Si hacemos caso de las apocalípticas alarmas con que últimamente nos atemorizan por tierra, mar y aire, vivimos de milagro. Tras el excesivo confinamiento global al que nos sometieron por la pandemia del Covid y quedar patente la generosísima docilidad de la ciudadanía mundial cuando se invocan graves motivos sanitarios, se inauguró una nueva era de posibles alertas universales alentadas por quienes dicen actuar para nuestra salud y la del planeta.
Sin embargo, el daño que ese duro confinamiento causó a las personas, a las relaciones humanas y a la economía en general (con excepción de los sinvergüenzas que siempre se lucran con cualquier desgracia), permite albergar serias dudas acerca del turbio interés que existiría por mantenernos en un continuo estado de alarma, abonando incluso la sospecha de supuestas conspiraciones que mediante el terror a nuevas pandemias perseguirían alcanzar profundos cambios de ingeniería social en nuestros modos y formas de vida.
Actualmente asistimos, además de a la sempiterna alerta del cambio climático, a algunas señales de alarma sanitaria que al menos por ahora no son de ámbito planetario, pero cuya exotismo sirve para mantenernos en tensión; como la gripe del mono, el virus del Nilo y el de la lengua azul del ganado, mutaciones de la gripe aviar, etc. Y eso sin descartar posibles rebrotes del Covid y de graves enfermedades del pasado.
¿Dispondremos de resortes suficientes de libertad, racionabilidad y resistencia para evitar que nos manipulen con los miedos que tan fácilmente nos inoculan y difunden?





