Al día de hoy, la burguesía sevillana considera que “la familia del tabernero” es ontológicamente inferior a cualquier otro ser humano. No lo dirá así si le preguntan (al contrario, paternalistamente pondrá al tabernero por las nubes). Pero de hecho, así la trata: como inferior. Por lo pronto, le niega lo más elemental del trato humano: el saludo.
Es cosa inherente a la civilización el hecho básico de SALUDARSE. Hasta las Epístolas de San Pablo inciden en ello (todas acaban con un largo párrafo insistiendo en que “saludéis a este, al otro, al otro, al otro, a la otra”, nombrando a cada uno por su nombre. Y eso forma parte del canon de la Biblia).
Nadie aborda a otra persona haciendo una pregunta o comentario directamente. Siempre va precedido de un “Hola”, “Buenos días”, o como mínimo, ya en lo más informal de lo informal, se dice “Perdona” o “¿Qué hay?”, o “Mira”. Hasta en un gran almacén, o un Ikea, al dirigirse a un empleado desconocido, normalmente nadie le suelta un abrupto “¿Dónde están las lámparas?”. Sino que le dirá: “Hola, perdona, estoy buscando las lámparas”. Y esto es dirigiéndose a un empleado que está allí para eso – pues aun así NO se le suelta la pregunta a bocajarro, sino que se le precede de algo introductorio. Es lo humano. No somos máquinas, no somos botones que se aprietan.
Por la calle, al cruzarse con un conocido, se le dice “Hola” y a ser posible, el nombre de la persona “Hola, Carmen”. Es lo mínimo de lo mínimo.
Con razón el “retirar el saludo” se ha considerado siempre como la afrenta máxima, y el “dejar de saludarse” como símbolo de una enemistad realmente desagradable y profunda. (¡Cuán triste, cuán absurdo es “retirarle el saludo” a alguien! ¿De qué sirve? Por mucho daño que nos hubiera hecho alguien, un “Buenos días” al pasar cuesta menos trabajo que la cosa forzada y amarga de fingir que no se le ha visto…).
Pues bien, la familia del tabernero, sin mediar enfado ni pelea ni agravio alguno… ¡se encuentra con la gente le retira el saludo! ¡No recibe un “Hola”, un “¿Qué tal?” (ya el oír el propio nombre, ni soñarlo). La hija, la esposa del tabernero (ese sambenito le ponen… aunque tenga un curriculum impresionante detrás, aunque tenga profesión propia. Desde el momento en que la asocian al tabernero, ha caído en lo más bajo: seres a los que no se saluda) va por la calle, se cruza con un señor de aspecto respetable, y éste le suelta, sin introducción previa, y elevando el tono de voz: “¡Qué rico está el ali oli!”.
Le hablan así, en tono jocoso. No pretenden ofenderla. Casi creen estar piropeando. En efecto: el desprecio al tabernero hace que los burgueses sevillanos se crean muy magnánimos como perdonándole la vida; y por elogiarle un plato desprecian a los miembros de su familia, a los que ni considera personas a las que, yendo por la calle, haya que darles los buenos días.
El increíble clasismo es de una naturaleza tanto más profunda como que no lo ven, no ven algo tan obvio. “¡Oh, si yo a Don T. lo aprecio mucho, lo quiero mucho, fijaos lo poco clasista que soy, si el tabernero es mi amigo!”. Justo esa actitud paternalista de perdonarle la vida demuestra lo inmensamente bajo que lo ven. Seguramente aprecian también a otros profesionales (a un escritor, a un oftalmólogo), y si se cruzan con la esposa del oculista le dirán “Hola, Mercedes”; no le soltarán una pregunta o comentario jocoso de manera abrupta.
¿Cómo puede darse este nivel de grosería en personas supuestamente educadas – señoras y señores de aspecto tradicional, que además muchos de ellos conocían y saludaban a la señora en cuestión cuando era soltera, pero DEJARON de hacerlo después de pasar a adquirir ese rango inferior de “mujer del tabernero”…? ¿Cómo es posible?
Tal vez al comer en un restaurante, aunque se empiece dirigiéndose al camarero con “Hola” y “Por favor”, pues entre unas cosas y otras, se acabe diciendo “Otra cerveza” “Un café solo”, así sin introducción – al fin y al cabo ya se ha saludado antes, pues ya salen las comandas peladas. Vale. Pero el colmo es ver por la calle, en otro entorno, al dueño del establecimiento de descanso con su familia y creer que sigue ahí a su servicio, dispuesto a toda charla, y lo paran además como “haciéndole el favor”. Como presumiendo de lo abiertos de mentes que son, que se dignan detenerse con su “amigo” el tabernero; no dudan de que éste estará encantadídimo y halagadísimo de que el señor notario, el señor fiscal, se pare con él… La idea de que tenga una vida personal o de que su día libre desee emplearlo con su esposa, eso se piensa si hablamos de un torero, de un actor… pero no de un tabernero. Este último es considerado (aunque paternalistamente lo alaben incesantemente) un sirviente a tiempo completo.
Pero hasta ahí, todavía podríamos decir que “vale”. Toda profesión tiene sus gajes del oficio. Lo que nos pasma es el trato a personas ya aparte, con profesión y personalidad propia, con respetable CV detrás… cómo se les retira el saludo al saberse que son “familia del tabernero”.
Esto es ya lo llamativo. Que incluso a los miembros de la familia del tabernero que van solos (que no trabajan en el bar, que tienen otra profesión totalmente distinta y además en la cual destacan), pues, ¡al verlos por la calle los tratan así, soltándoles un comentario sin saludo previo, como el que dice “Otra cerveza”! Ya la deformación es máxima. Considerar a personas totalmente independientes (con profesión propia y nada oscura por cierto y apariencia nada desdeñable por cierto…pero eso es lo de menos. El caso es que son personas que no les han servido nunca a la mesa. No cabe la excusa- que a su vez indicaba poca categoría humana, pero bueno qué vamos a esperar- de que al servirles una mesa ya se crean que son sus sirvientes vitalicios en toda hora y lugar. Es que nunca les han servido), pues también incluso a ellas como sirvientes a tiempo completo, o casi como esclavos, tratándolos peor que a perros. Sin conocer ni querer conocer su nombre, se dirigen a ellas en chillidos jocosos en medio de la calle “¿Dónde te has dejao a T…?”, sin un “Hola”, sin un “Buenos días” en un alarde de desprecio que no harían con nadie.
La “mujer del tabernero” mantiene su aplomo, alegría y dignidad al tratar con los múltiples compañeros, amigos, lectores, antiguos alumnos (muy especialmente los de fuera de Sevilla) que forman su verdadero entorno, con los que es posible mantener el trato gratificante y estimulante al que estaba habituada antes de casarse.
Posee, a Dios gracias, suficientes recursos, ocupaciones y amistades, nativas y foráneas para no dejarse afectar demasiado por los pésimos modales de tantos viandantes. A fin y al cabo, “el número de los necios es infinito”, dice el salmista. Pero ciertamente…
¡Cuánta falta les hace, a tantos y tantos señores y señoras dizque distinguidos, una buena “Cartilla de Urbanidad”!





