El Ayuntamiento de Sevilla no tiene límites a la hora de imponer todo tipo de absurdas normas para ir convirtiendo la feria en un parque temático. El virus chino le vino de perlas al Ayuntamiento para ir limitando la libertad de quienes costean la feria, que son los sevillanos los que montan casetas y los que acuden a ellas invitados o previo pago de talonarios de tiques para consumiciones, que de todo hay en el festejo que se organizaba para que unos se dejaran ver y otros los vieran. Digo que se organizaba porque ahora, cosas de la democratización y de la modernidad, la mona no la pintan unos pocos sino muchos en comandita y de esos muchos algunos se llevan años y años esperando que el Ayuntamiento les conceda el sitio para una caseta en cuyo montaje van a poner todo su empeño hasta entramparse por lograr su sitio en la feria, es como decir su sitio en la ciudad.
¿Qué sería del sevillano sin su capirote y su cirio y sin su caseta para fardar con los amigos? Ya se lo digo yo, nada de nada. Esto el Ayuntamiento lo sabe y así aprieta las tuercas de las normativas un poco más cada año, apretando, apretando va logrando convertir la Feria de Abril en un parque temático de ocho días de duración, con horario de cierre y unas normas draconianas en cuanto al aforo y el funcionamiento de los ambigús de las casetas, que más parece que vayan a convertirlos en gastro-bares.
Quien lea esto pensará que crítico la Feria. Nada más lejos de mi intención, crítico el afán del Ayuntamiento por cargársela y el silencio de muchos sevillanos ante ese afán. Da la casualidad de que soy sevillana, del Prado de San Sebastián – el año que nací la Calle del Infierno estaba delante de nuestras ventanas – y he disfrutado de cuarenta y nueve Ferias, diecinueve de ellas en el Prado y treinta en los Remedios. La Feria siempre me gustó, pero desde finales del siglo pasado se ha ido transformando de Feria de Abril a pasarela del mal gusto, de ese mal gusto que lo va envolviendo todo, desde los diseños de los trajes de flamenca – lo de los trajes merece un capítulo aparte – a los modos, las formas e incluso hasta la bebida que ha pasado del fino o la manzanilla al dulzón rebujito creador de borracheras sin gracia y vomitonas callejeras.
Resumiendo, el Ayuntamiento haría bien en preservar una vuelta a los modos que la Feria tuvo y que duraron hasta hace cincuenta años cuando la Feria pasó del Prado a los Remedios. Comprendo que eso es difícil pero se puede conseguir dictando unas normas contra el gamberrismo de vomiteras y volviendo a la Feria de cinco días y medio de duración. Lo de una Feria de domingo a domingo es brutal, algo sin compás, cansino y carísimo para los bolsillos de los sevillanos feriantes, con caseta o sin ella. Si a una Feria larguísima le añadimos las nuevas normas pos virus chino dictadas para conseguir el reseteo político de la nueva era de la anormalidad, pues apaga y vámonos antes de que el Ayuntamiento impida que un socio de caseta guise para los amigos – esto puede pasar este año – y cobre la entrada al real.
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