Hubo un tiempo en que los hombres sabios preocupados por la gobernación de la ciudad caminaban desnudos por las calles dentro de un tonel, desprovistos de todo para que nada les estorbara en alcanzar la máxima sabiduría. Hoy acuden al Congreso en camiseta sólo porque bajo la corbata y la chaqueta no les cabría tanta soberbia ni tanta insustancia como acumulan.
Dice la ministra Celaá que el objetivo primero de la ley apodada con el alias de su mismo nombre es la equidad, pero es el colmo que una señorita de Neguri, apacentada en los predios de la exclusividad racial y de clase pretenda impartir doctrina sobre semejante asunto.
La equidad a la que se refiere la ministra es tan vieja furcia como el comunismo, todas iguales en abrir las piernas a cambio de dinero, pero hasta para eso hay clases, que las hay más dignas y coherentes que su señoría.
No puede pretenderse profesora de jodiendas quien sólo ejerció la profesión de oídas y pasó toda su vida regalada entre algodones y mucamas bajo el franquismo, primero en el Sagrado Corazón y luego en colegios exclusivos de la apacible Irlanda.
Como la Pedagogía no es materia de Altos Hornos ni de fresadores, cierto día, con sus ojos pizpiretos, cayó de hinojos en la feria del poder que se rifaba entre los de la nueva y la vieja casta, del PSOE y el PNV, para ejercer de señorita Dior de los ascendidos jerifaltes.
Como las hijas de la Celáa no son suyas, sino del Estado, eligió para las nenas el colegio donde estudió Ana Botella, religioso, concertado, con riguroso uniforme y sólo para chicas, el de las Irlandesas de Lejona «Bienaventurada María», por cuyos altavoces sonaba cada mañana una oración piadosa que las reconciliara con la inequidad y con los pobres terrenales de este valle de lágrimas.
Pero las lágrimas vendrían más tarde… Primero fue jefa de gabinete del consejero de Educación José Ramón Recalde y luego viceconsejera del ramo con Fernando Buesa, al cual asesinó la banda terrorista ETA en febrero del año 2.000 mediante un coche-bomba.
Siete meses más tarde del vil asesinato, el primero de ellos padeció también los disparos a quemarropa de un sicario de la banda ordenado por esa bestia miserable que responde al alias de Txapote, el asesino material de Miguel Ángel Blanco, de Gregorio Ordóñez y de Fernando Múgica, que suma penas de 450 años de cárcel y al que su colega Marlaska ha sacado ahora de un módulo reducido por los pasteleos de Pedro Sánchez con la mafia terrorista a cambio de seguir usando el Falcon como secreto de Estado y de duplicar las transferencias presupuestarias a los del pater racista, ignominioso y tremebundo Sabino Arana.
Por cierto, que ese tal Txapote es pareja sentimental (imagínense los sentimientos de esa yunta) de Irantzu Gallastegui Sodupe, la alimaña que abordó al concejal del PP en Ermua.
Pero a Celáa, dice ella, le preocupa la equidad, entendida ésta como todos aprobados o todos muertos, que no hay cosa que nos iguale más que la parca, la incultura y la miseria, aunque la falta de igualdad se encuentre en el dolor de las víctimas de esa canallesca que segó la vida de algunos de sus mejores compañeros de partido a los que ella les sobrevivió tal vez por estar ungida y bendecida después de tanto rezos colegiales al Sagrado Corazón de Jesús.
Es digno de verse el lenguaje de la impostura con el que pretende la ministra enmascarar la inanidad de una ley que no aplica para ella ni para su familia, porque también sus nietas andan refugiadas en esa clase de colegios donde «las metodologías más activas y competenciales» y «transformar los espacios en hiperaulas interactivas, abiertas y diáfanas» les importan tres coj… porque se trata de aprobar las materias usuales y no de educarse a fondo en las zonas erógenas de tu compi ni en sustituir la Historia por las memorias emocionales de la abuela.
Mientras debatimos de toda esa excrecencia pedagogista de chamarileros zurdos, la Celáa se aplica en vigilar ese catastro en el que figura que un chalé de 10 habitaciones y 2.000 metros, un caserío con 11 hectáreas, una planta de 300 metros de un palacete a 100 mts de la playa y un porcentaje de un piso en Bilbao está valorado todo ello en menos de 200.000 euros (195.408,34 euros). Con ese modo de sumar propiedades y precios aprueban a cualquiera no en matemáticas, pero sí en el arte de birlibirloque, no hay duda.
Por cierto, ella tiene el nivel C-1 en lengua euskera. Yo no, señora ministra, pero sé que «tres cojones» se dice «hiru pilotak». Y golfa se escribe «putakumea»…, se lo juro, porque lo he buscado en Google.
He dicho.





