Boca Prestada
Uno quisiera no pecar en exceso de nostalgia y menos aún de melancolía, pero que la Navidad como ahora la conocemos es el compendio de todas las horteradas habidas y por haber, eso, eso es mas verdad que todas las cosas.
-Ea, ya llegó el malaje a amargarnos las fiestas…
Pues eso, las fiestas, el matasuegras, confeti, espumillón, el gordo lamioso y muy sospechoso que se mete en nuestras casas por la chimenea vestido de colorao, con el reno y su trineo… ¿hay algo mas tonto que ir en trineo?
Aunque todo este surtido de mamarrachadas es importado, nosotros aquí también tenemos ese punto cateto donde, a mi juicio, la mejor aportación a la ordinariez navideña cañí es la cesta. La de navidad. La cesta de navidad es la sublimación de esa hambre atávica de siglos que caracteriza el ADN del españolito de a pie. Hambruna a la que se une como gasolina al pajar la satisfacción por lo gratuito. De gratis hasta las inyecciones. De balde, lo que sea; cueste lo que cueste. La cesta es al español lo que el buffet libre del hotel playero de pulsera y todo incluido. Da igual que lo que contenga sean mayoritariamente recortes de cuernos envueltos en purpurina y lazos de rafia plastificada. A la gente -no a las personas- les pone a cien una buena canasta como les embrutece de placer una oronda corona de flores, que es la prima hermana del cesto navideño. Ese jamón, posiblemente valenciano o catalán, de pezuña lechosa, carne casi sangrante; más parecido al resultado de una amputación traumática que al pernil porcino curado en alguna sierra fría y rodeada de encinas belloteras. Ese surtido de latas inclasificables entre las que destaca el temible paté de ciervo, la pasta de cangrejo o el sucedáneo de caviar, que en realidad no son criadillas de esturión sino huevos de hormiga negra debidamente envasados en un tarrito de cristal. La clave en el llamado lote navideño es la aparatosidad. Aquí el tamaño sí que importa y cuanta más farfolla de plástico y parafernalia de mimbre lleve, mejor. Allí se alojan como un nido de serpientes esas peladillas que son la alegría del colegio de odontólogos o aquellos tarros de fruta escarchada o en almíbar que hacen las delicias de la tercera edad. Frutas de ignota procedencia que terminan pintando de mil colores las dentaduras postizas de quienes conviven con el recuerdo de otras épocas de gazuza y escasez. Botellas de licores que normalmente nadie tomaría en la vida diaria. Un catálogo de purgantes exóticos donde la granadina y la bellota han desplazado al Campari, el Cynar y el Anís. Vinachos de denominaciones de origen perdidas de la mano del dios Baco. Botellas de tintos peleones que apagan las mejores pasiones y encienden los peores ardores. Y el espumoso de algún pueblo donde antes tenían la dignidad de hacer un buen embutido y ahora son paletos achampanados como estrellas doradas pero con boina y dientes de oro.
Lo dicho, la cesta de navidad es el orgasmo con el que soñaron nuestros antepasados, el antídoto de la cartilla de racionamiento, la vicetiple de cachas gordas y tetas desbordantes con la que aliviar el ansia hortera de hartura, el afán por quedar ahíto de lo inalcanzable. Y lo peor de todo es que el carrito diario del supermercado, de esos mismos que “orgasman” ante la astracanada envuelta en papel de celofán, es mejor, más completo y, por lo tanto, más caro y más digno.





