Mañana sábado —si Dios quiere, la autoridad competente lo autoriza y el tiempo lo permite— iremos a la Real Plaza de Toros del Puerto de Santa María, que por algo posee palco regio, para ver los toros de Núñez del Cuvillo en las muñecas del portuense Daniel Crespo, Roca Rey y lo que le dé la real gana a José Antonio Morante Camacho, el de la Puebla de Río. Deseosos estamos de escuchar los limpios clarines que clarinean la tarde de verano.
Ahí, en su enorme ruedo, hemos visto a Ojeda y luego a José Tomás tratando de pulir las cosas del último revolucionario del toreo; a Curro Romero; a Ponce y a Jesuli de Torrecera indultar a un toro; a José Arroyo Joselito; o a Morante en solitario, pares de banderillas incluidos, vestido de grana y azabache.
La frase de Joselito está muy manida, pero es cierta como la vida misma, que “quien no ha visto toros en el Puerto, no sabe lo que es un día de toros”. Ya intuimos el ambiente alrededor de la plaza de Elías Ahuja, el ir y venir de aficionados, los puestos de pipas y bebidas en los alrededores, las banderas y los gallardetes al viento y… el soñar esta noche con lo que mañana nos pueda regalar el torero más grande del nuestro siglo.
La plaza de toros del Puerto de Santa María terminó de edificarse en 1880 —gracias a los escuerzos de la familia Bòhl de Faber, parientes de la escritora Fernán Caballero— y se abrió la puerta de cuadrillas por primera vez con una corrida de don Anastasio Martín y Saltillo lidiada por el sevillano Antonio Carmona El Gordito, inventor del par de banderillas al quiebro, y Rafael Molina Lagartijo, primer Califa del Toreo.
Aunque la afición a los toros en el Puerto es mucho anterior. Todo comenzó en la explanada de la Iglesia Mayor Prioral, donde se corrieron toros; luego en la plaza del Polvorista; y posteriormente tomó el relevo la Plaza de las Galeras —que allí se levantaba el oratorio para las gentes de galeras—, en la que se celebraron corridas en el siglo XVIII, justo al lado de donde atracaba el Vaporcito del Puerto —“cuando en ti me embarco, cuento en ti navego…”–. Y es que en lo que era el ejido de San Francisco se montaba también una plaza de toros, que allí fue donde, en 1771, un morlaco mató al torero portuense, y mulato, José Cándido, el que toreaba con las alas de un sombrero, el que usaba un puñal como estoque de matar. Fue la cosa que Cándido salió a hacerle un quite al banderillero Chiquilín y resbaló en un charco de sangre de un caballo y lo prendió “un toro de Bornos” de mala manera. La gente cantaba por la calle: “En er Puerto murió er Cándido, / y ayí remató su fin,/ le mató un toro de Bornos/ por librá a Chiquilín,/ y al otro día siguiente/ salieron toos los toreros/ vestíos de negro luto/ por la muerte e su maestro”. Años después, el señor Manuel Domínguez fue corneado por un toro de Concha y Sierra, vaciándole la cuenca del ojo derecho. Que, además, en tierras del Puerto se fundó la famosa ganadería de la Familia Gallardo, surtidor de sangre de los Pablo Romero o de los Miuras.
La plaza del Puerto huele a vinos con solera de Osborne, al ir y venir de la Flota de Indias en el siglo XVI, a excursiones del colegio de los poetas —el San Luis Gonzaga de los Jesuitas—, a solera de sus caldos y de cantes gitanos en la voz de Tomás El Nitri, primera llave de Oro del Cante.
En el ruedo portuense —el último en el que se lidiaron festejos a plaza partida— surgió el milagro el año 82, cuando Paco Ojeda —que tomó la alternativa en su ruedo, como también hizo José Luis Galloso, que así se llamó por la bodega que regentaba su padre— cortó las dos orejas y el rabo a Locare, el tercero de la noche en aquella corrida de los seis toros ensabanados de Osborne. Plaza donde se esperaba, cada verano, la larga cambiada en el tercio de Francisco Rivera Paquirri, que en bronce ha quedado cincelada para los restos en los aledaños de la misma.
Mañana seguiremos disfrutando de una tarde de toros en el Puerto con un cartel de campanillas: dos gallos de pelea en el redondel (Morante y Roca) y un matador que torea poco y al que le vendría de perlas un triunfo en su tierra. Todo ello aderezado con la casta y la elegancia de la embestida de los que pastan en las fincas de El Grullo y El Gallarín, en Vejer de la Frontera.
El catorce de agosto del año 2017 —¡Cómo pasa el tiempo!— estábamos en la misma plaza cuando Morante, en un mano a mano con El Juli, decidió retirarse por un tiempo de los toros. Y darse un respiro. Aquello lo contamos, en su momento, de esta manera:
“La tarde de ayer se convirtió en un carrusel de orejas —para la capacidad y las ganas de El Juli— y broncas —o divisiones de opiniones, que diría Rafael El Gallo: Unos en mi padre y otros en mi madre—. Ni un solo quite a toro ajeno. Ni un solo quite para el sobresaliente. Todo un sube y baja, un carrusel de capotes y muletas, de banderillas y varas de picar. Broncas y orejas. Reproches para el cigarrero y pañuelos al viento para el madrileño.
Al final, cuando el viento de Levante se llevaba, Guadalete abajo, la última bronca de la tarde, le pegábamos la última chupada al cigarro puro y lo dejábamos a medio fumar. José Antonio, a esa hora en la que el sol se pierde por la playa de la Puntilla, ya barruntaba en su indescifrable cabeza guardar los trastos en el esportón por un tiempo.
Antes de la media noche, la noticia se clavó hasta los gavilanes en las redes sociales y los charlatanes empezaron a criticar. Que si está gordo, que si esto ya se veía venir. Que si los toros que torea no dan la talla, que si está en la cara del toro sin estar. Maledicencias y mucha mala baba guardada en las viejas alacenas del rencor de demasiados. La hora de los enanos”.
Pero ahora es la horita buena de volver a navegar, de volver dejar volar las velas al viento de la bahía y de recuperar aquel puro que dejamos hace ocho años a medio fumar. Ahí lo tengo, junto al sombrero de ala flexible que me recuerda a Juan Belmonte y la ilusión de ver toros en el Puerto, como dijo Joselito.
Hoy, a soñar con los sueños. Y mañana… Dios dirá. Mientras, recitamos los versos del poeta Aquilino Duque:
“Me viera y o en tus carteles
una tarde marinera
haciendo con tu bandera
señas a mis timoneles.
Lejos de los redondeles
no sé qué sangre te espera,
ni qué torillos abantos
te acribillan a cornadas.
Plaza Real, coronada
de grimpolas y lepantos”.






