In illo tempore. En tiempos remotos un lejano reino atravesaba una época de incertidumbre y escasez. Su única posibilidad de subsistir se reducía a la asistencia a un gran mercado internacional donde poder vender los productos patrios. Para transportar sus mercaderías, aquel país se valía del trabajo y la experiencia de una familia de arrieros que dirigían una recua de acémilas cargadas con los preciados frutos de la tierra y del trabajo de los paisanos. Comandaba La Caravana un jefe de partida que había jurado desempeñar su cargo con lealtad ante el rey.
Era curiosa la manera de proceder de los habitantes de aquella nación. Existían cuatro grandes familias de arrieros, aunque en tiempos más antiguos fueron solamente dos. Cada jefe de partida proponía una ruta para La Caravana y todos los habitantes elegían mediante sufragio al capataz en quien depositaban la confianza del devenir de sus vidas y haciendas. Con la elección del capataz, también era escogido el camino por el que se conducirían a los nobles brutos de carga. Cada cierto tiempo, normalmente cada cuatro años, el pueblo soberano decidía qué camino tomar y quién sería el capataz para dirigir la expedición a un destino situado al norte.
En aquella pretérita época que a la memoria me viene, discurría La Caravana por «La ruta del este», un trayecto en rampa ascendente y no exento de sacrificios. Podría afirmarse que este itinerario era más o menos seguro, por el mismo discurrían otras expediciones de países cercanos. Era el jefe de partida un capataz honesto y tenaz; impasible ante la adversidad y bastante paciente, quizás demasiado. Entre sus compañeros de camino había de todo, siendo en su mayoría esforzados y dignos trabajadores. No obstante, el principal riesgo de esta caravana se encontraba en la sombra de duda sobre la honradez de antiguos arrieros que tiempo atrás pudieron sisar parte del preciado cargamento del país. Una tacha imperdonable para quienes siempre propugnaron como modélica la rectitud de su proceder; por mucho que en las demás rutas también se hubiesen producido hechos de la misma índole por menor o por mayor cuantía.
Las otras tres principales rutas eran las siguientes: «La ruta del oeste» bien conocida pues ya había sido recorrida en anteriores ocasiones y en bastantes tramos era algo parecida a “La ruta del este”. Estaba a la sazón capitaneada por un joven y vehemente jefe de partida deseoso de capitanear alguna singladura, por corta y procelosa que pudiere ser. El activo más valioso de esta ruta era la sabia experiencia de antiguos arrieros que tiempo atrás recorrieron este camino. Pero estos ya no ejercían el oficio más que como históricos consiliarios. Y en muchas ocasiones ni tan siquiera eran oídos.
Aún más hacia el oeste discurría «La ruta del acantilado» un camino rápido, abrupto y peligroso. Al borde del abismo. Esta partida era dirigida por varios estudiosos de cartografía, sabedores de teoría y con escaso conocimiento práctico. Líderes que retóricamente aseguraban conocimiento para dirigir una caravana pero a quienes nadie vio nunca sufrir los rigores del camino. Y por último, y nunca se sabe si lo último alguna vez pudiera ser lo primero, fue creada una nueva ruta sobre el cauce de una antigua senda casi perdida, «La ruta del medio». Una propuesta alternativa situada entre las rutas del este y el oeste, abierta a compartir tramos viarios tanto con una como con la otra. Se me olvidó explicarles antes que la recua estaba compuesta por diecisiete mulas unidas entre sí. La propuesta más clara de los jóvenes y elocuentes capataces de esta «Ruta del Medio» es que las diecisiete mulas siempre viajarían juntas. Una gran tranquilidad.
Caminaba a buen tranco La Caravana por «La ruta del este» y cuando apenas lograba acercarse a una parte llana del camino, quiso escaparse una mula para trotar por su cuenta. Fue débilmente amarrado el ronzal de la díscola acémila, cuando se supo que tiempo atrás algunos arrieros que pertenecieron a esta cuerda habrían hurtado mercancía. Ambas circunstancias fueron aprovechadas por el jefe de partida de «La ruta del oeste» quien propuso en la asamblea un inmediato cambio de ruta. Se sumaron los partidarios de «La ruta del acantilado» y los heterogéneos grupos de valedores de los múltiples atajos periféricos. Unidos pudieron hacerse rápidamente con el control de las mulas, de la noche a la mañana. Sería en adelante un insondable misterio conocer por qué caminos se conduciría La Caravana. ¿Adónde estaré Dios mío la próxima primavera?
“De los cuatro muleros que van al campo, el de la mula torda, moreno y alto…”
– Federico García Lorca –





