En junio de 1816, la fragata francesa Méduse (Medusa) partió de Rochefort con rumbo al puerto senegalés de Saint-Louis. Dirigía un convoy compuesto por otras tres embarcaciones, y el capitán al mando era un marino con poca experiencia, que había conseguido esa misión como resultado de un acto de favoritismo político (¿les suena?). La misión de la fragata era la de aceptar la devolución británica de la entonces colonia de Senegal bajo los términos franceses de la Paz de París.
En un esfuerzo por lograr una travesía rápida, la Méduse se adelantó a las otras naves, pero, debido precisamente a su velocidad, se fue al garete, se desvió de su curso unos cien kilómetros, y el 2 de julio encalló en un banco de arena en la bahía de Arguin, en la costa de África Occidental, cerca de la actual Mauritania. Imagínense a los aterrados pasajeros y a la tripulación, en total unas 400 personas, intentando salvar los 60 kilómetros que los separaban de la costa africana en unos botes con capacidad sólo para 250. Ello les llevó a apiñarse en una improvisada balsa, construida deprisa y corriendo, que se sumergió parcialmente al recibir la carga.
A los pocos kilómetros de navegación, las amarras de la balsa se soltaron y los pasajeros quedaron entregados a su suerte. Con víveres y agua para sólo dos días. Según el crítico Jonathan Miles, la balsa arrastró a estas personas hacia las fronteras de la experiencia humana. Desquiciados, sedientos y hambrientos, asesinaron a los amotinados, comieron de sus compañeros muertos y mataron a los más débiles, y después de trece interminables días fueron rescatados sólo quince supervivientes. El resto había muerto por inanición, suicidado arrojándose al mar, o asesinado por sus propios compañeros. Este incidente se convirtió en una enorme vergüenza pública para la monarquía francesa, y quedó plasmado para siempre en un cuadro que les invito a contemplar si buscan en internet “la balsa de la medusa” o, mejor aún, si pueden verlo en el Louvre, con la grandiosidad de sus dimensiones (siete metros de largo por cinco de alto).
Aquel acontecimiento se convirtió en una mancha para el prestigio de Francia, que recientemente había restaurado a la monarquía en el poder después de la derrota definitiva de Napoleón, y de ahí la polémica que originó el plasmarlo en un cuadro por el pintor Théodore Géricault, en una obra considerada como preludio del Romanticismo: dramatismo, asimetría, base inestable, colores pardos oscuros difuminados, nubes negras a la izquierda (con un muerto sobre la balsa) y cielo más luminoso a la derecha, donde aparece un barco salvador que ha visto ondear el pañuelo de auxilio, mientras apreciamos que la balsa es llevada por el viento en dirección contraria a su salvación. Una obra de arte.
Dos siglos después, otras embarcaciones surcan el Atlántico y el Mediterráneo con otro tipo de navegantes y finalidad, pero el mar se sigue cobrando su tributo de vidas. A principios de agosto pasado nos enteramos de que un cayuco con rumbo a Canarias había llegado hasta República Dominicana con catorce esqueletos de Senegal y Mauritania. Poco después, el yate “más seguro del mundo” se hundía, y siete personas, entre ellas un magnate financiero y su hija, perecían.
Nos hemos acostumbrado tanto a las noticias sobre estas tragedias, que, al igual que con las víctimas de accidentes de tráfico, parece que nos volvemos insensibles al dolor que provocan estos sucesos en tantas y tantas personas.
Verse sólo, en medio del mar, sin ayuda ni auxilio al que acudir, me trae a la memoria la lectura de “Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe, la primera novela realista de la literatura universal. Su lectura, sobre todo cuando lo haces ya adulto, tiene un efecto claro: si uno está desesperado, bien porque ha naufragado en la vida, porque está en bancarrota, porque se ha quedado sin trabajo o porque lo han dejado solo, siempre levanta la moral.
La citada novela nos muestra que podemos salir de esta situación empezando por organizar nuestra jornada; que podemos recuperar el tiempo perdido o sacar adelante cosas que hemos dejado aparcadas y que requieren mucho tiempo, si somos constantes y avanzamos paso a paso; que el trabajo metódico puede ayudarnos a superar la soledad; que podemos aprender de nuestra propia vida escribiendo un diario; que cada uno de nosotros contiene en sí mismo todas las posibilidades de la Humanidad, y que, mientras nos quede una chispa de vida, no debemos rendirnos jamás, pues Dios suele ayudar a los trabajadores.
Ciertamente, los clásicos son una escuela de vida. No han muerto, sólo duermen, y ya sea en pintura, como en “La balsa de la Medusa”, en literatura, como en “Robinson Crusoe”, o en otra de las artes, están ahí, pacientes, esperando a que nos acerquemos para regalarnos el tesoro que guardan desde su creación.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Magníficamente redactado, Alberto. te felicito por esa pluma ligera y por el tema tan interesante en el que nos has hecho reflexionar.
Enhorabuena por el artículo. Se lee del tirón
La intrepidez humana siempre es causa de tragedias. Aunque logren salvarse solo «quince supervivientes» la condescendencia de muchos lo hace figurar como éxito. El siglo XXI con sus hecatombes y guerras se convirtió en maestro de esta forma de vivir.