¡Quién iba a decir que la relectura de esta famosa novela de Julio Verne, “juvenil y de entretenimiento”, nos iba a proporcionar, a los occidentales del siglo XXI, los de la Agenda 2030, tan sapientísimas lecciones!
Como es sabido, ahí se narran las peripecias de cinco hombres que llegan, tras accidentarse su globo aerostático, a una isla perdida del Pacífico. El tema del náufrago que sobrevive en una isla desierta no era ciertamente nuevo (aparte del celebérrimo Robinsón Crusoe, hay antecedentes españoles del siglo XVI, y con el aliciente de ser verdaderamente históricos… esto sería otro gran tema), pero el gran narrador de viajes extraordinarios consigue darle muchísima originalidad, y por ende, como decimos, grandes lecciones para nuestro tiempo.
Estos cinco hombres, bajo la notable dirección del más sabio de ellos, el ingeniero Ciro Smith (¡vaya ingeniero!), se dedican a explorar y explotar la isla, y a trabajar y a trabajar, y a fuerza de extraer el máximo provecho a cada mínimo recurso, obtienen resultados sorprendentes. El ejemplo más famoso: de un grano de trigo hallado en el bolsillo del más joven… pues de ahí obtendrán al cabo de los años una respetable cosecha para fabricarse el pan. Dicho así, suena un poco risible, pero Julio Verne no hace magia. Todo lo explica, lo describe con exactitud, el clima, las herramientas, los procedimientos empleados.
Un lector medio, algo impaciente de seguir el desarrollo de la acción, tal vez se salte muchos párrafos ya hasta páginas enteras en esta novela. Pues el autor explica de manera prolija y científica cómo estos cinco hombres llegaron a fabricar un horno, allí se hicieron cacharros de cerámica; cómo llegaron a amaestrar animales y tenerlos en un corral; cómo llegaron a fabricar infinidad de cosas: lo último (que sonaría de risa, pero leído en el original se convierte en perfectamente verosímil) es que se fabrican, ellos mismos, ¡un telégrafo!, para comunicarse de una parte a otra de la pequeña isla.
El autor no dice “construyeron un horno y se fabricaron cacharros”, no; sino que explica didáctica y minuciosamente todo el proceso, como enseñándolo a hacer. Una lectura atenta y detenida, lectura “comprensiva” que hoy le dicen, de cada página de esta larga novela, sin saltarse párrafos, sino estudiándolos bien, convertiría a cualquier lector en un verdadero experto en infinidad de artesanías. Siempre estamos a tiempo.
Se ayudan, eso sí, de algunas cajas de herramientas que aparecen misteriosamente en la playa (de ahí el título de la novela), de otro modo sería demasiado inverosímil la enorme obra “civilizadora” que transforma la salvaje isla en un centro de agricultura, ganadería, cerámica, carpintería, astillero… ¡hasta un barco completo fabrican, a fuerza de trabajar!
Trabajar es la palabra más repetida. El lector del siglo XXI arrellanado en su sofá llega a abrumarse de ver a estos héroes trabajar tanto y tantísimo. Parece que los ve, el hacha en la mano, las horas y horas diarias, los meses, los años… Construyen, edifican, fabrican… no paran ni un momento de trabajar.
Hay aventuras, sucesos emocionantes, se les añade otro personaje (que había salido en una novela anterior), luego aparece la solución final al misterio… Pero por encima de las aventuras, el tema dominante de la novela entera es el trabajo continuo.
Y, ¡atención!, esto es lo más interesante, el punto al que queríamos llegar: el desenlace.
Se describe en los últimos capítulos: El ingeniero comprende que el final de la isla está próximo. Esa isla que tanto han cuidado y civilizado (le han dado nombre a cada riachuelo y cada promontorio), es de origen volcánico, y por la fragilidad de las paredes de la “chimenea” – sus páginas lo explican perfectamente- se prevé que saltará por los aires a la próxima erupción, de la que ya están viendo señales.
Efectivamente, la isla explota ante sus ojos; los seis hombres sobreviven en un trozo de roca fragmento de la explosión (el espléndido barco que habrían fabricado ellos mismos también se había perdido). De allí los rescata a los pocos días un navío (esto, claro, es la única concesión a lo inverosímil, pero bien podemos disculparlo. El novelista no va a dejar que perezcan sus personajes).
¿A dónde queríamos llegar?
No hay ni una lágrima por la isla desaparecida en un momento. Se la llevó un volcán, era su destino inexorable. Los seis hombres acaban obteniendo una hacienda en su patria de origen, los Estados Unidos, y allí se dedican a lo mismo que, con muchos menos medios, habían hecho en la isla: trabajar, trabajar, trabajar… explotar la tierra, dominar la flora y la fauna, encauzar la Naturaleza, servirse sabiamente de ella. En definitiva, a seguir el mandato del Génesis. Es la misión del hombre.
No es “salvar el planeta”. A un volcán no hay quien lo pare, hay que aceptar lo inevitable. En cambio, hay que hacer lo que esté en nuestras manos por nosotros mismos, por la especie humana, para vivir dignamente; con ese fin, sí, trabajar con tesón, e incesantemente, y sin lamentarse por el trabajo “perdido”.
En ninguna de las páginas de “La Isla Misteriosa” se explicitará moraleja alguna, ni en toda la novela hallarán el palabrejo “resiliencia”. Ni falta que hace. Allí sólo aparece el Homo Faber, lleno de energía y de optimismo, y ni se le pasa un instante por la cabeza la idea de quejarse.
Si explota una isla, habrá que irse a trabajar a otra.
…







