
Don Pelayo, cuadro de Ferrer Dalmau
El de la terminología historiográfica es, posiblemente, el caballo de batalla más cabalgado entre los profesionales que nos dedicamos, de un modo u otro, a la Historia: desde un humilde narrador obligado a bucear en textos eruditos como un servidor, hasta historiadores con criterios científicos y orientación pedagógica; pasando por los periodistas que terminan convirtiéndose en cronistas. La gran controversia sobre las denominaciones utilizadas para cada acontecimiento hace que, en muchas ocasiones, los enconados debates en este sentido resulten estériles, sin existir aún una opinión consuetudinaria entre las dos grandes corrientes: referir a los hechos históricos en su forma contemporánea o desde una perspectiva actual.
Hará cosa de un mes acudí a una de las conferencias organizadas por el Ciclo “Escritores con la Historia”, en cuya introducción José Ángel Mañas refirió algunos aspectos a tener en cuenta por los escritores que quieran adentrarse en el género de la ficción histórica. De ellos, me resultó significativa la frase la Historia se escribe desde el presente, realmente inapelable porque hacia el futuro solo pueden hacerse conjeturas y en lo contemporáneo únicamente pueden darse noticias. Sin embargo, no deja de posicionarse en el primero de los frentes que compiten por el privilegio de nombrar a los episodios históricos desde su propia perspectiva.
En este aspecto, por ejemplo, se pueden mencionar tres debates con los que —y a esto viene esta introducción— quiero comenzar un pequeño ciclo de artículos destinados a analizar, desde un punto de vista más técnico, el contenido de mi libro Un Rey en el Norte, recién publicado por Editorial Platero Coolbooks y escrito, ex profeso, con motivo del MCCC Aniversario de la Batalla de Covadonga, siendo esa misma definición el primero de ellos y que abordaré en otra entrega de esta serie: ¿puede considerarse “batalla” la refriega en los desfiladeros del Auseva? En caso contrario, ¿acaso desmerece la importancia histórica de ese hecho el llamarlo “escaramuza”? Hay quien parece intentar devaluar la gesta de Covadonga alegando la escasa entidad del enfrentamiento, como si las consecuencias no hubieran sido determinantes; pero eso, como digo será otro tema.
El segundo ejemplo tampoco es que hoy mismo voy a desarrollar, pero por lo reciente de otra efeméride —mucho menos “redonda” en números— no quiero dejar de mencionarla: ¿nace la “nación” española con la Conversión de Recaredo? Tengo mi firme opinión, contraria a dicho aserto, pero también la expondré en su momento. El que hoy me ocupa es más simple, en realidad: jamás existió una “conquista árabe en Al-Ándalus”; no, al menos, como se podría entender dicho fenómeno.
De mis tiempos de militancia en el andalucismo político (R.I.P.A./P.A) guardo el recuerdo de la lectura de uno de esos grandes libros polémicos: La revolución islámica en occidente, del historiador donostiarra Ignacio Olagüe; epigrafiado con su título original “Los árabes jamás invadieron España”. Aunque defiende hipótesis bastante improbables en su contenido, el título primitivo es de un acierto aplastante.
Mucho más reciente, el libro Espada, hambre y cautiverio, del historiador cántabro Yeyo Balbás presenta, por el contrario, un subtítulo que suma un término muy adecuado a uno totalmente erróneo: la conquista islámica de Spania, si bien su contenido es, en contraste de nuevo con la obra de Olagüe, analíticamente impecable. Por eso quizá me extraña que se haya “colado” el término conquista.
Entro en materia: en el año 711, en Hispania, se produjo una invasión islámica. Árabes solo eran los gerifaltes de las tropas, compuestas por soldados magrebíes en su enorme mayoría, llegados a través del estrecho (desde entonces llamado de Gibraltar por “gib al Tariq”, capitán de este contingente bereber) en una única operación con pocas naves, que volvían a la costa africana para embarcar nuevos batallones en cuanto habían tomado tierra los primeros. Así pues, no es correcto el uso del gentilicio referido a la región entre el golfo pérsico y el de Adén, pero tampoco lo es la utilización del mismo concepto de “conquista”, entendida estrictamente.
Para que exista una conquista efectiva son necesarios dos factores que no se dieron por completo en este proceso. La primera se inició, aunque no terminó de constituirse: subyugar el territorio ganado a un poder externo, un Imperio con su correspondiente metrópoli. Aunque el califato de Damasco podía considerarse en sí mismo como tal, la estructura de sometimiento de los territorios no se puede considerar de conquista, enlazando con el segundo aspecto: no existió un reemplazo poblacional. En una conquista, la población originaria de la zona es masacrada y esclavizada en gran parte, desplazándose la restante a lugares externos y tomando posesión de la tierra el conjunto del colectivo conquistador. Tampoco esto ocurrió en el S. VIII, debido principalmente a lo limitado de las fuerzas islámicas, que les llevó a trazar alianzas con las élites gobernantes hasta entonces (véanse el Pacto de Tudmir o el genarca de la dinastía Banu Qasi) para implantar, en cualquier caso, sustanciales modificaciones en la estructura sociopolítica y religiosa de la península ibérica.
Por todo ello, dentro de ese debate en el que no pretendo tener la razón sino que he argumentado los motivos por los que lo hago, me sitúo como partidario de hablar, y así siempre lo hago, de una invasión islámica, en lugar de una conquista árabe que, como digo, nunca existió. En este contexto, nace la historia de la que el día 28 se cumplieron 1.300 años, si bien esto es otra conjetura, por la dificultad para trazar cronologías fiables en una época que, historiográficamente, ha venido a llamarse “Edad Oscura” a resultas de esta escasez de documentación, a la que me referiré en el siguiente episodio, íntegramente dedicado al «combate» de Covadonga.
Si el lector quiere adentrarse, en cualquier caso, en la consecución de hechos que supusieron esta invasión, tiene disponible mi libro en el siguiente enlace:
https://www.plateroeditorial.





