Hay quien considera que se deben conceder 100 días de gracia a un nuevo gobierno, que transcurrido ese tiempo es cuando realmente se puede valorar qué traerá en el futuro esa gobernanza. Pero permítanme que en el caso que nos ocupa- el gobierno de España- no deje pasar un día más sin esbozar lo que se vislumbra en el horizonte, un futuro, por cierto, nada halagüeño. Y es que en estos escasos 80 días de gobierno de Pedro Sánchez hemos visto cómo se puede hacer implosionar un Estado con trámite parlamentario y sin ningún pudor.
Sólo han hecho falta unas semanas para ver cómo España ha entrado en una senda de difícil retorno, en la que se pierde por días la calidad democrática que sustenta el bien más preciado de una persona – la libertad-.
Según el filósofo francés Michel Foucault sobre la verdad, ésta no existe aislada de los sistemas de poder que la producen y mantienen. En relación con Friedrich Nietzsche quien sostenía que no hay hechos sino interpretaciones, Foucault añadía que, habiendo múltiples interpretaciones de los hechos, el poder se encarga de imponer su interpretación y totalizarla. A eso le llaman verdad. Y eso es justamente lo que están haciendo Pedro Sánchez y Puigdemont, con la colaboración necesaria de todos los socialistas en España que han decidido no levantar la voz contra la mayor ignominia cometida contra nuestro país en los últimos 50 años.
Y es que en estos escasos 80 días nos están tratando de convencer que en octubre de 2017 nadie convocó un referéndum ilegal para declarar la independencia de Cataluña, hecho éste inconstitucional. Nos están diciendo que no se declaró la independencia de Cataluña. Nos están diciendo que miles de personas no salieron a las calles, no hubo barricadas, ni violencia, ni explosivos, no hubo agresiones a policías y no hubo actos de odio constitutivos de delitos como quemar banderas de España o fotografías del Rey Felipe VI, jefe del estado u otras figuras de la política Nacional. Nos están diciendo que lo que sucedió no es lo que vimos hace poco más de 6 años. Lo que sucedió no es lo que vivimos. Nos dicen sin ningún pudor que los jueces se extralimitaron en sus funciones -la de aplicar la ley- y que son los políticos quienes tienen siempre la razón, que los jueces los persiguen por ser políticos, por sus ideas. Nos dicen que el terrorismo de los CDR ya no es terrorismo, o que es una suerte de terrorismo soft (suave) y que es mejor mirar hacia otro lado. Tratar de digerir tanta mentira resulta tan indignante como preocupante. Porque hoy es Cataluña, pero si es necesario que se amplíe esta suerte de reinterpretación de la historia y de las leyes, ¿alguien duda de que los terroristas saldrán de la cárcel? Y si mañana decide el gobierno de turno que la agresión sexual o los abusos a menores no deben penalizarse, ¿qué haremos los españoles? ¿Asumiremos la interpretación de los hechos que hace el poder como verdad? Personalmente, apuesto por la resistencia a la verdad impuesta. Ya que ésta no deja de ser una gran mentira que nos priva hasta de los recuerdos de la libertad de las experiencias vividas.
El boceto que se vislumbra en el horizonte es dantesco. Un país en el que los jueces están sometidos a la voluntad de los políticos. Un estado de Derecho que deja de serlo, en el que la seguridad jurídica dejará de ser un término que se explique en las facultades de Derecho. Un estado en el que los delitos se borren por interés del político de turno. Si la Ley de amnistía se consuma y Europa no nos salva, los españoles habremos perdido en poco más de 100 días nuestra democracia y nuestra libertad.





