En una democracia como la nuestra, el reparto de papeles suele estar distribuido de antemano. Cuando sucede una desgracia más o menos imprevista, como la que está asolando nuestro país, el Gobierno suele apelar a la fatalidad, al caso fortuito, y trata de estimular la responsabilidad de la ciudadanía exhortándole a arrimar el hombro. Por su parte, la oposición siempre esgrime frases que suenan como ya hechas, por lo que parece que no se las cree del todo: “Nefasta gestión del Gobierno”, “imprevisión e inoperancia de las autoridades”, etc. Muchas personas que no siguen la política de cerca se hastían de esas actitudes, pues creen que están celebrando poco menos que un teatrillo sin mucha convicción, y acaban concluyendo que “son todos iguales”.
No obstante, una persona desapasionada que indague un poquito sobre este tipo de asuntos descubre en seguida que la izquierda es especialmente carroñera y agresiva cuando está en la oposición. Y así cuando sucede una desgracia, se reviste de argumentos buenistas y sentimentales, y se lanza a la calle para acusar a las autoridades de mala fe, de torpeza y crueldad. Los hemos visto muchas veces: así ocurrió cuando el suceso de Yak-42 en 2003, que realmente fue un accidente aéreo ocurrido ¡en Turquía! y por el cual se llamó de todo a Aznar. Tampoco hemos olvidado lo que pasó cuando el Prestige (2002), un barco cargado de petróleo que se hundió frente a las costas gallegas, sobre el cual la izquierda exigió prácticamente que el Gobierno hubiera hecho magia para impedir el derrame. Parecía que el barco era propiedad de Montoro o que estaba tripulado por Esperanza Aguirre. Hace menos tiempo de la muerte del perrito Excálibur (2015), que ocasionó una ola de indignación absolutamente desmesurada, en la que se llamó “verdugo” a Rajoy, y se pidieron dimisiones de ministros.
En cambio, cuando los izquierdistas están en el Gobierno, se sienten perfectamente legitimados para amoldar la realidad a sus intereses de una manera que podría parecer incluso naïf, si no fuera por ser de una caradura extrema. Todos nos hacemos cruces de lo que estarían diciendo los podemitas si a la derecha se les hubiera ocurrido pagar quince millones de euros (dinero público) a las televisiones para que la tratasen bien, o fuera la derecha la que hubiera intentado controlar las redes sociales imponiendo la censura para luchar contra los “bulos”. Como si fuera tarea del Gobierno controlar la opinión de los ciudadanos o estuviéramos en Estado de guerra en el que los “bulos” son asunto de defensa nacional.
El Gobierno ha hecho una refinadísima campaña de imagen para invisibilizar a los centenares de muertos que se producen diariamente, se ha negado a decretar luto oficial e incluso ha pagado a un amiguete televisivo para que haga una comedia sobre el confinamiento, a fin de quitar dramatismo a una situación que objetivamente es dramática. Pero parece claro que a base de aplausos, de eslóganes y de “Resistiré” no vamos a salir del agujero. Como el avestruz, nuestro Gobierno está convencido de que aquello de lo que no se habla no existe. En su mentalidad, si se manipulan las cifras para que no se sepa cuánta gente está muriendo, es como si no se murieran. ¿Comprenden ustedes por qué no dimite nadie ni se pide perdón por los continuos errores y rectificaciones? Para ellos, la realidad es pura plastilina y ellos están en la conformación de un relato en el que esto es solo un pequeño inconveniente, que en todo caso puede suponer incluso una nueva oportunidad para sus fines. Total, los que mueren son casi todos vejestorios a los que ya no se les va a tener que “eutanasiar”.
Sin embargo, aunque reconocemos que estos individuos son maestros de la propaganda, no alcanzamos a explicarnos por qué siguen manteniendo como portavoz a Fernando Simón. Mis conocimientos de técnicas de imagen son muy limitados, pero tengo la convicción de que cada vez que ese individuo aparece por la pantalla despierta oleadas de desafección al Gobierno más eficaces que cuatrocientos abascales y casados a la hora punta.
Qué duda cabe de que el Gobierno no tiene la culpa de que el dichoso virus haya llegado a España. Era inevitable que una pandemia como esta hubiese arribado a nuestro país, como al resto del mundo. Pero una simple comparación con países como Grecia o Portugal, cuyo sistema sanitario desde luego no es mejor que el nuestro, debería sacar los colores al Gobierno. Es verdad que Italia tiene unas cifras similares a las nuestras, pero la sorpresa se produjo allí un par de semanas antes, por lo que tuvimos tiempo de sobra para haber tomado medidas. Nos vamos a acordar del 8 de marzo el resto de nuestros días.
Alguien debe de tener la culpa de que España sea el país con más sanitarios afectados del mundo. Alguien debe de tener la culpa de la escasez de material de protección, y de que nos hayan estafado en su adquisición, hecha por cierto por medio de empresas poco avezadas en estas lides y sorprendentemente cercanas a los círculos del poder. Alguien debe de tener la culpa de que mientras la economía se nos está hundiendo ante nuestros ojos, el vicepresidente del Gobierno no pare de dar pasos en el sentido de lo que verdaderamente quiere: el “cambio del modelo productivo”.
¿Hay alguien en España que no sepa a qué se está refiriendo este sujeto?





