Podría hablar de cualquier ciudad europea pero voy a hablar de Sevilla por ser la que mejor conozco, o mejor decir que conocía.
Abro cualquier diario sevillano, ya sea en papel o digital, y no paro de encontrarme noticias sobre cómo el masivo turismo va destruyendo la ciudad antigua, como si el turista, de mochila y sandalia o de elite con poderío económico fuera el culpable de la destrucción, a fuego lento, que se cuece en la ciudad y no los sevillanos, ya sean de a pie o promotores inmobiliarios o taberneros al cursilísimo nuevo estilo de la cocina modernita o así. Sé que se me van a enfadar los sevillillas de siempre, pero de verdad, créanme, la culpa de la destrucción de los signos de identidad de la ciudad no la tiene el turista, la tiene el habitante autóctono que lleva más de cincuenta años renegando de la ciudad antigua, de lo que hoy se llama casco o centro histórico y, como unos treinta y cinco, aplaudiendo hasta con las orejas todas las estupideces modernitas – pongo modernas en diminutivo plural para ajustarme al lenguaje que suelen utilizar los aplaudidores de la destrucción – que proponen los especuladores de tente mientras cobro. Digo lo de tente mientras cobro porque la mayoría de los nuevos negocios que abren en la ciudad no alcanzan, vivos, ni los tres años. Que conste en acta que no estoy en contra de que se hagan negocios, ni inmobiliarios, ni hosteleros; solo estoy en contra del mal gusto y de la falta de visión y del descalabro que ambas actitudes acarrean a la ciudad y a sus formas de vida.
Una ciudad y mucho más una ciudad histórica como lo es Sevilla, no son solo sus monumentos, una ciudad, cualquier ciudad, es más que nada la forma de vida de sus habitantes. La Catedral, los Reales Alcázares, el Museo de Bellas Artes y el tan traídos y llevados barrios de Santa Cruz y de Triana, siendo muy conocidos en las guías turísticas, son casi unos perfectos desconocidos para la inmensa mayoría de sevillanos capitalinos de menos de sesenta años y la cuarta parte de los mayores de esa edad.
El sevillano, por regla general, es en su mayor parte cofradiero, semanasantero pero no se quiere dar cuenta de que el envoltorio de sus amadas cofradías hace tiempo que tiene otra piel, otras esquinas, otros balcones… y que las clásicas bullas de Semana Santa, de aquellas semanas que olían a azahar e incienso, ahora huelen a tribus urbanas de calimocho y porros con broncas de todo tipo y resulta, miren ustedes por dónde, que de esa transformación no han tenido la culpa los turistas, la han tenido, en primera instancia los sucesivos ayuntamientos que desde finales de los años cincuenta del siglo XX han dirigido la ciudad y en segunda los propios sevillanos. De los primeros no salvo ni a uno, de los segundos solo a unos pocos.
En Sevilla por desgracia sigue primando la dejadez, pruebas de ello las vemos casi cada día. Mi padre, sevillano y trianero, que el año pasado habría cumplido los cien años, contaba que la Sevilla de su infancia y juventud estaba llena de pintadas absurdas como la de «tonto el que lo lea» y algunas otras que hoy estarían censuradas por la ola de corrección woke que nos invade. Eso era en los convulsos años treinta, hoy las pintadas se hacen a lo grande, por ejemplo contra Israel y en el malecón de la calle Betis, ese que se libró del cutre alicatado hace pocos años. Las pintadas, todo hay que decirlo, no las hacen los turistas, las hacen los autóctonos de diverso pelo, que suelen ser los mismos que rompen bancos, fuentes y como hace unos días la cruz de la Plaza de Santa Marta.
Dejo aquí esta meditación y en otros artículos pasearé lo que queda de la Sevilla de tan solo hace treinta años.





