En Sevilla, año 2036, se come divinamente. Sobre todo, si uno viene de Milwaukee y no sabe cómo se comía aquí antes.
Hemos alcanzado la excelencia: desapareció la cocina sevillana y sobrevivió la palabra «auténtico». La ponen hasta en las servilletas, que vienen de China y son, claro está, de papel.
Empezamos en La Nonna de San Lorenzo, casa referente de la típica pizza sevillana. Lleva burrata, pistacho y azahar comestible. El azahar antes anunciaba la primavera; ahora anuncia diecinueve euros más IVA. Pregunto por las espinacas con garbanzos. El camarero consulta la tableta y me recomienda borrar las cookies.
Seguimos hasta Triana Holy Smash. Su hamburguesa andaluza consiste en aplastar una vaca australiana entre dos panes japoneses. Lo andaluz debe de ser la licencia de apertura. Las patatas vienen en una macetita, homenaje al patio sevillano. Mi abuela también tenía macetas, pero procuraba no freír nada dentro.
Hacemos brunch en El Compás del Aguacate. Antes desayunaban allí los albañiles; ahora una muchacha de Copenhague fotografía unos huevos benedictinos sobre pan de masa madre para su instagram. La madre de la masa aun la buscamos como Marco a la suya.
Almorzamos en Carbonara del Salvador, templo de los espaguetis clásicos hispalenses. La receta pasó de generación en generación desde que abrió, en febrero. Su abuelo aparece retratado en la pared: es el mismo del anuncio de Volkswagen.
En Sushi de Pasión sirven makis de toda la vida. De toda la vida del franquiciado. Y en Ceviche del Baratillo probamos la tapa típica sevillana de pescado crudo con leche de tigre. Del cazón en adobo sólo queda el vinagre con el que se nos pone en el carácter.
Para beber, Coca-Cola Zero. El vino no es «healthy». La sangría llega con una bengala. Sólo falta que salga bajo palio.
Terminamos en Paellas del Gran Poder. El arroz es atroz pero el público del B&B lo disfruta y lleva chorizo y mejillones; la cuenta, penitencia. Un cartel garantiza «cocina local». Lo dirá por el local que tiene trescientos metros cuadrados y dieciséis apartamentos turísticos encima.
Romero Murube escribió de los cielos que perdimos. Nosotros podríamos escribir de los pucheros, si no quedara una mesa sin una experiencia para foodies.
Perdimos las pavías, el menudo, la cuenta a tiza y al hombre que sabía cómo nos gustaba el café. Su bar tiene ahora cerradura electrónica.
Al salir, un turista pregunta dónde comen los sevillanos. Le señalo una ventana encendida, en un tercero sin ascensor. Allí una mujer está poniendo unas papas con costillas.
Todavía queda Sevilla. Pero hay que conocer a un indígena sevillano y que te convide a su casa, como en la feria. Pero hablen bajito: no vaya a enterarse un fondo de inversión y nos franquicie las cocinas maternas también…





