”, y en diciembre de 2015 dijo que el entonces líder del PP era “un problema para la democracia”. También dijo de Rajoy que, al estar rodeado de corrupción, no podía ser un “demócrata pleno”, calificándole en repetidas ocasiones de extrema-derecha. ¿Pero no nos decían que la extrema-derecha era VOX? Una vez más se evidencia que es el espantajo que utilizan para estigmatizar a sus adversarios políticos, arrojando (de manera antidemocrática) fuera de la legalidad a quienes no piensan como ellos.
- La entonces portavoz del PSOE en el Congreso, Adriana Lastra, tachó de “golpistas” a PP, Ciudadanos y VOX.
- Varios ministros de Sánchez han llamado a Feijóo “vago”, “sectario”, “ignorante”, “cínico”, “inmaduro” y “mentiroso”.
- La ministra de Ciencia comparó a Feijóo con Trump, diciendo que “se parece cada vez más a políticos antidemocráticos”.
- El presidente del PSOE en Andalucía, Manuel Pezzi, en las redes sociales llamó “tontopollas” a Feijóo y dijo que Ayuso tenía una “tara mental grave”.
- Durante una intervención de Feijóo en el Senado, Sánchez vociferó en repetidas ocasiones: “¡Qué falso es!”.
- Desde la izquierda se han rasgado las vestiduras y han manifestado sentirse dolidos cuando en su día Casado elevó el tono llamando a Sánchez “mafioso”, “autócrata”, “felón”, “traidor” y “presidente ilegítimo”, pero Sánchez llamó al entonces líder del PP “irresponsable”, “demagogo” y “mentiroso”, a lo que se suman insultos como los que se han reproducido antes y los que se recopilarán en estas mismaspáginas de manera posterior.
- Quien, sin duda alguna, es el ministro más zafio, no ya de este gobierno, sino de la democracia, es el titular de Fomento, Óscar Puente, que llamó “saco de mierda” a Vito Quiles por denunciar el uso que el entonces alcalde de Valladolid hacía del coche de alta gama de un empresario al que dio ingentes subvenciones.
También ha tachado a Ayuso de “testaferro con derecho a roce”, en un repugnante exabrupto machista sobre el papel de la mujer en una relación de pareja. No nos debe extrañar que venga de aquellos que hacen bandera del feminismo, pues los prostíbulos han ocupado un papel preponderante en la biografía de sus principales líderes, unos como clientes (Ábalos) y otros, vinculados a dichos negocios (Sánchez).
Nunca se había visto a un ministro utilizar sus redes sociales como miembro del gobierno para insultar, y además, de manera tan vulgar, a la oposición, ya que a los ejemplos anteriores se suma que llamó “miserable” a Feijóo, “fascistas a sueldo del PP” a los periodistas Vito Quiles y Bertrand Ndongo, descalificó al diario The Objective, que desveló el caso Ábalos, como “The Ojete”, y se burló de Javier Negre escribiendo irónicamente “Quiere pillar un tren sin retraso”.
El deslenguado socialista que se atreve a pronunciar vocablos tan soeces es el mismo que ha reconocido haber gastado 62.000 euros del erario público para recopilar los insultos que su persona ha recibido, un fin carente de toda utilidad pública y que, al destinarse a un afán particular, sería constitutivo de un delito de malversación de caudales públicos.
Es evidente que a partir de la década de 1980 se ha producido un fenómeno que Miguel Boyer bautizó como “desvalorización de la política”. De una época en la que se hacía crítica política y el insulto era muy excepcional, estando fuera de lugar, éste ha pasado a instalarse como norma. Atrás queda el lenguaje formal y el discurso sofisticado, pero, ¿cuándo comenzó esta dinámica?
