Tengo por costumbre animar a mis alumnos de la Universidad, sobre todo a los de segundo año, a que aprovechen la oportunidad de realizar un curso Erasmus en el extranjero, por el enriquecimiento personal que de ello se deriva, y es habitual que algunos pongan como excusa para no hacerlo el tener novio o novia, o como se dice ahora, pareja, a lo que yo les replico con el argumento de que si le quiere de veras, le esperará.
Soy plenamente consciente de que esa espera a la que aludía en el párrafo anterior, no encaja en las coordenadas de vida de gran parte de una generación seducida por el placer inmediato (“melón quiero y tajada en mano”), incapaz de dejar para más adelante el gozo convulsivo que anhela (“dale a tu cuerpo alegría, Macarena, …”), y para la que en su día a día conjugar verbos como aguardar, aplazar, diferir o posponer, resulta un ejercicio de pérdida de tiempo, todo lo contrario de aquel consejo que nos daban hace años de “darle tiempo al tiempo”.
Aún somos muchos los que recordamos cómo a nuestro padre se le reservaba siempre el mejor plato de carne o pescado, aunque posiblemente no tuviera el suficiente apetito para comérselo (“cuando seas padre, comerás huevos”). Somos los mismos que cuando vamos a coger un yogurt del frigorífico, aún preguntamos si lo podemos tomar, no vaya a ocurrir que sea el único que le guste a nuestro hijo, y, ¡qué quieren que les diga!, ventajas de habernos educado en una renuncia que, a la postre, nos ha hecho más fuertes.
¿Quién no recuerda ese juguete que los Reyes Magos no podían traernos ese año, porque no podía ser (y punto)? Confieso que siempre me quedé con las ganas de aquel Tiburón Citroën Payá, el primer coche teledirigido (¡con un cable!), y que a mí me parecía lo más de lo más en aquel momento.
Esas ansias de inmediatez, alimentadas por una tecnología cuya aceleración provoca vértigo, han llevado al baúl de los recuerdos, momentos de disfrute que ahora no se conocen, como la emoción al recoger el revelado de un carrete de fotos después de unas vacaciones o el nerviosismo al recibir una carta de quien estabas perdidamente enamorado.
En esta carrera desbocada del desarrollismo percibo algo que sí me produce inquietud: la progresiva pérdida de la capacidad de ilusionarse, porque perder la capacidad de ilusionarse implica perder también el talento para soñar. Y es que en el devenir de los años, he aprendido que es importante saber utilizar las luces largas y mirar más allá de lo que tenemos cerca, que es fundamental distinguir entre lo urgente y lo importante, porque, al fondo, la vida es aquello que transcurre entre las metas que nos marcamos, y que la continua propensión al logro te hace olvidar (“me olvidé de vivir”), para desear indefinidamente una meta mayor cuando has logrado la que perseguías.
En la novela “La Historia interminable”, al llegar el joven Bastian al país de Fantasía es agasajado como “el salvador”, y la diabólica emperatriz le invita a desear “lo que le apetezca”, porque ella se lo concederá de inmediato, pero con una condición: por cada deseo que Bastian satisfaga, irá perdiendo un recuerdo. Así, el protagonista de la obra va alimentando su ego hasta que se enfrenta al dilema de perder su último recuerdo: el tiempo que pasó junto a su madre, lo que le despojaría de su pasado y le haría olvidar sus raíces, fin pretendido por la malvada emperatriz.
Animo a todos mis lectores a disfrutar con las cosas sencillas, a plantearse si necesitamos poseer tanto como tenemos para ser felices (“más tiene quien menos necesita”) y a vivir momentos de contemplación, entendida ésta como una parada en el ajetreo de nuestra existencia para observar, pensar y meditar: ver por dónde ha discurrido nuestra vida y analizar qué queremos hacer con ella en el incierto tiempo que nos queda.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






4 Comments
Alberto, este articulo es una obra de arte.
Muchas gracias!!
Alberto, magnífico artículo que inspira y anima a darse a uno mismo lecciones de vida. Las negativas de nuestros mayores » por que ? » » Porque sí » y no pasaba nada, no salimos traumatizados. Los sentimientos que descubrías a medida que te iban pasando cosas, y la capacidad de renunciar a la inmediatez, porque tenías un proyecto de vida, una ilusión fuera la que fuera, familia, estudios, desarrollo profesional, pero sabiendo que lo importante es cada paso del camino, no la meta final. En fin, aprovechemos el texto, para enriquecer nuestra vida interior, que incluye valorar nuestros recuerdos no con nostalgia ni melancolía, sino para aprender de ellos y mirar siempre hacia adelante. Muchas gracias
El tema de la inmediatez lo has tratado con muchas verdades. Me encanta como escribes, Alberto y me gusta mucho leerte… no dejes de publicar…un abrazoo
Siempre hay que vivir la vida, minuto a minuto, sin perder de vista el horizonte. Buena reflexión