Con motivo del festival taurino que se va a celebrar el próximo 13 de octubre en la Plaza de Toros de Sevilla, a beneficio de la obra social de las Hermandades del Amor y San Bernardo, se nos viene a la memoria las muchas corridas benéficas que a lo largo del tiempo se han venido celebrando en la ciudad y organizadas por nuestras Hermandades y Cofradías para obtener ingresos con los que atender a sus bolsas asistenciales o con la finalidad, como sucedió a finales del XIX y principios del XX, de conseguir fondos con los que poder conservar sus patrimonios y en la medida de lo posible aumentarlos.
Con respecto a una de las dos Hermandades beneficiarias del evento a celebrar, y ciñéndonos a ese período de tiempo señalado, vamos a dirigir todo nuestro interés sobre una corrida organizada en 1907 por la Cofradía de la Sagrada Entrada en Jerusalén. En ella, una vez fijada en la memoria y desempolvando recuerdos, trataremos de sacarla del olvido, para poder ver en la misma, la realidad de un mundo tan difícil, como era y sigue siendo el “mundo del toro”.
Solo habría que analizar la situación que vivían profesionalmente los espadas que iban a intervenir en el festejo: El primer espada, “Angelillo”, después de no obtener los emolumentos suficientes para vivir como subalterno, tuvo que volver al estoque y muleta; Antonio Ruiz “Reverte II”, pasó de no ser conocido a entusiasmar por esta fecha al público sevillano; y Antonio Olaya “El Tato” que se presentaba, no solamente actuaba sin cobrar, sino que además, al parecer, tuvo que pagar para poder torear.
Sevilla, era por entonces la más española de las ciudades de España, según iniciaba el británico Albert Frederick Calvert su trabajo descriptivo sobre la ciudad, publicado en 1907, y a la que se sumaban otros muchos viajeros, tanto extranjeros como nacionales, que guiados por una visión romántica de la tierra, venían a la ciudad. Dentro de ese grupo, también decidió viajar a Sevilla el novelista Blasco Ibáñez para documentarse sobre los principales ambientes en que iba a transcurrir su novela “Sangre y arena”, eligiendo unas fechas tan significativas como eran para la ciudad, la Semana Santa. Llegó en unos momentos donde el barrio de San Bernardo lloraba la pérdida del ex-matador de toros Francisco Arjona Reyes “Currito”, víctima de una rápida enfermedad; pero a los pocos días, Sevilla viviría en sus calles la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Amaneció un Domingo de Ramos con una temperatura espléndida y las calles sevillanas se ofrecieron a dar ese animadísimo aspecto propio de nuestras renombradas festividades.
Por la tarde procesionaron con mucho lucimiento las cofradías de las Penas de San Jacinto, San Julián, Penas de San Roque, San Juan de la Palma y la Hermandad de la Borriquita, constituyendo esta última una nota muy simpática en el barrio de San Pedro.
Con tres pasos desfilaron dos cofradías: las que salieron de San Julián y San Pedro, y en ellas se vieron, al igual que en el resto, el trabajo de todo un año para poder hermosear las mismas -una era el segundo año que salía después de unos treinta sin salir, y la otra, presentaba el estreno de los dos primeros pasos-.
La Cofradía de la Borriquita, después de este admirado estreno de dos de sus tres pasos, y con el afán de seguir creciendo, entre otras muchas acciones se metió en organizar un festejo taurino con el que obtener los fondos necesarios para ese fin.
En la primera fecha que pensaron, 10 de noviembre de 1907, no se pudo celebrar por el mal tiempo, suspendiéndose y celebrándose con los mismos intervinientes al siguiente domingo, día 17 de noviembre de 1907.
Los carteles anunciaban el festejo como una gran corrida benéfica con seis novillos de D. Eduardo Miura para tres espadas con sus cuadrillas y su orden en la lidia, figurando en primer lugar el matador de Sevilla, Ángel González “Angelillo”, con su cuadrilla formada por Blas Pérez (Pajarito) y Antonio Chaves (Camero) como picadores; y Manuel Álvarez (Posturas), José Mejías (Bienvenida) y Feliciano González (Pilín) como banderilleros. En segundo lugar lidiaría Antonio Ruiz “Reverte II”, de Alcalá del Río, con los picadores José Fernández (Brazo-fuerte) y Pedro Lagar (Loro) y los banderilleros Francisco Mesa (Mesita), Miguel González (Miguelín), Nicolás Jiménez (Remellao) y Fernando Peralta. Y en tercer lugar intervendría el diestro, también de Sevilla, Antonio Olaya “El Tato”, que hacía su presentación en esta plaza, con José Salcedo, Antonio Espinosa (el Higuero) y Antonio Trigo de reserva como picadores y con Francisco Alvarado (Alvaradito chico), Federico Puzol (Punteret) y José González (Gonzalito II) como banderilleros. Como puntillero para las tres cuadrillas se anunciaba el cachetero de San Bernardo, Juan Mellado (Manteca).
