Estoy ya del calor hasta donde se puede estar del calor sin que te detenga la Guardia Civil. Y todavía queda verano. Mucho. Demasiado.
El calor tiene una cosa malísima que nadie dice: nos enseña demasiado los unos a los otros. En invierno uno trata con personas. En verano trata con anatomías. Pies, dedos, pantorrillas, sobacos, rodillas, espaldas y una colección de tatuajes que demuestra que la tinta debería venderse con receta.
Qué hartura de pies, por Dios.
Pies en chanclas, pies en sandalias, pies descalzos, pies que parecen haber hecho la retirada de Annual andando. Y las piernas. Peludas, afeitadas, medio afeitadas. El señor que a los sesenta años ha descubierto el pantalón corto y enseña una rodilla que llevaba sin ver la luz desde la mili. El otro, con bermudas piratas, camiseta de tirantes y unas chanclas de dedo, vestido como para sacar la basura pero sentado cenando en un restaurante.
El calor elimina las clases sociales. A cuarenta grados somos todos mucho peores.
Luego están los tatuajes. Hay tal cantidad que dentro de poco encontrar un brazo limpio va a ser como descubrir una ermita románica. Dragones, brújulas, fechas, nombres de hijos, coordenadas, frases en inglés y leones con mirada desafiante. Mucho león. Hay gente que lleva más fauna encima que el Parque de Doñana.
Y el sudor.
Porque el verano no sólo se ve. Se huele. El calor convierte cualquier ascensor en una experiencia antropológica. Uno entra con tres desconocidos y sale sabiendo demasiado de ellos. Hay aromas que deberían estar protegidos por la Ley de Secretos Oficiales.
Por eso reivindico el frío.
El frío recoge al personal, le baja los humos y le sube la cremallera. Devuelve el calcetín a su sitio, esconde los pies, tapa los tatuajes y pone un abrigo encima de determinadas desgracias estéticas. Un buen chaquetón obra milagros. Debajo puede haber cualquier cosa, pero uno no tiene por qué saberlo.
Eso es civilización.
El frío nos condensa, nos ordena. Hace que la gente camine más deprisa, hable menos y no permanezca tres horas enseñando los sobacos en una terraza.
Tiene el invierno una elegancia que el verano no conocerá jamás. Una cierta prudencia. Una distancia educada.
El frío no nos hace más guapos.
Ni mejores.
Pero, gracias a Dios, nos tapa.





