No parece que puedan tener relación alguna, por cuyo motivo he de explicar el proceso que me lleva de un raciocinio al otro. Todos llevamos en nuestro interior, un riguroso justiciero; tenemos un afilado sentido de la justicia. A nuestra conciencia le repugna el mal y utiliza amplios recursos mentales para erradicarlo. Para moderar nuestros impulsos y evitar que los excesos se lleven a la práctica, se “inventaron” las leyes. De manera que, mientras la justicia es algo cálido, incluso ardiente, vivo, y en consecuencia, subjetivo, las leyes son frías, encauzadas, rígidas y asfixiantemente objetivas.
El resultado de tal contraste, es que, raras veces convergen entre sí, y en demasiadas ocasiones, la ley y la justicia, son absolutamente divergentes. Los ciudadanos estamos perdiendo nuestra confianza en la administración de la justicia, al observar que la ley no sólo es ciega, sino sorda, y cuántas veces, extravagante y estúpida.
Amparándome en la subjetividad de mi justicia personal, le estoy tomando manía a la navidad. No a la Navidad, ni mucho menos, sino a esa navidad inventada, calculada, inexpresiva y alargada en el tiempo, de manera que cada año se prolonga más y llegaremos a ver las luces de neón al fin del verano; luces sin vida, sin expresión de nada, con figuras geométricas sin sentido alguno (es importante evitar cualquier semejanza con símbolos religiosos), que, invariablemente, nos conducen al consumismo más feroz y disparatado. Lo que llama la sociedad civil, el espíritu navideño, no es otra cosa que el consumo por sí mismo, sin argumentos ni motivos que lo sustenten. Un Black Friday, prolongado casi al infinito. No dan para más.
Una sociedad moderna, contaminada por una corriente descreída o atea, incluso anticlerical, con escalas de valores puramente materialistas, que perdiendo su guía moral y religiosa, está abocada a vivir en la nada, el vacío y la oscuridad. Buscan la felicidad a cualquier precio, pero de forma equivocada. Cegados por la luz artificial del neón y el led, han perdido su luz interior, donde se genera la auténtica felicidad. Yo me pregunto qué tienen que celebrar o cuál es el motivo de su fingida, forzada y falsa alegría. Si a la navidad, le quitamos la Navidad (Natividad), ¿qué les queda para justificar sus dispendios? ¿que hace frío? ¿que va a nevar? ¿que ya vendrá el verano?.
Los cristianos sí que tenemos motivos para estar alegres. Celebramos el acontecimiento más importante de la humanidad: que Dios se hizo hombre y nació en un pesebre, para morir en la cruz. Por nosotros, por nuestra redención. Lo recordamos en familia, en comunidad, en íntima armonía con el Creador.
Y ponemos en nuestros hogares un “belén”, recuerdo de aquel primero que San Francisco de Asís inauguró allá por el año 1223, reuniendo en una sencilla ermita (hoy Santuario), a los vecinos de la villa italiana de Greccio, para celebrar la misa de media noche. En la Misa de Gallo, adoramos al Niño, que siempre se representa sonriente y con los brazos extendidos, también en memoria del que modeló San Francisco y que en el momento solemne de la consagración, sonrió y extendió sus bracitos hacia el santo de Asís. Y cantamos villancicos, gozosos, como aquellos pastores que fueron los primeros en rendirle adoración. Y esperamos con ilusión, la venida de los Reyes Magos, que cada año se renuevan y vuelven a nuestros hogares, como lo hicieron en el de Nazaret, llevando regalos al Niño. Y como el Niño, los nuestros reciben regalos, que sí tienen, por tanto, un profundo sentido.
Esta es la Navidad cristiana, y siento dolor por los que no pueden disfrutarla. Por mucho que se afanen en las compras y por mucho que emboten sus sentidos con deleites que no perduran. Lo nuestro perdura, porque es eterno y proviene de un encuentro con Dios, que es Amor. Por cierto, esa palabra de amor, manipulada y prostituida, como tantas otras, por un lenguaje perverso, ha perdido en estos tiempos crueles, su verdadero significado, de manera que ha venido a llamarse “hacer el amor” a la simple fornicación. También siento pena, para quien no puede conocer, el Amor que todo lo impregna y produce la única y verdadera felicidad.
Venga, pues, la Navidad, para que el niño Dios nazca en nuestro corazón, para librarnos de nuestras debilidades, de nuestros pecados, de nuestros miedos y temores. Y, desde ahí, desde el profundo convencimiento de que ha venido para reinar en nosotros, podremos irradiar la alegría que nos infunde la eternidad prometida. Porque el hombre puede sentirse dueño del momento, pero nunca lo será del tiempo.
Estamos alegres, porque no puede haber lugar para la tristeza, cuando nace la Vida. A todos los que así piensen y sientan, les deseo Feliz Navidad. Al resto, les deseo que sigan comprando, hasta que puedan descubrir el verdadero espíritu navideño.