BREVE RESUMEN DE LOS ESPADAS INTERVINIENTES EN LA TEMPORADA DE 1907
En todo el territorio nacional, se llegaron a celebrar en 1907, desde marzo a noviembre, doscientas cincuenta y cinco corridas de toros, en las que fueron estoqueadas mil doscientas setenta y ocho reses.
Lo espadas que trabajaron, diferenciados en tres grupos, fueron:
MATADORES DE TOROS
Lagartijillo, Minuto, Bonarillo, Quinito, Fuentes, Litri, Conejito, Algabeño,, Parrao, Pepe-Hillo, Guerrerito, Bombita, Bebe Chico, Lagartijo,, Machaquito, Saleri, Vicente Pastor, Gallito, Moreno de Algeciras, Lagartijillo Chico, Valenciano, Cocherito, Camisero, Rerre, Revertito,, Mazzantinito, Regaterín, Antonio Escobar “El Boto”, Francisco Carrillo, Pepete y Bienvenida.
NUEVOS DOCTORES
Vicente Segura, Julio Gómez “Relampaguito”, Antonio Moreno, Corchaíto, Manolete, Bombita III y Francisco Martin Vázquez.
NOVILLEROS
Segurita, Calerito, Platerito, Corchaito, Chiquito de Begoña, Serranito, Félix Assiego, Gordito, Posadas, Flores, Muñagorri, Vito, Angelillo, Pazos, Negrete, Carbonero, Almanseño, Crespito, Agustín Dauder, Jaqueta, Los Limillanas, Gallito Chico, Mojino Chico, Recajo, Tacerito, Serenito, Vela, Trini Pérez, Romito, Calderón, Conejito III, Ostioncito, Punteret, Agualimpia, Templaito, Capita, Pajarero, Gordo, Habla-poco, Luis Mauro, Cortijano, Alvaradito, Chico de Lavapiés, Matapozuelos, Dominguín Chico, Infante, Rondeño, Moni, Guerrilla, Sarmiento, Reverte II y Tabernerito.
Se pusieron a la venta 12.500 entradas, distribuidas en: 2.300 localidades de Centro, 3.200 de Sombra, 3.000 de Sol alto y 4.000 de Sol bajo; y a unos precios de 3 pesetas las de Delantero de Palco, 3 ptas. las de Delantero de Sillón con entrada, 1,75 ptas. las de Centro y Sombra, y 0,90 ptas. las de Sol alto y bajo. El impuesto del timbre sería satisfecho por el público.
Después de haberse tenido puesto a la venta el billetaje, en los despachos de: en la Campana taberna “La Campanilla”, en el Almacén de Ultramarinos “El Diamante”, en calle Génova; en calle Imagen y en la Plaza de Toros; se llegó al día de la celebración del festejo, con un tiempo espléndido y viéndose una buena entrada en sol y regular en sombra.
Dio comienzo la corrida, siendo saludadas las cuadrillas con aplausos al hacer el paseo, observándose en todos los de a pie, el llevar lazos negros en señal de duelo por la muerte del siempre admirado Fernando Herrero “Cantaritos”.
“Angelillo” que intervino en primer lugar, se enfrentó al primero de su lote: Guapito, número 80, berrendo en negro, largo de cuello y corto de pitones; toreándolo de capa y dándole varios lances que arrancaron palmas. El cornúpeto, ocasiona tres caídas y mata un jamelgo, mientras toma cinco varas; llegando a recibir el “maestro” muchas palmas por un buen quite que hizo en una caída del picador. En el tercio de banderillas, Angelillo, levantando muy bien los brazos, clavó un par superior de las cortas y en otro par que también aplaudieron las dejó un poco delanteras, terminando el tercio con un palito bien colocado, para recibir palmas del respetable. En la hora suprema, Angelillo, que vestía de grana y oro, empezó la faena con tres pases magníficos de pitón a rabo que arrancaron aplausos y olés; continuando con tranquilidad y valentía hasta endosar un pinchazo al animal y enterrar el estoque hasta la empuñadura en una estocada caída que provocó que tuviese que descabellar en los medios, obteniendo palmas del público.
En el segundo de su lote, un bonito bicho de pelo negro que atendía por Tintorero, con el número 145, bien puesto y que por su buena presencia se aplaudió al ganadero; fue recibido por el “maestro” en tres tiempos con seis verónicas superiores y un buen recorte que arrancaron palmas. En el tercio de varas, el bicho tomó cuatro con una superior de Camero; cogiendo a continuación banderillas de las ordinarias para recibir muchas palmas tras clavar un par algo caídas, repitiendo con otro superior, y terminando el tercio con otro mejor. Cogió después los trastos y buscó al miureño, toreándolo muy cerca y con gran lucimiento, terminando la faena con una estocada que resultó baja, pero suficiente para que el animal doblase. Su segundo le proporcionó muchas palmas.
