
Ahmed Abd El-Cherkaoui es un tío simpático.
Me comenta que desde siempre, «desde que Boabdil montaba a camello», sus antepasados se han dedicado al comercio, y él, siguiendo tan noble tradición familiar, posee una modesta tienda en el zoco de Tánger.
Ahmed alberga en su alma la sabiduría milenaria del trueque bereber, con más mili hecha como mercader sarraceno que el Cabo Tres Forcas, en trapicheos de regateo e intercambio.
Sabe de veras que, aunque en su universo de mercadillo nada tiene un precio marcado, su ganancia y su supervivencia estriban en acompasar el interés del comprador por la mercancía y en lo que éste se halle dispuesto a aflojar de la faltriquera para conseguirla. Pero también ha aprendido que hay cuestiones que no están en venta, porque no puede vender uno su propio espíritu y a veces hay que plantar pie en pared, soltando en el careto de quien le vacile las verdades del barquero Muza.
Medio árabe y medio hispano, bichea por Andalucía cuando necesita baratijas, negociando con sus proveedores y conociendo cada rincón de nuestras ciudades y pueblos.
Y me quedo de pasta de boniato y boquiabierto cuando me asegura que …
– «… como buen musulmán que soy, me santiguo cada vez que veo una cruz».
Ante mi perplejidad me cuenta que su hija más pequeña vino al mundo con una severa discapacidad intelectual. Con enormes esfuerzos la iba sacando adelante como Alá le daba a entender, a base de privaciones, de renuncias y de carencias de los demás miembros de su familia.
Hasta que un buen día pasó por el mercado una Hermana de Teresa de Calcuta, con una cruz en su hábito, para decirle que sería un honor, para ella y sus otras compañeras, poder atender a la niña en el centro que acababan de abrir allí mismo, en el mismísimo zoco, en su vocación de servicio a los más necesitados. Ningún coste, que ellas consagran su historia a la providencia de Su Creador en forma de limosnas.
El árabe descubrió entonces que el lenguaje del amor es la esencia de cualquier religión. Por eso él besa y se arrodilla ante cualquier cruz con la que se topa, porque representa a esas buenas mujeres con un sari morado con las que comparte amistad y cuscús en su Tánger natal. Mujeres que abren su convento a cualquiera a quien las cartas le vengan mal dadas.
Y porque la cruz también simboliza a millares de personas que se aventuran en el encuentro con los otros, ofreciendo su mejor versión como seres humanos y construyendo un mundo más amable y más auténtico.
Allí mismito están las Hermanas. En el zoco. Con la miseria que rezuma el ambiente: niños huérfanos o abandonados y sin padres conocidos, muchachas abocadas a la prostitución, mendigos … En definitiva, Hijos e Hijas de Dios, acogidos incondicionalmente por quienes apuestan descaradamente por el Amor con mayúscula, trascendiendo a ideologías y creencias.
Ahmed y otros comerciantes se rascaron el bolsillo para comprar el mejor material. Tallaron una hermosa cruz de tres metros. La colocaron, como una sorpresa, en la puerta del convento de las Hermanas. Y después de ello fueron a la mezquita a darle gracias a Alá por poder contar con tan piadosas mujeres.
Allí sigue la cruz. En un zoco de mala muerte y lleno de moscas y gatos, que los perros tienen mala prensa en las arábigas gentes, como animales malditos. Allí se alza la cruz. Respetada por todos los paisanos, turistas y mercaderes con turbante, agradecidos y orgullosos de sus vecinas.
Entonces surge el tema del reciente derribo de la cruz de Aguilar de la Frontera por unos talibanes sin nombre.
Pero sí. El moro Ahmed, listo como el hambre, licenciado en esa gloriosa universidad de la vida que es el zoco de Tánger, sí que tiene un nombre, una definición para ellos. Y la expone con ironía. O con indignación. O con cachondeo. O con rintintín, como dicen en Triana …
– «Auschbaj. Esa gente son unos auschbaj«.
– » ¿Auschbaj?, ¿Qué significa auschbaj?»
– «Que no se enteran. Que no saben de qué va la historia. Que van de ways y de progres, pero sin atreverse a arrebatarle a los legionarios la cruz de su Cristo. Alelados. Vacaburros. No sé cómo se traduciría en español …».
– «Gilipollas».
– «Sí. Eso. Sin posibilidad alguna de negociación ni de regateo. Tú lo has dicho: Gilipollas».
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





