«Quien tiene que estar bien pagada es la Ciencia», dice el ministro de Cultura y Deporte, José Manuel Rodríguez Uribes, que es uno de esos ministros que le surgen de repente al gobierno de España y que hasta ahora usted no sabía de su existencia ni le pone cara.
Porque eso ocurre a menudo en el sanchicomunismo, que de manera insospechada le brotan ministros, ministras, ‘spin doctors’, niñeras o vaya usted a saber que no figuraban en ninguna parte pero andaban enroscados como garrapatas en los costurones de la Administración cobrando un pico considerable y sin que sepamos bien cuál es su dedicación o si la tienen.
Pero esta vez lleva razón el ministro y quien debería estar bien pagada es la Ciencia, no ahora, sino en todo tiempo. Lo que ocurre es que siempre hay un pero y esta vez dice eso a propósito de lo que cobra Leo Messi (50 millones por año) cuando pudo haberlo dicho con más motivo a propósito de lo que gasta el Ministerio-chiringuito de Irene Montero (diez veces más), cantidad equivalente a lo que invierte Alemania cada año en el desarrollo de una vacuna propia que permitiría obtener un considerable ahorro y vacunar a toda la población.
Para eso también hay otro ministro. Se llama Pedro Duque y nadie sabe si vive en la Luna o viene de visita alguna vez. O sea, que desaparece y nadie logra localizarlo, porque puede estar lo mismo de gira por las islas de los paraísos fiscales que reseteando el mundo en comandita con el ministro de Universidades.
De la Ciencia se acuerdan como de Santa Bárbara, o sea, cuando truena, pero poco más, porque la sociedad del siglo XXI ha entrado de lleno en la Era de Acuario que ensalzaban los jipis del cáñamo y el amor libre en las comunas: la Quinta Dimensión.
Hay quien dice que la promoción e implantación del rock y el pop formaban parte de un experimento social a gran escala cuya pretensión era deconstruir la sociedad y al individuo.
Un experimento que incluía la introducción masiva de las drogas alucinógenas y un exacerbado individualismo; la promiscuidad sin límite y el amor libre; la veneración mística de toda clase de relativismos; la deformación virtual del mundo real a través de la publicidad, la TV, los videojuegos y, en general, de la tecnología; la eliminación de barreras y ataduras que al sujeto le permitieran asirse a alguna parte; la destrucción de la familia y la sustitución de las religiones mediante sectas y creencias próximas al panteísmo; la implantación del aborto libre y la transformación del ser humano en una pieza prescindible de un mecano, por debajo incluso del rasero de una planta o de un chihuahua mediante un ecologismo desaforado y un anti especismo que iguala lo racional y lo irracional e incluso degrada el raciocinio por su capacidad para ejercer el mal.
Sea como fuere, llevamos casi 50 años flotando en este plasma dañino y envolvente, con un desarrollo de la Ciencia vertiginoso pero en el que la población se limita a usar los subproductos de la tecnología que fabrica mientras deposita su fe en cualquier cosa o teoría inconsistente.
En ese magma de sinrazón en el que sólo las élites permanecen apegadas a la capacidad casi infinita de la Ciencia para transformar el mundo, cualquier absurdo toma asiento y los elitistas ya ni se molestan en desentrañarle al pueblo la verdad que se esconde tras el experimento. Antes al contrario, favorecen e implementan cualquier despampanante ocurrencia de lobbys y sectas, en la convicción absoluta de que les favorece a ellos que la gente se desbarate en discusiones sin sentido mientras ellos continúan adaptando el mundo a sus propios y restringidos intereses.
El generismo, el ecoloquismo o el igualitarismo son otras tres mamarrachadas sin juicio ni premisas que no precisan demostración alguna, creadas sólo mediante enunciados y que no es posible someter a discusión sin que te caiga encima una lluvia de escupitajos o de piedras y te mande al ostracismo.
Teorías que se caen por su propio peso y que no resisten ni siquiera un argumento permiten hoy que un tipo se considere mujer o cebra, reventando así la biología, o que un cambio en el clima producido por el ser humano estaría llevando al mundo a su destrucción final.
Y ya digo, ni se toman la molestia en permitir la discusión ni tampoco en recubrirse con la mínima liturgia o apariencia de lo científico. Les basta con poner a una pobre niña enferma cabreada delante de una cámara de TV a que nos regañe y ya nada podrá revertir los planes miserables construidos con retales de emociones transmitidas por sofisticados satélites y redes de comunicación que han necesitado miles de horas de dedicación científica para su desarrollo.
La era de Acuario ha supuesto la introducción de la aromaterapia, la musicoterapia o el veganismo de zumo de limón y tofu al mismo nivel de confianza, o casi, que la Medicina, aunque, claro está, cuando truena la tormenta, hasta las garrapatas y los ministros se acuerdan de que lo que tiene que estar bien pagado es la Ciencia.
He dicho.