El segundo de la tarde y primero del lote de “Reverte II”, con el número 132, de pelo negro, grande, bien puesto de cuerna y llamado Correcostas; fue recibido por el “espada” dándole tres recortes con el capote en la mano y un puñetazo en el hocico al bicho, que hizo provocar las palmas de los asistentes. Bravo y de poder aguanta cuatro garrochazos por tres caídas y una baja en las cuadras; y a continuación Mesita y Peralta cumplieron en banderillas. El alcalareño, con muleta y estoque, buscó al bicho y lo muleteó desde cerca, trasteándolo sin poder aguantarlo y al querer terminar sin estar el bicho igualado, entró a herir dando un pinchazo y saliendo cogido con la chaquetilla rota, para seguir hasta igualarlo dándole una estocada caída y atravesada. También hubo palmas para el maestro.
En el segundo de su lote, negro y bien puesto, un espontaneo conocido por el “Comerciante”, se arrojó al redondel provisto de una muleta, siendo cogido y corneado de horrible manera, produciendo la cogida una enorme impresión, en la que el muchacho quedando inmóvil sobre la arena, tuvo que ser retirado por unos aficionados a la enfermería. Reverte II empezó toreando con lucimiento, hasta situar al novillo en suerte, que con bravura y poder recibió en un palmo de terreno cuatro puyazos, cobrándose una cabalgadura en una de las embestidas. En banderillas, al no acudirle el novillo, el maestro desistió de banderillear, siendo sus subalternos los que cumplieron en el tercio. Con la muleta hizo una faena lucidísima, dando pases superiores de pitón a rabo con algunos puntapiés en el hocico del bicho; para una vez igualado atizarle una estocada trasera, baja y envainada, saliendo el estoque por el costillar, y tras algún que otro pinchazo terminar con el animal.
De nombre Sanluqueño, el tercero de la tarde, número 8, negro meano y coliblanco, cornicorto, abierto de púas y chico; fue recibido por el Tato que empezó a torearlo de capa perdiendo el terreno y rompiéndole el percal el bicho. El público protestó la actitud de los picadores que no se acercaban al bicho, apoderándose toda la plaza de un pánico espantoso al ver como ningún torero estaba en su sitio; solamente Angelillo dio varios capotazos oportunos. En medio de una lidia infernal, el novillo, que no tenía nada de bravo, tomó cuatro puyazos. Parearon sus banderilleros, y ya el Tato, de grana y oro y sólo ante el novillo, continuó muleteando despegado y con injustificadas precauciones, entrando a matar, sin embargo, con bastante valentía, dando un pinchazo, y siendo derribado. Rescató la zapatilla perdida en el lance anterior y con todos los peones interviniendo, entró de nuevo el debutante a matar atizando una dolorosa. Tras dos avisos y una faena que se hizo pesadísima e impropia de una plaza como la de Sevilla, el novillo dobló, terminando el puntillero con él.
Entre medio de muchos pitos, Antonio Olaya fue retirado a la enfermería, siendo curado de una herida en la parte superior de la región sacra, de siete centímetros de profundidad por tres de extensión, en dirección de abajo a arriba, de fuera a adentro, interesando la piel, tejido celular y aponeurosis, de pronóstico reservado; e impidiéndole dicha lesión continuar en la lidia.
Arrastrado este tercer novillo, las cuadrillas dieron la vuelta al redondel pidiendo dinero para la madre del infortunado matador de novillos “Cantaritos”, recaudando 390,15 pesetas.
A partir de este momento, y con el público sin saber lo que ocurría, hubo bastantes altercados. El Tato, que según el dictamen facultativo estaba imposibilitado para continuar la lidia, salió al redondel con intención de seguir, pero al ser retirado por los municipales dentro de una gran bronca, este subió a la presidencia pidiendo autorización que le fue concedida. Más tarde el presidente revoca su orden y manda a los municipales para que retirasen del ruedo al Tato, resistiéndose éste y quedándose en la plaza.
Con la seguridad de que los espectadores ignoraban que el “matador” estaba herido y que había un parte facultativo que le declaraba incapacitado para continuar la lidia, el escándalo fue de menos a más, llevándose una gran pitada el presidente en el momento de que El Tato fue retirado por la guardia municipal. Se oyeron muchos pitos y palmas guasonas, mientras que de nuevo subieron a la presidencia los tres matadores, manifestando El Tato que quería despachar al otro novillo que le correspondía, alegando que él había dado mil pesetas a la Cofradía popular de la “Entrada del Señor en Jerusalén”, empresaria de la corrida, en pago de que le dejasen matar dos toros.
El último de la tarde, cárdeno oscuro, número 8, alto de agujas y corniapretado, es recibido de capa por Angelillo y Reverte II, repitiendo en los quites toreando al alimón. A la hora de la verdad Punteret quiere matar al bicho y Angelillo, tras pedir permiso a la presidencia, le cede los trastos. Muletea tranquilo y desde cerca y, entrando con muchas agallas, larga una estocada hasta la empuñadura, caída, de la que el novillo dobla, recibiendo muchas palmas. Punteret fue sacado en hombros.








