El Partido Popular sigue con su sibilina táctica de crear mitos ficticios con los cuales enarbolar proyectos políticos tan partidistas como falsos desde su raíz. El principal de tales mitos es la consideración de que existe un “pueblo andaluz” unitario e identitario, cuya obvia consistencia metafísica justifica ese inmenso, carísimo e innecesario chiringuito denominado “Junta de Andalucía”. Desde 1978, cuando se creó el Ente preautonómico, este no ha sido más que un gigantesco tinglado que pagamos y seguimos pagando entre todos, hasta el punto de ser deficitario, con una deuda acumulada que no para de crecer y que pagarán nuestros hijos. Lo de los resultados prácticos, al parecer, es lo que menos les interesa a los partidos del establishment oficial.
La figura patética de Blas Infante, fusilado por las tropas franquistas en aquel apocalipsis de locura que invadió a los españoles en 1936, ha sido el principal inspirador de un proyecto, que en el fondo es antiespañol, porque presenta la historia de España como una monumental opresión centralista y vampírica contra Andalucía. Recuerden lo de los “siglos de guerra”, como resume el himno regional la historia de nuestro país en los últimos cinco siglos.
Convertir a un iluminado radical ultraizquierdista, que vivía entre ensoñaciones medievales e islamófilas, como fue Don Blas, en “Padre de la Patria Andaluza” no fue difícil para la izquierda española, cuya deriva actual demuestra para quien tuviera dudas su carácter netamente hispanófobo, además de sectario, ampliamente demostrado durante toda su existencia. Lo que resulta incomprensible es que el Partido Popular, que dice ser una formación de “centro reformista”, opuesta a la izquierda, se haya tragado el sapo de la genialidad blasinfantista por el mero hecho de haber muerto como murió, de una forma ignominiosa que nosotros condenamos en todo caso. Solo se me ocurren dos motivos que justifiquen esta extraña pirueta ideológica: o bien se trata de un analfabetismo angelical y cándido, incapaz de reconocer que lo que escribió Infante es del todo incompatible con lo que dice el programa del Partido Popular; o bien estamos ante una carencia de escrúpulos verdaderamente cínica, que considera que cualquier trola, si se camufla bien, puede venderse como un recurso exitoso, porque nadie “se va a dar cuenta”. No son opciones incompatibles según quién sea el barón de que se trate, sea este Arenas, Bendodo o Moreno. Y lo que te rondaré, Monero.
Hoy, en 2024, tenemos ya la suficiente perspectiva histórica para saber algo que ya era evidente en 1978, pero que con la ilusión del “cambio” muchos se negaron a ver. A saber: que si se quería dar “café para todos” se tenía que haber dado el mismo y en idéntica dosis, y no crear españoles de primera y españoles de segunda con el inicuo y discriminatorio sistema de dos autonomías diferentes: la del 151 para las comunidades “fetén” y la del 143 para la “gentucilla” del régimen común. Porque aquella matraca de los fueros, los derechos históricos y el haber tenido instituciones propias durante la infausta II República no debería ser motivo de privilegio para ninguna región de España en detrimento de las otras. Aunque a muchos les parezca otra cosa, ni Cataluña ni el País Vasco son más que Extremadura o Canarias por gozar de una lengua vernácula o por tener un folclore especial. Pero es que, para colmo, Andalucía no reunía las condiciones para acceder a la autonomía por el artículo 151, según los requisitos que ellos mismos acababan de redactar en la Constitución. Los mismos que cometieron la fechoría de establecer un sistema privilegiado de acceso a la autonomía con ciertas condiciones, se las saltaron a la torera cuando se dieron cuenta de lo “rentable” que era la emotividad andalucista. Que le pregunten a Escuredo. En vez de denunciar los privilegios que exigían catalanistas y vasquistas de pretender ser más que nadie, nos metieron a los andaluces en la carrera de homologarnos con ellos, como si tal pretensión fuera el desiderátum máximo de aquello a lo que debe aspirar una región española.
Ahora, casi cincuenta años después, tenemos a Cataluña al borde de la secesión, con la complacencia activa de los socialistas y de todo el rojerío de ultraizquierda, valga la redundancia. Y en Andalucía tenemos Estatuto, Parlamento, Gobierno, Tribunal Superior de Justicia, funcionarios para parar trenes, administración paralela, en definitiva, autonomía de primera. ¡Qué ilusión! Los murcianos y los manchegos nos envidian por nuestro singular régimen de pedigrí especial. La pregunta es: ¿se ha convertido Andalucía en una comunidad pujante y próspera, o seguimos como estábamos en términos comparativos con la media española en 1977? ¿Es España hoy más viable tras haber “acercado la administración al pueblo”, como se nos dijo que haría el sistema autonómico?
Don Manuel Clavero, hombre ejemplar en muchos sentidos, fue uno de los que más contribuyó a normalizar estos disparates tan gravosos para nuestros bolsillos, tan lucrativos para los de los políticos y tan poco ventajoso para Andalucía. Por obra y gracia de su encumbramiento retrospectivo, todo aquel que rechazara la operación mentirosa y fullera de reclamar “autonomía de primera” para esta tierra se convirtió en un facha “reaccionario y antiandaluz”, como es este que les escribe. Clavero fue un hombre de talento que cometió el tremendo error (basado en una gran ignorancia de la historia de España) de creer que los partidos que él fundó (el PSLA y luego UA) podían ser el PNV o la Convergencia en Andalucía, tomando a esas formaciones como partidos sólidos y “de derechas”, sin advertir que ambas organizaciones, por más que en sus orígenes se jactaran de sus valores tradicionales, representaban sus respectivas burguesías peseteras y xenófobas nacidas del cóctel explosivo formado por una industrialización desordenada a finales del XIX, las derrotas carlistas y el espíritu deprimido y casi histérico del desastre de Cuba en 1898. Absolutamente nada que ver con la burguesía andaluza ni de la época de la República ni la de la Transición.
Clavero fue de los que contribuyeron a dinamitar la UCD, haciendo peligrar el proyecto común, y a generalizar la idea de que la gente de derechas tenía que ser tan autonomista como los que llevan ya más de un siglo deconstruyendo nuestra patria. No tiene, pues, nada de extraño que fracasara en su proyecto político y acabara yéndose a su casa. Y tampoco tiene nada de extraño que el Partido Popular de Don Juanma haya desempolvado su figura declarándolo “Padre de la Andalucía Moderna” y colocándole otro busto en ese panteón de andaluces fracasados en que se está convirtiendo el Hospital de las Cinco Llagas. El PSOE y la izquierda, con su sectarismo habitual, ni siquiera reconocen el inmenso mérito que tuvo Clavero -en su perspectiva- de dar plausibilidad al disparate autonómico que guía nuestros pasos. Mientras la “derechita” le da la razón en todo a la izquierda (en la medida en que pretende heredar el cotarro blasinfantista), la izquierda sigue en su convicción de que el andalucismo es patrimonio propio, que tiene que ser de extrema izquierda, porque si no, no vale.
Hay un refrán castellano que no tiene vigencia en esta tierra andaluza. Aquí comprobamos de hecho cómo los embustes tienen las patas muy, muy largas. Y nos acordamos de la amarga frase de Jean François Revel: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.





