Julio Iglesias nació en el 43, “los años del hambre”, en un Madrid triste, acribillado y oscuro, como quien nace en una casa grande. En su juventud no soñaba con escenarios ni con multitudes que corearan su nombre. Soñaba con unos guantes de portero y el pasto verde del estadio del Paseo de la Castellana. Fue futbolista del Real Madrid juvenil. Pero un accidente de tráfico quebró el sueño como se quiebra una rama en invierno. Postrado en una cama, con el cuerpo herido y el futuro suspendido, encontró en la música una tabla de salvación. Las seis cuerdas de la guitarra le devolvieron el movimiento que las piernas tardaban en recuperar.
De aquel silencio blanco de las sábanas del hospital nació una voz. No era una voz poderosa ni desgarrada, sino íntima, cercana, como si cantara al oído de cada oyente. Julio comenzó a escribir canciones sencillas, cargadas de nostalgia, de amores posibles y de despedidas suaves. Cuando ganó el Festival de Benidorm en 1968 con La vida sigue igual, el título parecía una ironía.
Su carrera fue una travesía larga y luminosa. Julio Iglesias cantó al amor como quien conoce sus pliegues. Elegancia, melancolía, sin dramatismos excesivos. Sus canciones hablaban de mujeres recordadas, de noches que se pierden en el tiempo, de promesas susurradas más que gritadas. En un mundo donde la música cambiaba de piel con rapidez, él permaneció fiel a un estilo reconocible, convirtiendo esa constancia en su mayor fuerza.
Su figura pública, envuelta en fama y en mito, convivió siempre con una sombra de soledad elegante. Entre giras interminables y aplausos infinitos, Julio parecía cantar también para sí mismo, como si cada canción fuera una carta que no esperaba respuesta. Su obra, extensa y constante, se convirtió en la banda sonora de varias generaciones, acompañando amores juveniles, matrimonios maduros y nostalgias tardías.
Hoy, Julio Iglesias ha sido ya sentenciado por la progresía que, para tapar sus vergüenzas, tiene que disparar al enemigo. Sin procedimiento judicial ya ha sido sentenciado, como en aquellos juicios sumarísimos. Si hay juicio y el juez determina lo que determine, tendrá que apechugar, como cualquier hijo de vecino, que ahí radica la grandeza del artículo 14 de la Constitución Española del 78. Pero cuando un juez lo sentencie, no antes. Adolfo Suárez, once años después de muerto, también ha sido sentenciado por los charlatanes de las cadenas de televisión chusqueras. Ni a uno le están dado la posibilidad de defenderse. El otro ya no la tendrá jamás. El pecado de ambos es no ser militantes de izquierdas. Un pecado que hoy en día no se puede cometer.
—Nos está quedando un país chulo chulo chulo.





