En los últimos años, una gran parte de la jerarquía de Iglesia Católica en España y en el mundo parece empeñada en confirmar un triste diagnóstico: ha dejado de sostenerse en la roca firme de la Tradición para entregarse a las arenas movedizas del progresismo, el relativismo y la sumisión cultural. No es una acusación gratuita; es la constatación de una deriva que muchos fieles perciben cada domingo en su parroquia, cada documento “pastoral” ambiguo, cada gesto público que busca la aprobación del mundo antes que la fidelidad a la Verdad. Un ejemplo y paradigma de esa dinámica es Joan Planellas, arzobispo de Tarragona, figura que trasciende a la persona y encarna una orientación entera dentro de la jerarquía: la de quienes, disfrazados de pastores, actúan como propagandistas de agendas políticas ajenas al Evangelio.
“…una gran parte de la jerarquía de Iglesia Católica en España y en el mundo parece empeñada en confirmar un triste diagnóstico: ha dejado de sostenerse en la roca firme de la Tradición para entregarse a las arenas movedizas del progresismo, el relativismo y la sumisión cultural”
Su historial no ayuda a disipar dudas. Cuando era párroco, colgó una estelada en la iglesia de Jafre. No fue un gesto ingenuo ni una broma, sino un acto explícitamente político, de claro contenido secesionista, contrario a la unidad de España y a la misión histórica de la Iglesia en nuestro país como custodio de su unidad espiritual y cultural. Su nombramiento como arzobispo se leyó entre muchos fieles como un mensaje con carga ideológica, no como una decisión meramente pastoral. Y cuando recientemente sentenció que “un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano”, la frase, con apariencia evangélica, fue utilizada para caricaturizar como “odio” lo que para otros es una legítima defensa del bien común frente a la inmigración masiva y desordenada y frente a un proceso de islamización cultural que nadie serio debería negar que existe en Europa y España. Un mensaje de traición que se afilia con unos mayores enemigos de la misma Iglesia católica, el islam.
Aquí asoma la contradicción esencial: quien ha coqueteado con una visión excluyente en clave identitaria pretende ahora erigirse en árbitro moral de la caridad universal. La incoherencia no es un detalle; es el corazón del problema. No estamos ante un mero desacuerdo de énfasis, sino ante el síntoma de una enfermedad doctrinal más honda: la sustitución de la fe transmitida por los siglos por un moralismo líquido que busca agradar a todos y termina vaciándolo todo. Pero no se puede esperar mucho mas de personajes tan abyectos como el referido “arzobispo”.
“No estamos ante un mero desacuerdo de énfasis, sino ante el síntoma de una enfermedad doctrinal más honda: la sustitución de la fe transmitida por los siglos por un moralismo líquido que busca agradar a todos y termina vaciándolo todo”
San Pío X, en Pascendi Dominici Gregis (1907), definió el modernismo como “la síntesis de todas las herejías” y advirtió que el deber del católico es resistir a los innovadores y permanecer firmes en la fe de siempre. No hablaba por capricho. Cuando la Iglesia pretende “actualizar” su mensaje al precio de relativizarlo, lo traiciona. Y la factura la vemos: iglesias vacías, vocaciones en caída, sacramentos convertidos en gestos sociológicos sin exigencia ni misterio. La solución no es más “adaptación”, sino más santidad, más verdad, más claridad.
En el campo litúrgico, la paradoja es clamorosa. Por ejemplo, la misa tradicional, columna vertebral de la vida católica durante siglos, es acosada o arrinconada por no pocos obispos. Sin embargo, donde se celebra con reverencia, florecen jóvenes, familias y conversiones. Hoy convierte en liturgia en un espectáculo pagano. Benedicto XVI recordó en Summorum Pontificum que “lo que fue sagrado para generaciones anteriores sigue siendo sagrado y grande para nosotros”. Pese a ello, cunde la tentación de tratar lo sagrado como un obstáculo para la “pastoralidad”, como si el lenguaje de Dios tuviera que reducirse al estándar del marketing contemporáneo.
Nada de esto es inédito en la historia. En el siglo IV, la crisis arriana arrastró a buena parte del “episcopado”, y solo algunos, San Atanasio, entre ellos, mantuvieron el depósito de la fe. Hoy, sin negar abiertamente a Cristo, se lo relativiza con perífrasis amables y conceptos elásticos: “inclusividad”, “acompañamiento”, “diálogo”, palabras que, usadas sin anclaje doctrinal, se convierten en llaves maestras para vaciar el contenido objetivo de la fe. Se predica un ecumenismo herético que ya no busca el encuentro en la verdad, sino una convivencia indiferentista donde “todos creemos en el mismo Dios” y el dogma resulta sospechoso por “excluyente”. Pero Cristo fue tajante: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). No dejó espacio para una neutralidad edulcorada y las afirmaciones contrarias que escuchamos hoy están en la apostasía.
