En una entrega anterior hemos tratado de argumentar el hecho de que la Agenda 2030 supone un ataque verdaderamente frontal a la prosperidad de nuestras sociedades, una ofensiva perpetrada en nombre de unas consideraciones medioambientalistas verdaderamente desquiciadas. El gran leit-motiv de esta política suicida -en el fondo, abiertamente impopular- es la excusa del cambio climático, una supuesta realidad tomada como dogma incuestionable y que justifica el tono apocalíptico de lo que se considera una emergencia. Tal emergencia se concreta en un intervencionismo gubernamental incompatible con todo crecimiento económico sano.
Dan igual los argumentos que uno pueda poner sobre la mesa para rebatir las recetas diseñadas a fin de conseguir cada uno de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible: para los medios oficiales, aquel que ose discutir la doctrina del cambio climático se convierte sin más en un “negacionista”, una especie de defensor del terraplanismo, más digno del psiquiátrico que merecedor de un debate racional.
Una lección que hemos recibido de nuestros mayores es que con “las cosas de comer no se juega”. No se deben hacer experimentos con el pan de nuestros hijos. Y, sin embargo, también nos enseñaron nuestros padres que hay cosas que tienen incluso más importancia que las cosas del comer. Eso fue lo que dijimos al final de nuestro artículo anterior: que lo peor de la Agenda no era su condición de obstáculo a la prosperidad. Hay cosas peores. Pero da la casualidad de que lo uno está relacionado con lo otro.
El principal lunar de la Agenda 2030, el elemento venenoso que arruina el cúmulo de obviedades que constituye gran parte de su articulado (fin de la pobreza, hambre cero, agua limpia para todos…) es su detestable concepción de lo que es el ser humano. Por lo pronto, hemos visto que ya no es el “rey de la creación”, a quien un ser Creador lo llamó a dominar y a administrar sabiamente la tierra. Los promotores de la Agenda ni siquiera lo presentan como el fruto superior de la evolución que ocupa un lugar distinguido en la escala biológica. Al contrario, la concepción dominante en ella es que el hombre constituye más bien un gran parásito que supone una amenaza para las demás especies biológicas.
Como dice la gran Giorgia Meloni, los conservadores somos también -y sin duda antes que otra cosa- “conservacionistas” de la naturaleza, dentro de la cual incluimos a la especie humana. Para el ecologismo radical, el hombre está no ya al margen de la naturaleza, sino en contra de ella, por su afán depredador y consumidor de recursos. De ahí el indisimulado deseo de estos ecologistas de disminuir la población humana, de restringir el consumo en todos los niveles, de impedir su movilidad…
Hasta hace unos decenios, nadie discutía que el ser humano, como mamífero superior, es un ser sexuado conforme a los cromosomas X e Y. Esta constitución biológica explica el dimorfismo sexual y, obviamente, es la base de la reproducción de la especie, elemento esencial cuando hablamos de una agenda a futuro. En todas las culturas, el hombre había encontrado en la familia una institución básica y bastante sencilla que articulaba los aspectos fisiológicos-materiales con los psicológicos-espirituales para asegurar la pervivencia de la especie: esa institución es la familia.
Hasta que apareció el concepto de “género” que trataba de hacernos ver que lo masculino y lo femenino no solo tenía que ver con una determinación genética, sino también con la cultura. Lo que suponía una matización interesante al significado de los tradicionales “roles de género”, más convencionales que naturales, se convirtió, por vía del feminismo marxista, en una herramienta revolucionaria para combatir a las sociedades tradicionales. Hoy, la autodeterminación de género, individualista y contraria a toda antropología coherente (e incluso a la biología) se ha convertido en el principal veneno de las familias en Occidente, siendo uno de los principales factores del invierno demográfico que nos amenaza. Porque, por mucho que se empeñen, la principal amenaza que se cierne sobre nosotros no es el cambio climático (que ni siquiera estamos seguros de que pueda ser un problema) sino el envejecimiento masivo de la población, que se va a hacer patente dentro de unos pocos lustros.
Esta locura del género, implementado en políticas específicas (de género) e impuesta coercitivamente desde la escuela estatal es la estrategia que esta Agenda tiene para combatir los burkas en Afganistán lo mismo que el heteropatriarcado en Suiza. ¿Qué podría salir mal? Se explica así también que los “derechos sexuales y reproductivos” giren entorno a la persona individual femenina -no a las familias o, al menos, las parejas- y se centren en cuestiones tan poco reproductivas como son la contracepción, la eugenesia y el aborto. Un horror.
Con esa concepción de lo humano, materialista, intervencionista y abiertamente socialista, a uno no le extraña que en toda la Agenda no aparezcan conceptos esenciales para el desarrollo: la familia, la propiedad, la libre empresa, el emprendimiento, la libertad de educación, la cultura del esfuerzo, el valor del ahorro, el principio de subsidiariedad… ¿Qué desarrollo y qué sostenibilidad va a haber sin dichos conceptos? Ya no digamos nada de las patrias o de la dimensión trascendente de lo humano.
Por tanto, no se trata solo de que estos canallas nos van a encarecer los garbanzos. Si les dejamos, los nuevos bárbaros no dejarán piedra sobre piedra en lo que quede de civilización.





