A raíz de la invasión rusa de Ucrania llevo días hablando con mi hijo Alejandro de la guerra. Él muestra una madurez y un patriotismo sin alharacas, que por una parte me emociona y admira y por otra me inquieta y preocupa.
La guerra muchas veces es inevitable y hasta necesaria. Si te agreden debes defenderte. Lo de la otra mejilla, esta bien como lectura beatífica que amolde nuestra agresividad innata pero en la práctica es el mejor camino para que te destruyan. Así que nada de otra mejilla. No recuerdo haberla puesto voluntariamente nunca, aunque alguna vez sí me la han partido.
Mientras existan matones, locos y asesinos la guerra, a veces, resultara inevitable y hasta necesaria, pero siempre es un fracaso y una desgracia. Incluso aún ganando. Antes lo intuía por mis lecturas, pero viví mas de un año la guerra de Angola y creo que nadie que haya sufrido una guerra es capaz de encontrar en ella nada de épica, a pesar de que también en la guerra descubres lo mejor del hombre. Con la guerra pasa igual que con las peleas: una cosa es la coreografía que nos muestra el cine desde su invención y otra bien distinta el barullo atolondrado, torpe y sucio de las peleas tumultuarias de verdad, las que no se ensayan mil veces para esquivar el puño, las que matan a un hombre con un mal golpe en la nuez o te arrancan la lengua o un ojo sin apenas ser consciente de cuando ocurrió. Las peleas de verdad son torpes, caóticas y con resultados inesperadas, más o menos como las guerras de verdad.
Los jóvenes – con esa mochila rebosante de vida e idealismo – son incapaces de imaginar lo rápido que se muere en combate. Ellos creen que van a luchar contra alguien, pero el enemigo moderno no suele manifestarse. Simplemente te mata a distancia, sin darte opción a verle el rostro, a menudo embozado detrás de una pantalla o un monitor. El cine y las redes sociales embellecen la guerra, maquillando sus pústulas purulentas, pero cuando has olido la carne pútrida de diez cadáveres apilados en una cuneta, ya no eres capaz de olvidar ese instante. Y entonces es cuando sabes que cada uno de ellos – a pesar de las moscas y del hedor emanado de sus vientres hinchados – era hijo, padre, esposo, novio, amigo o hermano de alguien… Cada uno de esos fragmentos consumidos de vida amó y fue amado y una mañana cogió sus armas y se fue a combatir por lo que creía justo y otros consideraban criminal. Y entonces la explosión, la ráfaga distante y muda, la nube ardiente que te funde y comprime en segundos mientras el dolor intenso te impulsa a ponerte en esa posición fetal que te vio nacer y te verá morir. Y si la muerte no es instantánea quizás tengas tiempo de llamar en tu auxilio a tu madre muerta o de imaginar el rostro triste de tus hijos y añadir, durante unos milisegundos, a tu dolor físico el sufrimiento de su orfandad.
Nada de eso pasa por la cabeza de quienes marchan a combatir. Y supongo que está bien que así sea, pues cuando la guerra debe ganarse este tipo de elucubraciones no son buenas para la moral de combate. En realidad la virtud de la valentía, desde la clásica definición de Aristóteles, supone ser plenamente consciente del peligro que se afronta y, aun así, estar dispuesto a asumir el riesgo por una idea superior. Y esa idea es la libertad, la tuya y la de los tuyos. Y esa libertad – más perfecta o perfectible – se garantiza en una nación y bajo una bandera. Y por eso luchan los ucranianos, y por eso cuando mi hijo Alejandro me aseguró que el se alistaría – sin ninguna duda – para defender su país, me sentí orgulloso de él y al mismo tiempo sentí el miedo egoísta de cualquier padre que quiere ser enterrado por sus hijos, no sepultarlos a ellos. La ambivalencia de la guerra: miedo y orgullo. Miedo a perderlo y orgullo de tenerlo.
Y entonces Alejandro me preguntó si yo a mis 57 años me alistaría para defender mi país (en Ucrania las levas son hasta los 60) y yo le dije que me alistaría para defenderle a él y a su hermano, y a nuestra casa y también el cementerio en donde descansan mis padres. Y entonces Alejandro me dijo – con esa increíble madurez de sus 14 años – que el agregado de todo eso por lo que yo lucharía es lo que conocemos como patria. Y entonces recordé el pasaje de Galdós en «Trafalgar» cuando Gabriel Araceli reflexiona antes de la batalla por qué razón va a combatir:
«Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el rey y su célebre ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.
Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándole, y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.
Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión; y, como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era padrenuestro ni avemaría, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.»
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