Entramos en el otoño meteorológico, pero nadie lo diría a la vista de las estivales temperaturas que estamos padeciendo, tanto de día como de noche, que nos hacen dejar para más adelante el cambio de los armarios, porque aún nos apañamos con la ropa de verano. No obstante, comienza un tiempo propicio, siempre que se pueda, para una escapada de varios días a lugares tranquilos, sin la bulla propia de julio o agosto, en unos meses donde, sobre todo, las actividades escolares y extraescolares hacen difícil para la mayoría apartarse de las obligaciones cotidianas. Es por ello que quiero proponerles un pequeño viaje para desconectar, si es factible, y compartir con ustedes una reciente experiencia que viene al caso.
La Ruta de la Plata, esa autovía que une desde tiempos de los romanos Andalucía con Asturias, está llena de encantos desconocidos para muchos. Tras un desayuno en Monesterio con jamón o chacina de la tierra, o bien unos churros (calentitos o jeringos) en Santa Olalla de Cala, visitamos las bodegas de Valdealto en Mérida. Badajoz ha dejado de ser solo la tierra del vino de Pitarra, y jóvenes bodegueros están dando realce a los caldos de la comarca, en este caso tinto, blanco y rosado, que degustamos con agrado y cierta sorpresa.
El almuerzo lo hicimos en Coria de Cáceres, donde se puede elegir entre caldereta de cordero, pescado de río, migas o el típico zorongollo, entre otros. A eso de media tarde llegamos a Ciudad Rodrigo, Salamanca, a 83 km, atravesando la sierra de Gata por el antiguo sendero de la calzada romana llamada Vía Dalmacia, que unía Extremadura con Castilla León, viendo a lo lejos la sierra de Francia, carretera con un firme y una señalización que ya quisiéramos muchos para algunas vías de Andalucía.
Sin duda su mejor monumento es la catedral de Santa María, y allí Estefanía, nuestra guía local, nos ilustró sobre el arte, la arquitectura (estilo románico transición al gótico) y la Historia (construida entre los siglos XII y XIV) del que nos llamó la atención sobre todo su Puerta del Perdón, que nos recordó el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela.
Al día siguiente nos adentramos en Portugal hasta llegar a Almeida, famosa por su fortaleza de planta hexagonal con seis baluartes y otros tantos revellines (obras de fortificación exterior de forma triangular que se sitúan para proteger sus muros y dividir al enemigo) rodeados de un foso que nos recordaba al que hay en la calle Palos de la Frontera de Sevilla, y que servía, además de dispositivo de defensa, para el drenaje del interior de la fortaleza. Las distintas salas de su museo militar nos muestran la evolución de las armas utilizadas a lo largo de la Historia. Es una de las cuatro fortalezas abaluartadas que Portugal mantuvo en la Raya o frontera entre los dos países de la península ibérica, además de Valença (al norte), Marvao y Elvas (más al sur).
De allí partimos hacia Castelo Rodrigo, pequeña población que ganó el primer premio como mejor pueblo turístico para la Organización Mundial de Turismo en 2021, con sus peleurinhos, columnas de piedra situadas en un lugar bien visible de la población, donde se ajusticiaba a los delincuentes. Al estar situada en una elevación del terreno, se podían ver a lo lejos los Arribes del Duero.
Desde allí nos fuimos a almorzar a Figueira do Castelo Mendo, donde nos sirvieron la tradicional cataplana de pescado y marisco cocinados al vapor con vino blanco, servida en el mismo recipiente especial de cobre donde se elabora.
Castelo Mendo fue el siguiente destino, buen lugar para estirar las piernas por senderos rurales que nos condujeron a restos de antiguos templos, y también para comprar productos elaborados artesanalmente como aceite, licor o miel.
Al día siguiente visitamos Guarda, la ciudad más alta de la península tras Ávila, también llamada la villa de las cuatro efes: fría, farta (harta), fiel y fermosa, famosa por su barrio judío, la historia de la Plaza Mayor con sus cruces de Malta, y el encanto de su catedral de 1531.
Sin solución de continuidad nos dirigimos a San Felices de los Gallegos, en el Parque Natural de los Arribes, declarado conjunto histórico – artístico, premio Europa Nostra en 2020 y también pueblo más bonito de Castilla León: museo del aceite, museo de los cantones, iglesia mayor, el castillo… todo ello explicado por Daniel, guía autóctono, con el entusiasmo de quien está enamorado de lo que transmite.
El cuarto día lo dedicamos a pasear por Ciudad Rodrigo, rodeando la muralla por su Puerta del Conde, la Puerta del Sol, la torre de los Chaves, el palacio de los Águila (históricamente, la familia más poderosa de la villa), la puerta de Santiago con vistas al río Águeda, la bella oficina de correos con sus azulejos y sus techos de madera, la plaza del Buen Alcalde, y, por último, el ayuntamiento en la Plaza Mayor, con sus cañones, justo el día en que empezaba la Feria medieval de la localidad.
De vuelta a Sevilla merece la pena detenerse en Galisteo (Cáceres), que nos recibió con un fuerte viento. Impresiona contemplar la muralla de cantos rodados (piedras redondeadas) extraídos directamente del lecho del río Jerte, trabados con un mortero de gran dureza y sus cuatro puertas: la del Rey, la de la Villa, la de Santa María y la del Castillo; la torre de la Picota, auténtico símbolo de la villa, y, finalmente, la iglesia de la Asunción, con su magnífico ábside mudéjar.
Resultaba casi obligado almorzar en Casa Claudio de Casar de Cáceres, donde compramos la famosa torta de queso de la localidad y, por fin, vuelta a Sevilla: cuatro días tres noches inolvidables, que les recomiendo hacer a todos ustedes. Ahora es el mejor momento.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com








