El artículo recientemente publicado en el diario El Debate por el expresidente Rajoy se ha convertido en uno más de los múltiples pretextos del gobierno para desviar la atención de sus estratosféricos niveles de corrupción, absolutamente insólitos en democracia.
Se ha llegado a equiparar a Rajoy con Jean-Marie Le Pen, el patriarca de la extrema-derecha gala que incluso llegó a mostrar simpatías hacia el nazismo, y que en su día llegó a lamentar que en la Selección francesa hubiese demasiados futbolistas negros.
Ante un Ejecutivo con nula credibilidad por sus infinitas mentiras para mantenerse en el poder a cualquier precio, lo lógico es leer el artículo de Rajoy para que cada cual pueda sacar sus propias conclusiones. Una vez hecho ese ejercicio, se puede constatar, como ha dicho recientemente Borja Sémper, que dicho escrito, incluidas las declaraciones señaladas, son puramente sarcástica, y para respaldar esta conclusión basta con reproducir parte del contenido del mismo. No cabe interpretar de otro modo, viniendo, sobre todo, de una persona tan irónica como el expresidente las siguientes aseveraciones:
“Les hemos devuelto la pelota. Yo me alegro doblemente. En primer lugar, porque soy español y también porque a los jugadores belgas se les conoce como los Diablos Rojos y a mí no me gustan ni los diablos, ni los rojos, salvo la excepción que confirma la regla general, que es la camiseta de España”.
“¿Qué debe hacer la selección española? En este escenario no pienso contestar a semejante interrogante, no vaya ser que me hagan caso y luego las cosas no salgan bien. Está el patio como para asomar la cabeza”.
Dentro de este tono humorístico, Rajoy ha dicho que Francia tiene una gran Selección, aunque sus jugadores no sean franceses.
El Ejecutivo de Sánchez ha llegado a decir que el predecesor de Feijóo como líder del PP avergüenza a España. No obstante, los hechos denotan que no es él sino otro expresidente, para más señas socialista, quien arrastra el nombre de nuestro país en el mundo, pues Zapatero ha ocupado portadas internacionales al convertirse en el primer presidente del gobierno investigado judicialmente por corrupción, acusado de múltiples como de graves delitos: blanqueo de capitales, falsedad documental, tráfico de influencias, pertenencia a organización criminal, delito fiscal y contrabando.
Como nota adicional, en el marco de sus investigaciones, tanto la UDEF como la Fiscalía Anticorrupción, han señalado que Zapatero utilizó a la aerolínea Plus Ultra para introducir dinero ilícito procedente del contrabando de oro venezolano y la malversación de ayudas sociales. En definitiva, el referente moral del sanchismo (cuyo gobierno fue señalado, junto al actual, por el propio Sánchez, como el más honrado de la democracia), se lucraba a costa de blanquear a una dictadura que ha condenado al país más próspero de Latinoamérica a la más absoluta miseria, llegando a presionar a los presos políticos venezolanos para que no denunciaran, actuando como lo que era: un agente al servicio de la más abyecta dictadura.
Es evidente que Rajoy no buscaba generar ningún debate ni reacción, ya que siempre se ha caracterizado por un perfil bajo, pues no es sólo un hombre moderado sino acomplejado y genuflexo a la izquierda, algo de lo que públicamente se vanagloria para irritación de su propia base electoral. Valgan dos botones de muestra: su negativa a derogar la Ley del Aborto de Zapatero pese a comprometerse a ello en su programa electoral, así como la Ley de Memoria Histórica, alegando que en lugar de suprimirla (que, a su juicio, habría generado un revuelo), se limitó a no dotarla económicamente, lo cual permitió a la izquierda cambiar los nombres de calles de los integrantes de uno de los bandos de la guerra, a la par que se mantenían los de criminales de los del otro como Carrillo, Companys, Largo Caballero y La Pasionaria.
Se ha llegado a decir que las declaraciones del expresidente han ocasionado una crisis diplomática con Francia, donde el primer ministro del Ejecutivo de Macron lo ha llegado a acusar de “racista”. Ante esto caben hacer dos aseveraciones:
En primer lugar, quien ha generado intencionadamente una crisis diplomática es el actual gobierno, choque que se produjo con Argentina cuando Milei dijo que la esposa del presidente del gobierno estaba corrupta, algo que hizo sin citar nombres. Ante ello, el Ejecutivo social-comunista lo consideró un ataque a la Nación y a la democracia, llegando un ministro como Óscar Puente a tachar de “drogadicto” al presidente argentino en sus redes sociales. Es curioso que no sucediese lo mismo cuando Meloni llegó al gobierno, ya que previamente Sánchez la había tildado de “fascista”.
No obstante, nada tuvo que decir cuando López Obrador exigió a España que se disculpase por la conquista de México, o cuando el primer ministro marroquí manifestó que Ceuta y Melilla les pertenecía, llegando a recibir al propio Sánchez en su visita a Marruecos con la bandera de España al revés, una humillación deliberada que se utiliza como símbolo de rendición.
Es curioso como Sánchez, que trata de presentarse (en perjuicio de los intereses de España) como el baluarte anti-Trump, guarde tantas semejanzas con el magnate neoyorquino que actualmente ocupa el Despacho Oval, ya que ambos se caracterizan por un fuerte narcicismo propio de los dictadores, que les lleva a identificar sus intereses con los de la propia Nación. Sólo dentro de esta lógica se entienden los ataques de Sánchez a los jueces y periodistas que investigan la corrupción de su partido y su entorno más próximo, tachándolos como “fachosfera” y hablando abiertamente de amordazarlos por la vía legislativa, pretendiendo volver al Carné de Periodista del Franquismo, de igual modo que ha manifestado un cada vez menos disimulado desprecio al Parlamento, diciendo que gobernaría con o sin su apoyo, siendo aplaudido por su propia bancada y riéndose cuando ha perdido el apoyo de la mayoría de la Cámara, que ha aprobado una moción para que se someta a una cuestión de confianza y convoque elecciones anticipadas.