Santo Tomás de Aquino enseña que pueden tolerarse errores por razón de paz pública, pero nunca convalidarlos como si fueran verdad. Y, sin embargo, vemos legitimarse, no solo tolerarse, prácticas y discursos que contradicen abiertamente la fe y la razón. En este marco, la relación con el mundo islámico exige seriedad intelectual y prudencia política. Reducir el islam a “una religión más” en el escaparate multicultural, como si su dimensión político-jurídica histórica no existiera, es ingenuo. Del mismo modo, confundir toda crítica a corrientes islamistas con “odio al extranjero” es una trampa retórica que incapacita cualquier conversación responsable sobre integración, convivencia y bien común. Olvidar que el islam es una ideología teocrática que quiere imponer la ley Sharia incluso por la violencia es ingenuidad. Europa tiene un grave problema y es el desconocimiento absoluto de lo que es el islam. No hay islam malo o bueno, solo hay un islam.
“…la relación con el mundo islámico exige seriedad intelectual y prudencia política. Reducir el islam a “una religión más” en el escaparate multicultural, como si su dimensión político-jurídica histórica no existiera, es ingenuo. Del mismo modo, confundir toda crítica a corrientes islamistas con “odio al extranjero” es una trampa retórica que incapacita cualquier conversación responsable sobre integración, convivencia y bien común”
Europa ofrece ejemplos concretos de transformaciones aceleradas en barrios y ciudades donde la integración obviamente no se ha producido y donde el tejido cultural y social previo se ha visto arrasado. Negar esos hechos no es caridad, es ceguera. Los obispos que absolutizan la acogida sin prudencia prestan un flaco servicio tanto a los de casa como a los que llegan. La doctrina de la Iglesia no avala ese simplismo. El Catecismo (N. 2241) recuerda que los inmigrantes deben respetar el patrimonio material y espiritual del país de acogida, obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas; y recuerda también que la autoridad política puede y debe regular la inmigración según el bien común. La enseñanza tomista converge: la hospitalidad es virtud, pero ordenada; de lo contrario, destruye la cohesión que pretende honrar y pone en riesgo las sociedades autóctonas.
“Los obispos que absolutizan la acogida sin prudencia prestan un flaco servicio tanto a los de casa como a los que llegan. La doctrina de la Iglesia no avala ese simplismo”
La parábola del Buen Samaritano, tan citada, no autoriza la disolución de las fronteras ni convierte la generosidad en un cheque en blanco. Enseña a reconocer al prójimo herido y a socorrerlo eficazmente, con prudencia, responsabilidad y límites y desde una visión individual nunca colectiva. El Samaritano no abandonó su casa ni puso en riesgo a los suyos; actuó con misericordia racional, no con sentimentalismo culpable. Sacar de esa escena un programa político de apertura total es instrumentalizar el Evangelio.
Si el Buen Samaritano hubiera abierto su casa a una docena de extraños que despojaran a sus hijos de la comida, abusaran de sus hijas y ocuparan sus camas, dejando a su familia en la calle, habría dejado de ser buen samaritano para convertirse en negligente y causante de un daño atroz y antinatural.
“Si el Buen Samaritano hubiera abierto su casa a una docena de extraños que despojaran a sus hijos de la comida, abusaran de sus hijas y ocuparan sus camas, dejando a su familia en la calle, habría dejado de ser buen samaritano para convertirse en negligente y causante de un daño atroz y antinatural”
Mientras España sufre una natalidad de emergencia y un envejecimiento acelerado, aumenta la llegada de inmigración irregular con dificultades de integración real. Sería deshonesto negar la complejidad del fenómeno, pero también lo sería ocultar los problemas culturales y de seguridad cuando la entrada es masiva y desordenada. Corresponde a la autoridad civil regularla y a la autoridad eclesial recordarlo sin sacrificar el bien común. Benedicto XVI, en Caritas in Veritate, subrayó la necesidad de políticas migratorias justas y ordenadas que protejan la estabilidad social.
Esta crisis doctrinal y pastoral camina en paralelo con la crisis política y cultural. Una Iglesia sin verdad se vuelve cómplice, por acción u omisión, de Estados sin soberanía. Bruselas sueña con disolver las naciones en una masa uniforme; algunos teólogos sueñan con disolver el catolicismo en una “espiritualidad global” de baja intensidad que no incomode a nadie. Resultado: una Europa desfondada, incapaz de defender su herencia, su cultura, sus leyes, su familia, su fe. No siempre fue así. Cuando Europa comprendió que su supervivencia estaba en juego, respondió: las Navas de Tolosa, Lepanto, la resistencia cultural y espiritual que sostuvo siglos de civilización. No se trata de idealizar el pasado, sino de aprender su lección: sin raíces, no hay futuro.
