Sostenía Giovanni Sartori que el término democracia no admite ni puede admitir apellidos, de modo que al mencionar esa palabra sólo cabía entender por tal la llamada «democracia liberal», lo cual le obligaba a apellidarla sólo porque «los hunos y los hotros», como los denominó Unamuno, no cesan en su retorcido y corrupto empeño de desvirtuar la realidad en beneficio propio.
Escuchar cualquier intervención del subcomandante Iglesias en la que utilice ese concepto es como asistir a una violación en manada o a un degenerado acto de corrupción moral, intelectual y política.
Y no es infrecuente que cuando la emplea es para añadir un nuevo intento de redefinirla a su capricho: «Decir democracia es decir exprópiese» (sic). Y se queda tan contento. Y es que «la palabra democracia mola, por lo tanto habrá que disputársela al enemigo cuando hagamos política», dice.
La batería de bobadas que es capaz de disparar un comunista por su boca no tiene límite. Echenique es una metralleta de disparates contralógicos e inconexos e Irene Montero es una sopa lerda de tópicos, banderas y lugares comunes que finiquitan en «el capitalismo es incompatible con la vida», a lo que cabe añadirle que lo único incompatible con la vida es la muerte, que es el medio a través del cual todo régimen comunista intenta implantarse haciendo del drama y de la excepcionalidad la ocasión inmejorable para sus fines: «¿Cuándo los comunistas han tenido éxito? En los momentos de excepcionalidad, en momentos de crisis», decía «el padrecito» de Galapagar.
Así pues, «democracia popular», «democracia orgánica» y hasta «socialdemocracia» sólo son subterfugios, trampas, engañabobos, un absurdo, porque son términos de significado opuesto, como la noche y el día; es decir, lo que se denomina un oxímoron, que viene de «Oxýs» (agudo, punzante…) y de «morós» (fofo, romo, tonto…) y su uso metafórico apenas sólo sirve para asuntos literarios, místicos, amorosos o filosóficos, como cuando se habla de «un instante eterno» o «se paró el tiempo».
Quien sí parece que ha parado todo el tiempo, no sólo los relojes, es la inerme e inerte fiscal general del Estado, Dolores Delgado, de quien no sabemos si sigue llamando a Marlaska maricón en la privacidad de los despachos; no en los restaurantes, pues siguen cerrados por el infeccioso decreto del coronavirus.
Ni está ni se le espera para vigilar y hacer cumplir a su gobierno la legalidad vigente ante la flagrante confiscación de derechos fundamentales de la ciudadanía en general ni ante las sobradas negligencias con resultado de cuasi genocidio en las que ha incurrido este Consejo de ministros de forma individual y colegiada con los sanitarios y con toda la primera línea de batalla contra la epidemia.
150 demócratas (democracia liberal, recuérdese), encabezados por Vargas Llosa, han tenido que salir a pronunciarse, como los 300 de Esparta, para defender la democracia ante la deriva totalitaria de gobiernos proto o post comunistas como el de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Mientras, millares de periodistas, agitadores y publicistas (véanse Risto Mejide, Ana Rosa o Susana Griso) permanecían encharcados en ese magma infecto-contagioso de la bobería comunistoide y de la equidistancia, como si se diesen cuenta ahora de que en el comunismo del coletas no cabe ni media Constitución.
Mención aparte merece ese becario eterno e infumable que es Antonio García Ferreras, el que reivindicaba su más «absoluta parcialidad progre» para ejercer el periodismo, lejos de cualquier atisbo de neutralidad o deontología profesional alguna. Una «honesta subjetividad» (los entrecomillados son suyos) para pegar botes con su oronda arquitectura humana sobre la colchoneta de la democracia o para meterle cabezazos a lo bestia con su inmensa testa de minotauro a la razón.
La democracia, sí, y el Estado de derecho, están en serio peligro con este gobierno de ególatras ensimismados, incapaces ni siquiera de recontar a nuestros muertos y que nos mantiene secuestrados por decreto.
El Mando Único se tiene que acabar ya, antes de que lo eternicen.
He dicho.





