Ando entre incrédulo y entusiasmado, casi ensoñado. Leo por las redes —ese lugar donde no te puedes creer casi de nada pero lo es casi todo— una interesante e inusitada defensa de la religiosidad popular andaluza. No es una defensa hacia lo religioso en sí, tampoco hay que tirar fuegos artificiales; es una defensa hacia el respeto a estas tradiciones que, en nuestra tierra andaluza, pueden llegar a ser, en verdad, vehementes: vehementes de sentimientos y vehementes de acción. La última ha sido con el tradicional salto de la reja de los almonteños en El Rocío. Pero lo que más me ha sorprendido es por parte de quién llega esa defensa: de la izquierda. Pero no de una izquierda a secas. ¡De la izquierda neoandalucista!
Una defensa que, en realidad, tiene más un componente de orgullo regional que otra cosa. Pero que deja entrever una realidad que nada tiene que ver con las ideologías, sino con el sentir íntimo: las tradiciones. Las tradiciones, aunque no se participen de ellas o, incluso, hasta se asqueen (verán que no voy a usar muchas comillas para definir ciertas cosas; porque lo que digo es lo que es).
Este neoandalucismo de izquierdas se ha visto herido, ultrajado diría, por parte de comentarios provenientes de usuarios de otras comunidades. Usuarios que, en su reivindicación de excepcionalidsd, glorifican, entronan y entonan orgullosos su patrimonio cultural y tradicional. Usuarios catalanes, madrileños, vascos… ¡Usuarios hasta andaluces! Y, casi todos, hijos del mismo pensamiento político. ¡Pero hete aquí, Sancho, que con el corazoncito hemos topado!
Este neoandalucismo es, con sus enormes distancias, como aquel sentimiento de mi amado Federico [García Lorca] que siendo, como él henchido se autoproclamaba, del mundo, defendía acérrimo su granadismo, su andalucismo y su españolismo: se puede amar todo y criticarlo y viceversa. Sólo que Federico, lejos del idealismo al que algunos lo quieren anclar en pos de intereses de los que, ya les digo, estaba terrible y afortunadamente apartado de lo que él era y sentía (Lorca era un idealista; un niño grande, unicórnico ¡y universal!). Este neoandalucismo de izquierdas se ha dado de bruces con aquella otra izquierda, atea e irrespetuosa; que lo tercero no tiene nada que ver ni con lo primero ni con lo segundo, sino con esa necesidad de atacar, por lo que sea, todo aquello que les suene a derechas. ¡Y anda que no conozco yo a lo que, diríamos, conservadores ateos! Como también a comunistas de pro (como mi gran hermano Antonio Bernal), más cofrades que un pregón lamioso de estomagantes piruetas poéticas de un cartel de Semana Santa.
Me congratulo, en parte, porque ese neoandalucismo sirva, al menos, para que esa izquierda defienda también las tradiciones, aunque sean religiosas. Ejemplo relativamente reciente de ello fue Kichi, ex alcalde de Cádiz, que acompañaba a su madre en la madrugá gaditana tras el paso del Nazareno de Santa María porque, como bien explicó, era la costumbre de sus mayores y la que siempre vivió en casa. Pero aquí les voy a dar un pequeño golpe de realidad histórica. Eso que estos llaman andalufobia, y del que se ha hecho eco hasta el omnipresente neoandalucista de pro Manu Sánchez, es lo que desde hace muuuuucho tiempo llevan padeciendo los cristianos por el hecho de serlo y difundirlo: cristianofobia. ¡Sí, sí! ¡Como leen! ¿Recuerdan lo de las quemas de iglesias, conventos e imágenes? ¿Aquellas frases, como la que Durruti popularizó en España: «La única iglesia que ilumina es la que arde» (que ha devenido en esta más actual de «Arderéis como en el 36» que, en realidad, contiene un error de datos: la cosa empezó antes)? ¡Qué! ¿Qué les parece?
Sí, esta izquierda neoandalucista, por cierto, a la que la otra izquierda, la convencional, la está hasta tachando de facha. ¡Toma ya! Pues eso. Esta izquierda, donde muchos de sus participantes salen de nazarenos, de costaleros, de acólitos, de músicos tras los pasos, que hablan en corrillos cofradieros con una cervecita donde siempre —porque Dios no entiende de ideologías y hasta hace la vista gorda para que se acerquen a Él, aunque sea bajo la excusa del folclore cofrade—, ha levantado, de momento, el hacha de guerra para hacer valer lo andaluz; aunque en esto entre, como ya cité, la religiosidad popular de este pueblo, exigiendo respeto. Porque sí. Porque la Virgen del Rocío, de la Cabeza y sus romerías, las bullas en Semana Santa ante los pasos, los vivas y las lágrimas, la piel de gallina escuchando una marcha, una plegaria a coro…, es también Andalucía y, por extensión, por historia y por tradición, España.
Así que, parafraseando otra frase leída hace muy poquito que decía «Izquierda alante, derecha atrás», a la que le reconozco una ironía y oportunidad brillantes, recojo esa primera parte de esta para darle título a este artículo y que sin ser yo andalucista, pero sí muy andaluz —tan andaluz y tan español como, reitero, mi amado Federico—, animarles a que, en este sentido, sigan de mármol a mármol.