“Esta crisis doctrinal y pastoral camina en paralelo con la crisis política y cultural. Una Iglesia sin verdad se vuelve cómplice —por acción u omisión— de Estados sin soberanía. Bruselas sueña con disolver las naciones en una masa uniforme; algunos teólogos sueñan con disolver el catolicismo en una “espiritualidad global” de baja intensidad que no incomode a nadie”
San Juan Pablo II, en Ecclesia in Europa, advirtió del riesgo de una Europa que pierda su alma; Benedicto XVI, en Ratisbona, defendió la alianza entre fe y razón frente a toda violencia religiosa y frente al relativismo que todo lo corroe. Pío IX, en el Syllabus, condenó el error de afirmar que “el hombre puede salvarse por cualquier religión”, idea hoy reciclada con lenguaje sentimental. Y San Agustín recordó, para escándalo de muchos contemporáneos, que la verdad salva, no el consenso.
¿Qué hacer? Primero, dejar de confundir misericordia con claudicación. La caridad comienza en casa, no para encerrarse, sino para que exista una casa desde la que amar. Una Iglesia que no se sabe madre ni maestra se convierte en ONG, es decir, en algo que no necesita Cristo para existir. Segundo, restaurar la liturgia como fuente y culmen de la vida cristiana. Allí donde la Misa se celebra con reverencia, el pueblo aprende que Dios es Dios y el hombre, criatura amada llamada a la conversión. Tercero, formar inteligencias y conciencias: catequesis sólida, apologética sin complejos, seminarios enraizados en el Magisterio perenne y en la vida sacramental.
”Una Iglesia que no se sabe madre ni maestra se convierte en ONG, es decir, en algo que no necesita Cristo para existir”
Cuarto, hablar claro sobre inmigración, integración y bien común. Exigir cumplimiento de leyes y compromisos, proteger a los vulnerables y a la vez proteger la identidad y la seguridad legítima de las comunidades receptoras. La caridad sin prudencia no es virtud; es temeridad disfrazada de bondad. ¿De qué sirve la caridad si destruye la casa común? ¿Si pone en peligro a la familia, a la patria, a la Iglesia misma?
Quinto, pedir a los pastores que hagan de pastores: que confirmen en la fe, que corrijan errores, que no busquen el aplauso de los poderes del mundo. El católico puede soportar iglesias pobres; lo que no puede soportar es jerarquías confusas.
Si la jerarquía eclesiástica persiste en vaciar la liturgia, diluir la doctrina y convertir la caridad en un humanitarismo sin verdad, no hará falta que nadie derribe puertas: ya estarán abiertas. Pero también es verdad lo contrario: bastan minorías creativas, comunidades pequeñas pero encendidas, sacerdotes valientes que los hay y muchos, laicos formados, familias generosas, para que la llama se reavive. La historia de la Iglesia no es la historia de mayorías complacientes, sino de minorías fieles que iluminan el camino.
“Si la jerarquía eclesiástica persiste en vaciar la liturgia, diluir la doctrina y convertir la caridad en un humanitarismo sin verdad, no hará falta que nadie derribe puertas: ya estarán abiertas”
La solución no es moderar el mensaje, sino predicarlo íntegro con rigor y fuerza. No es suavizar el Evangelio, sino proclamarlo con la fuerza de los apóstoles y de los mártires. “Ay de mí si no evangelizo”, escribió San Pablo y no es evangelizar proteger el islam. Evangelizar no es adaptar la verdad a la moda; es ofrecer la verdad con paciencia y caridad, pero sin rebajas ni ambages. Cristo advirtió: “No he venido a traer paz, sino espada”. Esa espada es la verdad. Y la verdad, cuando se proclama sin miedo, incomoda a todos los imperios de la mentira, también a aquellos que, como el islam político, pretenden imponer en nuestra tierra una ley ajena a nuestras raíces, a nuestra fe y a nuestra libertad. Callar ante amenazas por miedo a ser señalados no es prudencia, es cobardía. El cristiano no está llamado a pactar con la oscuridad, sino a levantar la espada de la palabra y la firmeza, aunque el mundo lo odie por ello. España no recobrará su vigor cultural y político si antes no recupera su alma. Europa no renacerá mientras su cristianismo sea un adorno navideño que se guarda en enero y se olvida hasta diciembre.
“El cristiano no está llamado a pactar con la oscuridad, sino a levantar la espada de la palabra y la firmeza, aunque el mundo lo odie por ello”
La Iglesia no fue fundada para gestionar consensos, sino para conducir almas al cielo. Es el Cuerpo Místico de Cristo. Si en la cabeza del mundo hay confusión, el cuerpo eclesial no puede imitarla. Que la prudencia acompañe a la misericordia, que la caridad no excluya la justicia, que la verdad no se negocie por intereses espurios. Solo así la Iglesia volverá a ser lo que fue: madre y maestra, faro en la noche, casa abierta que acoge… y que educa, corrige y envía.
En resumen: fidelidad doctrinal, reverencia litúrgica, caridad ordenada y valentía pastoral. Con eso empezaremos a salir del bucle de la autojustificación. No pedimos novedades, pedimos lo de siempre. Y lo de siempre, cuando se vive, produce frutos de santidad y de civilización. Lo demás es espuma. La roca es Cristo. Volvamos a la roca. ¡¡Viva Cristo Rey!!





