Corría el final de la década de los ochenta del pasado siglo cuando un grupo de jóvenes miembros de la junta de gobierno de aquel entonces de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Redención en el Beso de Judas y María Santísima del Rocío, nos encontrábamos en la casa anexa a la iglesia de Santiago una tarde de invierno, cuando el sacerdote don Eugenio Hernández Bastos, canónigo arcediano de la catedral y fundador de la Hermandad, nos invitó a conocer el tesoro histórico más importante que albergaba nuestra Corporación. Con gran misterio subimos a una buhardilla a la que el que suscribe no había accedido antes, abrió con una llave que sólo él tenía un cofre que había en un rincón y nos mostró la capa con la que se casó Carlos I de España y V de Alemania (en adelante, Carlos V) en Sevilla y que venía siendo custodiada desde hacía siglos por la Orden de Santiago, cuando esta estaba radicada en el templo de la calle de su mismo nombre.
La recuerdo como una pieza hermosa por su diseño y textura, pero ajada por el paso de los siglos, sin entender por qué seguía allí ni por qué nadie se había interesado en su restauración para que figurara en algún museo. Con el paso de los años, la pieza fue restaurada y entregada en depósito a la catedral de Sevilla donde se encuentra.
Traigo a colación esta historia porque el espacio santa Clara presenta hasta el próximo día 30 de mayo una exposición conmemorativa de la boda de este monarca con Isabel de Portugal, con importantes piezas españolas y portuguesas, que se celebró en los Reales Alcázares de Sevilla en la madrugada del 11 de marzo de 1526, un enlace que proyectó a Sevilla como uno de los grandes centros del mundo de su tiempo.
No sólo fue una alianza política, sino que sirvió para establecer un universo cristiano que el Rey quería desarrollar para todo su reinado. La exposición se articula en torno a tres grandes ámbitos: “Amores reales”, que refleja cómo la estrategia matrimonial de la monarquía implicaba intereses políticos y económicos, y sus pormenores. “Lisboa y Sevilla, capitales de ultramar”, donde se explica cómo la unión de los cónyuges significó una reactivación de los intercambios artísticos y culturales y el protagonismo que tuvieron los dos puertos de ambas ciudades, porque hasta ellos llegaban los productos exóticos que se codiciaban allende los mares. Finalmente, si el lector de estas líneas tiene una mínima sensibilidad hacia la literatura, no puede perderse el tercer capítulo: “Sevilla, universo artístico”.
En efecto, personalidades de la talla de Baltasar de Castiglione, Andrea Navagero, Juan Dantisco, Garcilaso de la Vega y Juan Boscán, en una especie de conjunción astral de las letras, coincidieron en este evento acompañando al matrimonio imperial. Las obras manuscritas convivían con las que pasaban por la imprenta, los mecenas sostenían el arte en todas sus facetas, estamos en la época de mayor esplendor del Renacimiento. La presencia de estos ilustres autores sirvió para renovar el pensamiento y la literatura (el endecasílabo va a tomar el relevo del clásico octosílabo castellano). Sevilla con sus imprentas, sobre todo la ubicada en la calle Pajaritos por Jacobo Cromberger en 1511, era un centro difusor de la cultura de la época: sermones, cartografías para los navegantes a las Indias, discursos eruditos, partituras de música…
Siete arcos triunfales recibieron a los novios desde la puerta de la Macarena hasta los Reales Alcázares, en un orden que delimitaba las virtudes del emperador, y cuyo diseño se atribuye a Diego de Riaño. A lo largo de la muestra, el visitante puede contemplar un conjunto excepcional de documentos, pinturas, esculturas, textiles, libros y objetos, y sobre todo dos retratos de los emperadores, una copia realizada por Rubens y otra de Tiziano, pero allí, nada más entrar está la capa, mal llamada pluvial, porque esta denominación es litúrgica y corresponde al prelado o prelados que oficiaron la ceremonia. Sería más correcto hablar de una capa de la orden del Toisón de oro, un traje civil de gran lujo como correspondía a la etiqueta borgoñona. De hecho, la llamada capa pluvial con la que se coronó como emperador en Aquisgrán en 1520, se conserva en el Tesoro imperial del Palacio de Hofburg, en Viena.
Sea como fuere, miro al cielo y me parece ver al bueno y recordado Don Eugenio, sonriendo al contemplar como ese gran tesoro sale a la luz pública para el disfrute de todos. Por favor, no se pierdan esta exposición. Merece la pena que la visiten.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





