Pues claro que yo, y tantos como yo, estamos de acuerdo en proteger las diferentes lenguas que se hablan en España, pues son trazos de nuestra Historia y forman parte de la riqueza muy diversa de nuestra patria.
Por supuesto que yo, y muchos más conmigo, estamos a favor de la igualdad de derechos y deberes sin distinción de sexo o de otra condición que se apareje al hecho mismo de la natural diferencia.
Ni que decir tiene que yo, como la práctica totalidad de mis compatriotas, estamos de acuerdo en que no exista discriminación en razón del sexo que practique legítimamente cada cual. Y así podríamos seguir enumerando esa larga lista de agravios impostados y mentirosos.
Pero dicho todo eso y por no alargar la lista de estúpidas e innecesarias aclaraciones, hay que apuntar que mi desacuerdo y el de tanta otra gente es el de que ninguno de esos asuntos puede ni debe ser convertido en un arma arrojadiza y de confrontación contra quienes lo defendemos, acusándonos encima y haciéndonos aparecer como responsables de alguna clase de acoso o de rechazo inexistente por parte de los que utilizan esas y otras cuestiones como cachiporras destinadas a infligirnos un castigo por completo inmerecido que nos pretende presentar como esencialistas intransigentes de algo que no somos ni hemos sido nunca.
Que los radicales yihadistas de tales causas manipulen los discursos y se presenten como ofendiditos para enarbolar otros intereses más o menos ocultos no nos convierte al resto en agresores de nada ni de nadie, siendo como somos la amplia mayoría civil que no siente la menor inquietud por el hecho de que los habitantes de una región deseen expresarse en alguna lengua vernácula o prefieran bailar la jota o una muñeira mejor que un aurresku, un fandango o una sardana, o viceversa. Muy al contrario, a la inmensa mayoría nos encanta esa diversidad que nos permite disfrutar de la rica variedad disponible, desde la gastronomía y el paisaje a las costumbres y los modos de expresión, en un mediano territorio llamado España.
Lo que deploramos todos y nos tienen hasta las narices es que todas esas inagotables minorías empleen sus matices como armas de guerra para buscar enfrentamientos falsificados y para colocarnos en el lado que no nos corresponde, presentándose ellos mismos como víctimas cuando son verdugos, o simples profesionales de la provocación y del supremacismo salvaje, que prefieren ignorar la alícuota orgullosa propiedad que nos atribuimos los españoles todos de cada singularidad de nuestro suelo.
Sus debates son de mentira porque se los inventan y de lo que estamos casi todos hasta el moño es de la persistente matraca que nos endilgan a los demás en su deseo de imponernos un papel falso hasta el hartazgo.
Son los nacionalistas, el feminismo radical y los heterofóbicos, entre otros muchos grupúsculos, los verdaderos fascistas excluyentes que desean apropiarse de banderas no sólo para exhibirse o acrecentar su solidaridad de grupo (que en realidad no es tal, no existe) sino para tratar de afirmarse frente a nosotros usurpándonos la posibilidad de amar y respetar lo que sentimos pacíficamente nuestro, sin necesidad de guerrear con nadie, que es lo que verdaderamente desean: confrontarnos y esquilmar nuestra buena fe y nuestro tolerante interés compartido por aquello que consideramos tan nuestro y que nos es tan propio desde siempre.
No agredimos ni perseguimos a nadie; no consideramos todos esos bienes heredados propiedad exclusiva o excluyente de unos o de otros; se trata de un patrimonio común que no pueden arrebatarnos por más que escupan por el colmillo o que logren, con chantajes a los cobardes de un gobierno de sátrapas, obtener privilegios y ventajas que nos empobrecen al resto.
Estamos hartos de ellos y de este gobierno de tramposos y de traidores a la igualdad ante la ley que se perpetúa en el poder a costa de un desastre ruinoso para España y los españoles. Sus cómplices no son los menguantes votantes que les quedan, sino quienes se rinden y se pliegan cada día para dejarlo todo tal cual va… Hola, Feijóos de la vida, sois la fiebre de toda esa peste.
He dicho.