En segundo lugar, resulta paradójico que el gobierno de Macron haga tan graves acusaciones a Rajoy cuando el presidente francés ha sido destinatario de idénticos señalamientos en el pasado por la misma izquierda de la que ahora actúa como vergonzante comparsa. Hay varios ejemplos de ello:
- En 2024, el diario Le Monde le acusó de haber dicho en privado a su ministro de Sanidad que “el problema de las urgencias en este país es que están llenas de Mamadous”, siendo este último un nombre de origen africano usado de manera despectiva para referirse a las personas de raza negra.
- En 2017, en una cumbre del G-20, manifestó que los problemas de África eran “civilizacionales”, afirmando que buena parte de su pobreza se debía a que “las mujeres tienen siete u ocho hijos”, algo que fue fuertemente criticado por culpar a los propios africanos de los problemas estructurales derivados del colonialismo, del que Francia fue parte activa.
Al igual que Macron, el propio Sánchez ha llegado a ser acusado de racismo en dos ocasiones:
- Cuando, en 2016, saludó a una familia negra y luego se limpió las manos, y perfiles vinculados al PP y Podemos lo hicieron viral.
- En 2024, en un mitin de cierre de campaña a las elecciones vascas, saludó a un grupo de militantes socialistas, saltándose al militante negro que se encontraba junto a los demás.
No todo vale en política, así que a diferencia del inexistente código moral de Sánchez, trataré de hacer honor a la verdad por mucho rechazo que me genere el sujeto en cuestión, ya que, visionados ambos vídeos fruto de la polémica, en el primer caso se puede apreciar que Sánchez se limpia las manos porque, aparentemente, el niño que le ha saludado las tenía pegajosas, y en el segundo caso, hubo un militante que se encontraba justo a continuación de aquel al que ninguneó que le había extendido la mano. No obstante, ¿qué habría sucedido si con unos hechos idénticos el protagonista hubiese sido Abascal? Ni siquiera habría importado que el propio número dos de su partido (Ignacio Garriga) sea mulato.
La polémica de Sánchez en torno al racismo radica en su alianza con partidos orgullosamente xenófobos, a los que él ha descalificado como tal. No debe olvidarse que Torra decía que los españoles éramos “bestias taradas”, “bestias con forma humana que se dedican a expoliar”, exabruptos que dejan muy a la izquierda al propio Jean-Marie Le Pen. No en balde, Sánchez lo llegó a catalogar como “el Le Pen de la política española”, lo que no le impidió pactar con él para repartirse la Diputación de Barcelona.
Cuando el PSC formó un cordón sanitario con ERC y las CUP contra Silvia Orriols, hoy tachada como bestia negra del ultraderechismo, fue JxCat, el partido del prófugo golpista Puigdemont el único que se lo saltó.
Sánchez llegó a acusar de “odio y xenofobia” a JxCat, equiparándolo con VOX, y pidiendo que se le hiciera un cordón sanitario en el Congreso. No obstante, cuando necesitó los siete votos del partido al que tachó de “xenófobo” e hizo alcaldesa a Silvia Orriols, no dudó en ceder las competencias de inmigración para que Cataluña fuese la única región que no acogiese MENAS, fruto de la competencia electoral que Alianza Catalana le hace a Junts por su mismo electorado.
Quien sí ha hecho declaraciones en tono no precisamente sarcástico ha sido el presidente del Senado de Senegal, que dijo que en el virtual caso de que su país ganase a Francia en la fase de grupos supondría la victoria de un “país africano de verdad”, declaraciones manifiestamente racistas, ya que vinculan el color de la piel a un determinado continente, siendo el caso de África. Como ha señalado Julien Odoul, portavoz de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, estas otras declaraciones, no han supuesto la menor reacción del gobierno de Macron, ¿a qué se debe esta doble moral?
El estrabismo político que se ha dado en Francia, es extensivo, por diferentes razones a España, ya que la polémica no deberían ser las humorísticas declaraciones del expresidente sino la indisimulada alma totalitaria de Pablo Iglesias, en el pasado reciente, vicepresidente segundo de este gobierno, y que, en TVE (que de la mano de Javier Ruiz se ha convertido en una suerte de NO-DO sanchista), ha llegado a decir que hay que ilegalizar al PP y VOX por difundir “bulos”. Esa es la solución clásica de la extrema-izquierda comunista: la exclusión y persecución de los que discrepan de sus tesis, algo que sucedía en su añorada Unión Soviética.
Desde un ínfimo nivel intelectual como un profundo desconocimiento del Derecho, los tertulianos progres nos decían que VOX era de extrema-derecha por querer ilegalizar partidos. ¿Lo son entonces PP y PSOE, que ilegalizaron Batasuna? El partido que se demostró como el brazo político de ETA, estaba liderado por el mismo Otegi que ahora encabeza Bildu, socio del actual gobierno, que se niega a condenar los casi mil asesinatos perpetrados por la banda terrorista, muchos de los cuales eran representantes socialistas cuya memoria Sánchez traiciona de manera repugnante.
Todo vuelve a reducirse a lo mismo: a la clamorosa ausencia de escrúpulos y límites morales del líder del PSOE, a lo que se suma su desvergonzada doble moral, supeditando a su propio partido y a España para perpetuarse a costa de quién sea y de lo que sea en el poder, concebido como fin y nunca como medio, en aras de saciar su insaciable ego personal.





