Manuel Chaves Nogales perteneció a una estirpe de hombres cada vez más raros, en este tiempo que malvivimos. Él pertenece a aquellos que prefieren la incomodidad de pensar por sí mismos al confortable abrigo de una bandera. Sevillano, periodista, escritor y testigo privilegiado de una Europa que se precipitaba hacia el abismo, hizo de la libertad de criterio no una consigna, sino una forma de vida.
Su obra es el retrato de un tiempo enloquecido y, al mismo tiempo, una lección de lucidez para todos los tiempos. Desde Juan Belmonte, matador de toros, donde la biografía se convierte en literatura de primer orden, hasta A sangre y fuego, su mirada supo penetrar en las contradicciones humanas sin dejarse seducir por los relatos tranquilizadores. Conoció la violencia de los extremismos y comprendió que ninguna causa, por grandilocuente que se presente, concede licencia para envilecer al hombre.
Chaves Nogales no se casó con nadie. Con ninguna idea que no fuera la libertad. Jamás enarboló ninguna bandera ni gastó carnet de partido político. Y esa fue, acaso, su mayor forma de fidelidad: permanecer leal a su conciencia cuando tantos exigían adhesiones incondicionales. Republicano y liberal, rechazó tanto la brutalidad fascista como la barbarie republicana. No confundió la moderación con la cobardía, ni la independencia con la equidistancia. Supo distinguir entre comprender y justificar, entre juzgar y condenar a ciegas. Cuando la pasión colectiva reclamaba consignas, él prefirió el análisis; cuando las lenguas se calentaban, mantuvo fría la inteligencia.
Por eso representa como pocos a esa llamada Tercera España, la de quienes no aceptaron —ni aceptamos— que el país tuviera —y tenga— que dividirse entre verdugos y cómplices, entre fieles y enemigos. Una España posible, desarmada de fanatismos, consciente de sus errores y capaz de mirar al adversario sin renunciar a sus convicciones.
El exilio lo apartó de su tierra, pero no consiguió arrebatarle su independencia. Murió en Londres, lejos de la España que había amado y diseccionado con rigor.
Hoy, cuando el ruido pretende sustituir al pensamiento y la descalificación al argumento, Chaves Nogales vuelve a ser necesario. No para darnos la razón, sino para recordarnos algo más difícil. Y es que la libertad comienza cuando uno se niega a entregar su juicio al primero que pase por la calle cantando las mentiras de siempre.