Todo nace de la primera legislatura de Zapatero (2004-2008), conocida no en balde como “la legislatura de la crispación”, ya que se rompieron los consensos básicos que se habían mantenido bajo los gobiernos anteriores de Suárez, Calvo-Sotelo, González y Aznar, y prueba de ello es que Zapatero decidió pactar los Estatutos de segunda generación con las formaciones nacionalistas y no con el principal partido de la oposición, de igual modo que decidió unilateralmente negociar con con ETA, rompiendo el propio Pacto Antiterrorista que él mismo propuso en la oposición.
Durante el zapaterismo, la tónica habitual fue la deslegitimación del adversario político, negando su carácter antidemocrático, siendo la Ley de Memoria Histórica el mascarón de proa del objetivo final: llevar el Pacto del Tinell a las Cortes Generales y aplicar un cordón sanitario de exclusión sobre el partido de diez millones de españoles.
En contraposición, Rajoy en el gobierno fue moderado y educado en las formas, caracterizándose por ser un parlamentario elegante e irónico, mientras que Sánchez ha llevado mucho más lejos la praxis política de Zapatero, ya que su modo de proceder se caracteriza por la descalificación sistemática de la oposición, con ataques más intensos y frecuentes que nunca.
Óscar Puente se ha atrevido a decir que nunca antes se había cuestionado la legitimidad del gobierno. No hay que rebuscar mucho en las hemerotecas para demostrar la falsedad de lo que dice, ya que, como se ha recogido al principio de este artículo, su propio jefe de filas Sánchez, dijo que Rajoy era un indecente, que no podía ser un demócrata pleno por estar rodeado de corrupción, lo tachó de extrema-derecha y lo acusó de ser un peligro para la democracia española.
Todos los presidentes han recibido insultos graves, y no hay más que recordar que poco después del 11-M, cuando iba a votar, a Aznar le llamaron “asesino”. La diferencia es que ahora los españoles tienen a su frente a un narcisista sin escrúpulos cuando ataca a los demás, pero con la piel muy fina cuando tiene que recibir el menor ataque. A su ausencia de límites morales se suma su cobardía personal.
Nunca se ha visto a un presidente no ya descalificar, sino hacer llamamientos a legislar contra los periodistas y la Judicatura cuando van contra él porque tiene que estar por encima de todas las instituciones. Se cree Luis XIV, “el Rey Sol”, que como monarca absoluto decía que todo giraba alrededor de él porque encarnaba el Estado.
En su sectarismo, la izquierda afín a este sujeto, le reía las gracias a Caiga Quien Caiga, al Follonero y a Gonzo en El Intermedio cuando hacían preguntas incómodas y se burlaban de los políticos del PP, de hecho, el mismo Jordi Évole que pretende presentarse como intelectual y alardea de hacer periodismo serio, en un pasado que parece no querer recordar, se permitía hacer bromas machistas y sobre la transexualidad, además de regalar a Rajoy una caja de puros para burlarse de los trajes regalados a Camps.
Cuando Vito Quiles hace lo mismo, formulando preguntas serias sobre los numerosos casos de corrupción que acorralan a este gobierno, es un “acosador “, “fascista” y “pseudoperiodista” que no critica ni hace preguntas incómodas al PP, pero cuando CQC y La Sexta no lo hacía con el PSOE, nadie ponía el grito en el cielo, no se movilizaba la residual extrema-derecha ni los escoltas de los políticos del PP se mostraban violentos. Por el contrario, contra Vito Quiles se moviliza la extrema-izquierda para censurarle, los escoltas de los políticos a los que pregunta lo empujan y apartan violentamente, e incluso expolíticos y periodistas de la izquierda radical como Monedero, Pablo Iglesias y Antonio Maestre, le han tirado el micrófono.
No es de extrañar que sea precisamente Sánchez quien hable de la política del fango porque es el hábitat en el que se mueve y se siente cómodo. Como se recogió al principio, el propio Sánchez dijo que “el insulto en política es el recurso del que no tiene nada que ofrecer”. Después de este exhaustivo recopilatorio, podemos ver lo que su gobierno tiene que ofrecer a los españoles.





